El día en el que tampoco fui a la luna

El día en el que tampoco fui a la luna
ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

N0 estoy orgulloso de ello, pero lo cierto es que en la histórica noche en la que el hombre hizo pie por primera vez en la superficie lunar -50 años- opté por acostarme mientras mi familia, como casi todo el mundo, se despertaba antes que cantara el gallo para vivir en directo, a través de la tele blanquinegra de la época, tan trascendental momento. Con suficiencia de mozalbete respondón aclaré que «ya tendría tiempo de verlo en todos los telediarios del año» pero lo cierto es que lo hice sin duda por llevar la contraria; algo en lo que, confieso, ostento varios y merecidos 'cum laude'. Pues eso, que aquella noche tampoco viajé a la luna, quizá porque me resultara un paisaje extremadamente familiar, al menos a criterio de mi vitriólico profesor de matemáticas que tozudamente insistía en que servidor estaba habitualmente en la de Valencia, cuando no en los cerros de Úbeda, que son como la luna, pero con olivos. Y así, por la mañana, cuando todos dormían rendidos de su viaje astral me llegué hasta el pueblo y allí, quizá por mala conciencia, intenté pegar la hebra del alunizaje con dos vejetes aguardenteros. Uno, que imaginaba la luna como una pandereta grande, me respondió que era imposible porque se hubieran «chocado». El otro, algo más avisado preguntó con desconfianza: «¿Y eso quién lo ha visto? Porque yo creo que era una 'pinícula' lo que echaron por la tele». Y así me encontré como el burlador burlado saliendo por la tangente del «pues, por si acaso, que pongan otra ronda».

Cincuenta años después sigo embobado mirando a la luna, siempre misteriosa y poética compañera. La vida siguió y la hazaña de Armstrong, Aldrin y Collins se fue desdibujando como las sombras en noches de luna llena, hasta que el aldabonazo del cincuentenario nos ha vuelto a recordar el momento en que los EEUU se sacaron la espinita rusa del Sputnik. Han pasado cincuenta años. Nada menos. Y aún, a estas alturas de la 'pinícula' hay quien porfía en negar la hazaña con los más peregrinos argumentos. Cómo será la cosa que, hasta una conspicua madre de la patria, la diputada doña Susana Ros Martínez -miembro además de la ejecutiva nacional de su partido y perteneciente, entre otras, a las comisiones de educación y cultura del congreso- lo negó airadamente con la ladina afirmación de que resulta sospechoso que nunca se hubiera repetido la gesta. ¡Ay Susana! El caso es que al Apolo XI le siguió el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII y hasta 18 astronautas se pasearon por la luna hasta en papamóvil lunar. Pero, al menos, hay que leer periódicos y la muchacha está demasiado ocupada para eso. Al fin la recriminada madre de la patria tuvo que decir aquello de «si era broma», pero como que no coló. Que los titanes padres de la diosa Selene nos protejan de las modernas deidades que pretenden gobernarnos.

Menos mal que, aprovechando los fastos lunares, parece que Pedro y Pablo han llegado al acuerdo más respetuoso con la familia que jamás se recuerda, salvo filigranas peronistas: «Mira Pedro, yo me echo atrás si es lo que quieres, pero tienes que nombrar ministra a la mi sin par señora doña Irene, porque los niños aún no están en edad, y también al Echenique, que anda desarbolado desde que me lo cargué de la secretaría de organización. ¿Hace?». «Vale Pablo, todo sea por la familia, que la luna te acompañe». Y así terminó la historia de la luna lunera y esta crisis puñetera.