Sobrevivir a la vida

José María Riñones, un guardia civil al que una infección bacteriana lo dejó sin manos y sin piernas, es un excelente amigo que nos ha emocionado a todos con una extraordinaria y esforzada lección de valentía y de superación

Sobrevivir a la vida
JAIME ÁLVAREZ BUIZA

El domingo 19 de mayo se publicó en estas páginas una entrevista, magnífica, que Evaristo Fernández de Vega le hacía a José María Riñones, un guardia civil al que una infección bacteriana lo dejó sin manos y sin piernas. En ella, José María nos daba cumplida cuenta de los espantosos pormenores de su enfermedad, de su lucha para ir ganándole terreno y de su perseverancia en vencer los momentos en que el desánimo podría hacerle flaquear. Al compartirla en las redes, decía yo: «Es mi vecino y, sin embargo, excelente amigo que nos ha emocionado a todos con una extraordinaria y esforzada lección de valentía y de superación. Y aún le quedan en la 'talega' más lecciones de vida para darnos. A ver si hoy, a su hora, nos vamos a la venta y nos tomamos los tres (él, Pablo el Portugués y yo) las cañitas de rigor».

Y tardó poco en darme la razón, no solo por las cañas, que fue antes y también, sino porque a la semana siguiente consiguió su ansiado carné de conducir y, con él, la capacidad de no tener que depender de nadie que lo lleve y lo traiga. Al fin y al cabo, un escalón más de autonomía y la satisfacción de haber superado otro reto en la carrera de obstáculos que le ha supuesto su difícil y lamentable situación. Este periódico se hizo eco de la buena nueva en una crónica impecable, también de Evaristo, publicada el sábado 1 de junio que a mi vez yo compartí en las redes acompañada de este comentario: «Aquí está mi amigo José María, con su flamante carné de conducir. No hay quien lo pare al tío». Ese mismo día nos invitó a comer a un grupo de amigos en la venta 'Los Cotos', nuestra actual sede, para agradecernos lo poco o mucho que cada cual habíamos hecho por él y, de paso, para celebrar su renovado estatus de 'amigo conductor, la senda es peligrosa'.

Poco me imaginaba yo cuando fui a verlo a la clínica Clideba recién llegado de Madrid, con sus extremidades amputadas, sin poder hablar aún, delgadísimo y maltrecho, que al cabo de unos pocos meses (que a él se le habrán hecho eternos) estaría como está hoy, andando cada vez mejor y más seguro, más chulo, más José María, con un grado de autonomía creciente y feliz con su renovado carné de conducir recién conseguido. Este jueves, cuando mi santa y yo fuimos a la venta a 'aperitiviar', él ya estaba allí y, apareciendo por sorpresa, con una sonrisa de oreja a oreja, nos miraba exultante como diciendo. «¿Y ahora qué, qué os parece el inválido?». Porque además de su carácter y su tesón, de su empeño en sobrevivir a la vida, el hecho de no haber perdido el sentido del humor en circunstancias tan dolorosas ha sido sin duda una ayuda fundamental para su victoria. Y es que cuando la vida te golpea con tanta crueldad, con tanta saña, el no perder la capacidad de reírte de ella la desconcierta, la deja titubeante. Y ese momento de flaqueza es la rendija por la que puedes colarte para vencerla, para sobrevivir a su carencia de humanidad. El psiquiatra Luis Rojas-Marcos lo dice mejor que yo: «El sentido del humor es muy útil. Yo siempre digo que cada botiquín de urgencias debería llevar una dosis de 'sentido del humor'. Nos da una perspectiva, tratamos mejor las incongruencias de la vida con humor. O cosas que no entendemos, que a veces son cosas trágicas pero no las entendemos... Nos ayuda el sentido del humor». Y como ejemplo para demostrar cómo el humor puede salvarnos de situaciones dolorosas contaba que un día le preguntó a su madre que cuando muriera qué prefería, ser enterrada o ser incinerada. Y que su madre le contestó sonriente: «Luis, dame una sorpresa». Y la risa posterior de los dos iluminó la sombra del momento.

En cualquier caso, los amigos hemos estado ahí echando una mano, y unos pies, claro, cuando ha sido necesario. Cada cual según su cercanía, su confianza o según hayan sido requeridos por él. Pero todos tenemos en común que, llegado el momento, José María se quedaba en su casa con su familia, ya fuera en silla de ruedas o andando sobre sus prótesis, ya fuera con mano mágica o con muñones, y cada cual se iba a la suya. Decía él en la entrevista que, a partir de que le pusieran el 'brazo bioeléctrico' ya podía hacerse el desayuno, poner la tostadora, peinarse, ir al baño, ducharse..., sin ayuda. ¿Y antes de eso, antes de llegar ahí...? Pues hay más, mucho más. Yo lo que he hecho ha sido ponerle el reloj de pulsera en hora y fecha, llevarlo de aquí para allá cuando me lo ha pedido y reírme con él de él y de mí entre caña y caña. Lo duro se quedaba de las puertas de su casa para adentro. Y quienes lo han vivido en toda su crudeza han sido, sin duda, su mujer y su hija pequeña, que son quienes comparten y han compartido desde el principio techo con él y sus circunstancias noche y día.

En el cine, como en la vida (que viene a ser lo mismo) hay actrices 'secundarias' tan imprescindibles que, sin ellas, la película no hubiera llegado nunca a triunfar. Sin embargo, hasta la novena edición de los Oscar y a pesar de su importancia determinante no se reconoció la categoría de 'actor y actriz de reparto'. Yo he tardado menos en darme cuenta. Pues eso.