Sobre la normalidad

Sobre la normalidad
BEATRIZ MUÑOZ

Hemos sabido que la nueva presidenta del Congreso, Meritxell Batet, un día, al llegar del instituto, se encontró con un candado en la puerta de su casa. Su madre, con quien vivía, se había quedado en paro, no pudo pagar la hipoteca y el banco las desahució. Según cuenta, se centró en sus estudios y en conseguir dinero sirviendo copas para poder vivir las dos; con frecuencia era el único ingreso familiar pues su madre entraba y salía del paro. Hemos podido leer también que estudió la carrera gracias a las becas y que cuando consiguió una para hacer el doctorado, dejó de trabajar en bares.

La historia es una más de tantas historias de angustia vivida por personas y familias desahuciadas. Ella misma ha expresado que nunca olvidará esa «sensación de desolación» y si la traigo a este espacio es porque no es usual encontrar un relato como este en un político, en este caso una política, que además preside una de las instituciones más importantes del Estado.

Mi primera reacción al conocer esta parte de su vida fue la de pensar «¡Igualita que otros!», pero inmediatamente me di cuenta de lo injusta que estaba siendo, como si un desahucio otorgara más legitimidad política a quien lo ha vivido y menos a quien no se ha visto en tal situación. Una solemne tontería y una gran injusticia hacia quienes con trayectorias vitales y profesionales diversas y distintas han decidido dedicarse a la cosa pública.

El trazo grueso con el que dibujamos y pensamos la realidad nos impide ver matices y tonalidades. Mi «¡Igualita que otros!» era la expresión simplista de un contraste: frente a los títulos regalados o a los méritos inventados, el heroísmo del tesón. La historia de Meritxell Batet refleja esfuerzo, trabajo y superación con un «final feliz» que no siempre se produce en casos similares, y esto hay que decirlo para no acabar responsabilizando del fracaso a quien no «lo» consigue, sea lo que sea ese «lo». En cualquier caso, no olvidemos el papel jugado por un Estado de Bienestar que contribuyó a ese final feliz.

Tampoco nos debe llevar a pensar en la heroicidad como un requisito en política. Después de tanto currículum inflado, inventando o engañoso, aplaudimos la hazaña (obvia) de quien supera con éxito una situación extrema; sin embargo, la realidad presenta muchos tonos, muchos grises entre el blanco y el negro y así debe ser. La política, como la vida, no clasifica ni agrupa solo bajo las categorías de héroes o villanos. La normalidad también es un valor.

Una última reflexión. ¿Cuándo y cómo sucedió que una parte de la sociedad se apropiara de eso que se llama 'cultura del esfuerzo'? ¿Cuándo y cómo sucedió que una parte de la sociedad permitió que le expropiaran eso que se llama 'cultura del esfuerzo'? Creo que algo similar ha pasado con una bandera. Quizá sobre apropiaciones y expropiaciones en política merezca la pena hablar otro día.