El silo de Mérida, en peligro

Silo de Mérida, uno de los 700 que hay en España. :: firma/
Silo de Mérida, uno de los 700 que hay en España. :: firma

Esta catedral agraria del siglo XX no goza de protección cultural

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El primer almacén del trigo de Extremdura y uno de los primeros de España se levantó en Aldea del Cano y su jefe fue el padre de mi suegra. Fue inaugurado en 1939 y en él se recogía el trigo de Aldea del Cano y de los pueblos limítrofes: Arroyomolinos de Montánchez, Valdefuentes, Albalá y Alcuéscar. De este último pueblo era mi suegro, que también fue jefe de silo. Estuvo destinado en Burguillos del Cerro, donde nació mi mujer, Estación de Arroyo-Malpartida, Quintanilla Sobresierra (Burgos), donde ya he contado que cazaba con Miguel Delibes, vecino de Sedano, uno de los pueblos de la circunscripción triguera de mi suegro, que de Burgos pasó a dirigir un silo manchego en Vistahermosa (Ciudad Real), después fue trasladado al silo de Mollerusa (Lleida) para acabar en el silo de Brozas, donde se jubiló. En la vivienda de ese silo brocense, hice algo que hoy sería pecado, pero que hace 40 años era casi obligado: pedir la mano de mi mujer.

El silo de Brozas es hoy una oficina veterinaria, el de Aldea del Cano es albergue de peregrinos y casa de cultura. El viejo silo de Cabeza del Buey se ha convertido en un contenedor de arte y la mayoría de los silos extremeños se dedican hoy a diferentes actividades: el de La Albuera es sede del ayuntamiento, el de Trujillo es un centro integral de desarrollo y otros se han destinado a fines culturales o municipales.

En España hay cerca de 700 silos del trigo. Hasta los años 70, se construían con perspectiva horizontal, pero con el desarrollismo de los años 70, se levantaron con perspectiva vertical para presidir las llanuras cerealistas españolas. Porque los silos, hoy, son verdaderos monumentos, además de simbolizar una política agraria proteccionista que daba seguridad al agricultor y a las empresas: impedían que hubiera grandes fluctuaciones en los precios pues el trigo se almacenaba en tiempos de buenas cosechas para sacarlo cuando el grano escaseaba. El Servicio Nacional de Productos Agrarios (Senpa) pagaba un precio tasado y regulaba el mercado. Los campesinos solo podían guardar una pequeña cantidad para sus necesidades, aunque los había que intentaban quedarse con más cereal del estipulado porque las panificadoras solían pagar más que el Senpa. Hoy, cuando los precios del pienso suben excesivamente y no hay manera de parar su ascenso, los agricultores y los ganaderos veteranos se acuerdan de cuando el Senpa regulaba el mercado impidiendo los abusos y la especulación.

La entrada en la Unión Europea acabó con el Senpa y con su monopolio estatal del trigo en 1984, pero no acabó con los silos, que mantienen su presencia imponente y monumental. Porque los silos estaban bien construidos: tenían y mantienen una gracia arquitectónica singular y algunos como el de Mérida son de una gran belleza con su aire de sólida catedral agraria del siglo XX.

El silo emeritense tiene ciertas semejanzas con otro silo de atrayente arquitectura, el de Córdoba. Sin embargo, existe entre ambos una importante diferencia: el silo cordobés ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y es un museo, mientras que el de Mérida, a pesar de contar con los informes positivos de los cronistas de la ciudad, de la Universidad de Extremadura, de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura y de la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico, no gozará de la protección que supone ser declarado BIC por cuestiones administrativas o por falta de impulso burocrático, a pesar de que el Ayuntamiento de Mérida apoyaba esta declaración.

De esta manera, el silo queda desprotegido y podría ser pasto de la codicia urbanística al estar en una zona céntrica y contar con más de 12.000 metros cuadrados alrededor. Sería una pena que el de Mérida, uno de los silos más bellos de Extremadura y con más posibilidades de uso, desapareciera y no fuera aprovechado, como sucede en tantas poblaciones extremeñas, como museo, centro de visitantes, taller de restauración, etcétera.

 

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