¿Con quién me sentaré en la boda?

Salón de bodas lleno de comensales durante un banquete nupcial. :: r. g./
Salón de bodas lleno de comensales durante un banquete nupcial. :: r. g.

En los banquetes nupciales habría que sentar a comensales que no se conozcan

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Casar a un hijo es bonito, pero provoca graves quebraderos de cabeza. Uno de los más desconcertantes es cómo colocar a los invitados. Hace años entraban en tropel, los más espabilados cogían sitio para ellos y sus allegados y los más torpes o despistados se sentaban donde podían. Recuerdo que siempre acababa pasándomelo mejor cuando me sentaba con absolutos desconocidos que cuando me guardaban sitio los parientes de siempre con quienes llevaba muchos años compartiendo las cenas de Nochebuena, los cumpleaños y los bautizos.

Desde que los novios, o sea, los padres, distribuyen a los invitados en las mesas redondas, todo se ha complicado mucho. Hay grupos fáciles de juntar: la madre con sus hijos y sus nueras y un par de sobrinos, las amigas de la novia, los amigos del novio. Hasta ahí, todo correcto. Pero aparecen las dudas. ¿Qué hacemos con la tía Enriqueta, que viene desde Badalona con su nuevo novio octogenario y no conoce ya ni a sus propios hermanos? ¿Con quién la sentamos? ¿Y los consuegros, dime, qué hacemos con los consuegros, porque esos sí que no conocen a nadie? Pues anda, que la prima Paca, viuda recalcitrante por tercera vez y pesada como ella sola. Nadie la quiere en la mesa, pero en algún sitio hay que sentarla.

Entonces suena el teléfono y es el plasta del excuñado Arturo, que exige que no lo sienten en la misma mesa que su exmujer. Y llega un wasap de Pumuky, el antiguo vecino de la calle Berrocala, que avisa de que él no va a la boda como lo vuelvan a poner en una mesa tan aburrida como la de la última vez.

En este caso, la solución es sencilla: mesas de afines por un lado y una mesa de raritos y desparejados por otro en la que estarán la tía Enriqueta y su marido, los consuegros, la prima Paca, el excuñado Arturo y Pumuky el de la Berrocala. Son siete, falta uno. ¿A quién sentamos en la mesa de los horrores? ¡Ya está! El cura, sentamos al cura.

¿Adivinan cuál va a ser la mesa más divertida de ese banquete de boda: evidentemente, la de los raritos, la de Paca, Enriqueta, Pumuky y el cura. Como no se conocen de nada, tras unos aperitivos de tanteo, el vino hará su efecto implacable y a la tercera copa, los ocho desconocidos habrán empezado a hacer migas, a contarse sus fascinantes y desconocidas vidas, a mentir e inventarse historias rocambolescas y hazañas llenas de patrañas. Pero da lo mismo, esa mesa de raros y desparejados será el centro de las miradas por las risotadas, los brindis y la alegría que de ella dimana.

En las demás mesas reina un cierto tedio porque no hay sorpresas ni nada nuevo que conocer. ¿Qué diablos se pueden contar cuatro cuñados y sus parejas tras 30 años juntos? ¿Cómo te van a sorprender tus compañeros de trabajo si compartís oficina en la Junta desde la preautonomía? ¿Los primos con las primas, las suegras con los yernos, los hermanos con las hermanas? Todo está ya dicho y lo que en principio alivió: «¡Qué bien, me han puesto con vosotros en la mesa»; a la larga aburrió.

El otro día, estuve de boda en un castillo de las afueras de Cáceres. El lugar era impresionante, el catering fue el mejor que nunca me ha servido, la noche acompañaba y la distribución de los invitados en las mesas era perfecta: me tocó con mi mujer, con mi suegra y con mis cuñados. ¡Pero qué demonios voy a hablar yo con mi suegra si la tengo en casa todas las santas tardes! Sin embargo, si llegan a ponerme en otra mesa, seguramente me habría enfadado porque en estos banquetes ceremoniales uno busca certezas, comodidad, lo consabido... Nunca sorpresas ni desconocidos.

¡Craso error! Si mi hijo se casa algún día, pienso montar un desaguisado inolvidable. Colocaré a los invitados de tal manera que nadie conozca a nadie. Es más, ni los novios se sentarán con los padrinos. Cuando los invitados vean la distribución, jurarán en arameo y me odiarán. Cuando se vayan, cantarán el Asturias patria querida abrazados a íntimos amigos que acaban de conocer, con los que han quedado para ir de camping y con los que, incluso, acaban de comenzar un romance. Será la boda del siglo.