Cómo salvar un club social

Miembros de la directiva del club El Encinar, en las instalaciones de la entidad. :: Lorenzo Cordero/
Miembros de la directiva del club El Encinar, en las instalaciones de la entidad. :: Lorenzo Cordero

El Encinar de Cáceres intenta salir adelante con imaginación y ofertas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El club social: hasta los años 70 del pasado siglo, oscuros casinos provincianos de tute y conspiraciones, de puestas de largo y tertulias taurinas... En el último tercio del siglo XX, las mujeres y los niños se incorporan al club y ya no basta con un tapete verde y un camarero con mandil negro para satisfacer las necesidades de los socios. Nacen entonces los clubes sociales deportivos y hasta el Casino de Cáceres se traslada de un palacio de rancio abolengo a un edificio con piscinas y canchas de tenis llamado, paradójicamente, La Colina a pesar de estar en una vaguada.

Proliferarán en Extremadura los clubes con campos de golf, con tiros de pichón, canchas de tenis y, sobre todo, con zonas verdes, bar restaurante con terraza y piscina con sombra. Es entonces, hace 40 años, cuando un grupo de aficionados al tiro al plato, que se ejercitaban en el campo de tiro Linos Lage de Cáceres, inician los trámites para crear un club social. Se llamará El Encinar y ocupará 90.000 metros cuadrados, a 10 minutos de la capital por la carretera de Salamanca, con jardines magníficos, zona de dehesa con barbacoas, foso olímpico de tiro al plato, grandes salones, cinco pistas de pádel y espectacular piscina olímpica.

En los años 90, el club El Encinar llega a tener 400 socios, pero empiezan a proliferar los chalés y las urbanizaciones con piscina, pasan los años y llega la crisis, las familias se encierran en casa, recortan gastos y se llega a la actual situación, que se asemeja a la que sufren otros clubes sociales de la región. El Encinar tiene hoy 80 socios y su directiva echa mano de la imaginación para resistir, una operación salvar el club que se plantean otras instituciones de parecida filosofía.

En 1990, llegaba a Cáceres Federico Gómez (Madrid, 1951). Este abogado era asesor jurídico en Induyco, empresa textil de El Corte Inglés, y es destinado a la fábrica de Cáceres como jefe de personal: una factoría con 750 empleados que confeccionaba todo tipo de prendas de calidad, incluidos los uniformes de los carabineros italianos, de la policía nacional, de las azafatas de Barcelona 92 o de los empleados de los transportes municipales de París. Ahora, es un centro logístico de las prendas que se elaboran en varias fábricas situadas en Tánger.

«Al llegar, me encontré una ciudad feliz en la que descubrí el club El Encinar como lugar donde disfrutar de mi ocio», recuerda Federico, que vivirá el proceso de crisis hasta llegar a la situación actual y sufrir el doloroso trance de pasar de 400 a 80 socios. Desde hace dos años y medio, Federico Gómez es presidente del Club Polideportivo El Encinar, en una directiva formada por Antonio López, Santiago Ledesma, Juan Carlos Rejas y José Matas.

«Es imposible mantener el club, la idea es salvarlo, que no desaparezca», expone el objetivo de la directiva. ¿Pero cómo se salva un club social en el tiempo de los adosados y los gimnasios? Lo primero que hicieron fue intentar llevar ellos el servicio de cafetería y restaurante. Resultó ser un empeño complicado y acabaron cediéndoselo al catering Pajuelo, que solo presta servicio a los socios. Pero como en el salón se pueden dar banquetes para más de 300 comensales, intentan conseguir licencia para que esta empresa pueda servir bodas, bautizos, comuniones, etcétera al público en general. Así, el canon que pagaría sería mayor y el club se salvaría.

Para atraer socios, han lanzado una oferta: ahora, los 80 socios pagan 100 euros al mes, pero las familias nuevas pagarán el primer año 35 euros y el segundo 45. Han conseguido que se apunten 12 familias y están a la espera de la concesión de la licencia para abrir los salones a la ciudadanía, una autorización que significaría la salvación definitiva.

«Un club como El Encinar, en Madrid, con estos jardines, esta piscina de 50 por 25 metros, los salones y el entorno de dehesa, sería un negocio redondo, pero como no consigamos acoger eventos más allá de los socios, iremos a la quiebra», muestra Federico su preocupación y la rubrica con una dosis de derrotismo: «Quienes conocen El Encinar, se maravillan, por eso me dolería que se perdiera como tantas otras cosas se han perdido en Cáceres».