Sí, hay una salida

ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

Fin de curso. Tiempo de funciones, de teatros infantiles, de canciones, de nervios adolescentes y maestros preocupados por «quedar bien» ante las familias en el «broche final». De abuelas arrebatadas ante la magistral actuación del nieto declamando bizarramente «rendíos malandrines» antes de hacer mutis por el foro. Bravo por mi niño. Y al adormilado abuelo: «el chico promete, aunque flojee en los estudios». «Que sí, mujer». Un año más. Monotonía de tiempo tras los cristales.

Pero este año la nieta mayor se ha hecho mayor aunque, como la primavera, nadie sepa cómo ha sido. O quizá es que el abuelo se ha hecho pequeño, y ahora mira a su nieta de abajo arriba. Ya no necesita cogerse de su mano para cruzar la calle. Ahora es él quien disimuladamente buscará la suya por sentirse seguro. En el salón de actos se apagan las luces; en la pantalla, la nieta actúa en un corto realizado como prácticas de francés. Y el abuelo se asombra porque el tema es el 'mobbing' –acoso– y el suicidio juvenil. Seguramente en sus tiempos escolares existía el problema igual que ahora, pero rebusca en su memoria y no encuentra situaciones tan dramáticas como las que, al parecer, hoy se han convertido en el pan nuestro de cada día. O quizá en que entonces no se hablaba de estas cosas. O no sabe. Pero mira a su nieta en la pantalla y siente que algo se le ha enroscado en la garganta amenazando ahogarle. «Il y a une sortie» (hay una salida) concluye el vídeo y en la pantalla las protagonistas rechazan su actuación anterior. Hay una salida. Sí. Y el abuelo mira alrededor y en cada niña ve la cara esa muchacha rubia de tristes ojos azules llamada Noa Pothoven que no encontró la salida. O que no atinó con nadie que le enseñara el camino. Sí, Noa, había otra salida: la vida, nada menos que la vida. Pero tú te veías injustamente sucia y gorda y fea y sentías que el dolor te asfixiaba. Y no hubo nadie en esta sociedad terrible del viva la muerte que te supiera enseñar el camino; que por encima de prejuicios y modas atroces, te abriera las puertas de algo tan maravilloso y único como es la vida. Y te fuiste. Cuentan que te negaron la eutanasia –¡con 17 años por el amor de Dios!– en la espantosa clínica-matadero 'Levenseinde' (Final de vida) Pero al final te marchaste arropada parece en un «suicidio asistido» que es como la progresía ha dado en llamar al asesinato «piadoso». No supimos darte la oportunidad. O no supimos quererte lo suficiente para que superaras tu miedo a vivir. Pero en esta tarde de casi verano, el abuelo te sigue viendo en el rostro de cada adolescente y, aún sin haberte conocido, llora al pedirte perdón.

Dicen que ahora la muerte es progresista. La de los bebés que nunca llegarán a llorar. La de los ancianos que quizá la pidan en un último acto de amor. La de esta adolescente a quien la vida llenó la cabeza de «bulanicos»; a la que todos traicionamos. Y resulta, ya ven, que la barbaridad legionaria del ¡viva la muerte! es también progresista. Pues habrá que proclamar con el califa Julio Anguita: «Llámeme usted como quiera, pero por favor, no me llame progresista». Oui, il y a une sortie.