El ruido y la furia

JACINTO J. MARABEL

Como en una canción de Sabina, nos robaron abril, y luego mayo, cocidos al fragor de un puñado de procesos electorales. Y aunque se nos fue la furia en junio, aquí seguimos, entrados ya en los calores de julio, hervidos al punto de fuego del engrudo político de turno.

Resulta curiosa la cantidad de sesudos estudios que nos advierten de los peligros del calentamiento global, una realidad que más allá de los cuatro santotomases de turno casi nadie cuestiona hoy en día, y no exista por el contrario ninguno que nos confirme lo que usted y yo intuimos: que el calentamiento político de España es un hecho. Una costumbre muy nuestra, esta de gravitar sobre aspavientos escupiendo las verdades del barquero al oponente, que se nos está yendo de las manos en los últimos tiempos. Porque seguro que usted también se habrá dado cuenta que, como olas de calima africano, resultan cada vez más frecuentes y acuciados los bandazos de decibelios y la magnitud sísmica de las polémicas, berrinches y porfías en las que regularmente andan revueltos los próceres de la nación.

Como en un poema de Miguel Hernández, el ruido es el rayo que no cesa tras la tormenta electoral. Un ruido que nos supera devorándolo todo para colarse en la intimidad de los hogares, zahiriéndonos el caletre con más saña si cabe que un operador de telefonía en medio de la sacrosanta siesta estival. Una exhalación demencial e incendiaria que nadie está dispuesto a sofocar: ni en los plenos municipales, ni en las asambleas autonómicas, ni en el mismísimo parlamento nacional. Porque, sin encomendarse a Dios ni al diablo, la generación de políticos que nos prometieron dignificar la cosa pública acabaron trayendo lo que nadie pidió: mucho ruido y poco gobierno. Y como tengo menos memoria que un pez, no puedo asegurarle que en tiempos del bipartidismo la pugna por una concejalía o una cartera ministerial llevara a forzar tanto el pulso que acabaran dilapidándose los votos en el retrete de una nueva convocatoria electoral, pero sí puedo decirle que la paciencia de los ciudadanos se agota, que el verano se acaba y la vida se nos va, como un espejismo, sumidos en el ruido y la furia.

'El ruido y la furia' es el título de la cuarta novela de William Faulkner, inspirada a su vez en los célebres versos que Shakespeare puso en boca de Macbeth tras conocer que su esposa se había suicidado. Impasible, el rey de Escocia declama un monólogo sobre la muerte, en el que viene a decir que la vida no es sino una sombra pasajera, un pobre actor que se contonea y consume su hora en la escena, para luego no volver a ser oído jamás. La vida, descubre, es un cuento contado por un idiota. Un cuento repleto de ruido y furia, que nada pretende ni nada significa. La vida no es más que el ameno cuento de un idiota que pretende sobrevivir al calor de julio.