«De los romanos ya aprendimos el peligro de los fanatismos»

Maribel Carvajal, en la cripta de la Mártir Santa Eulalia de Mérida. :: Brígido/
Maribel Carvajal, en la cripta de la Mártir Santa Eulalia de Mérida. :: Brígido

En 'El imperio de la religión verdadera' recrea la imposición del cristianismo en la Mérida del siglo IV

Antonio Gilgado
ANTONIO GILGADOBadajoz

Hace tres años debutó con 'La ciudad de los libros prohibidos'. Mil páginas para una novelista debutante que se metió en el mundo editorial en lo más profundo de la crisis del sector. Tres años después, Maribel Carvajal vuelve a la Emérita Augusta del Imperio. En este caso al año 380 con 'El imperio de la religión verdadera'. Emérita es, en ese momento, capital de Hispania y Constantino decreta el 'Edicto de Tesalónica', que en la práctica supone que el imperio abandona su paganismo politeísta y asume el cristianismo como religión oficial. Se acabaron los mártires y la persecución a los cristianos.

-Siguiendo el rastro de sus personajes, la conversión no fue tan sencilla.

-La lucha por el poder entre paganos y cristianos fue muy acentuada y en Emerita, por ser la capital, no se quedó solo en la convivencia vecinal. También llegó a las instituciones que regían la vida pública. Hay que tener en cuenta que con este cambio los cristianos asumían unos privilegios que antes no tenían. Y no todo el mundo veía con buenos ojos esos privilegios. De eso va la novela, de cómo esa lucha por los privilegios complica una relación amorosa o una muerte en extrañas circunstancias pone a todos en alerta.

-Habla usted de un alegato contra los fanatismos.

-Los fanatismos son peligrosos siempre. Y eso es algo que hemos aprendido de esta época. El Imperio fue asumiendo dioses y creencias de los pueblos que conquistaban. En ese sentido fueron un ejemplo. Pero hay luchas de poder y en esa lucha siempre surge algún grupo a los que no le interesa la paz.

-El personaje principal es un ateo, un epicúreo. «He nacido para ser feliz y no creo en nada más que la materia», dice.

-En realidad es un poco ingenuo. Cree que con buena voluntad, los cristianos y los paganos acabarán sellando sus diferencias. No entiende que la gente se enfrente por cuestiones religiosas. Como buen materialista, cree en lo pragmático. Se enfrentan por unos comicios municipales y no hay forma de que encuentren la paz.

-¿De dónde le viene su pasión por el Imperio?

-Me gusta escribir. Me encanta novelar historias. Pero creo que el escribir debe tener un sentido y me entregué a la causa de difundir el legado romano a través de la literatura. En esta tarea me han ayudado mucho los arqueólogos del Consorcio y del Museo. La idea de enfrentar a los paganos y a los cristianos me la dio Miguel Alba, fue director del Consorcio mucho tiempo y un experto en el siglo IV.

-Se desenvuelve usted en un contexto clave para entender el legado romano.

-Yo creo que hoy se da por sentada la relación entre cristianismo y romanización. Pero si te sitúas en la época te das cuenta que no estaba todo tan claro. Nadie podía augurar que fuera a emerger como lo hizo después. El siglo IV es muy interesante. En el año 380, al ser Mérida capital de Hispania, el obispo tiene un papel muy destacado en esta disputa. Prisciliano, un anacoreta, ya criticaba el lujo de la Iglesia y daba protagonismo a la mujer. No gustaban al obispo de Emérita estas ideas propias y los emperadores deben juzgar una cuestión religiosa.

-¿Cómo se ha documentado?

-Ha sido un periodo muy largo. Muy intenso. Para la primera novela me pasé dos años leyendo e investigando. Parte de ese trabajo me ha valido ahora. Pero soy de las que se toma muy en serio el contexto histórico del que subyace la historia de los personajes. Tengo la suerte de que me han abierto la biblioteca del Museo de Arte Romano y del Consorcio para trabajar.

Temas

Mérida