Las 'ritas'

Las 'ritas'
ANA ZAFRA

El cine nos ha mostrado siempre héroes de mentira. Fornidos mocetones, con capa o espada. Seres fantásticos, escalando paredes o pilotando bólidos, que desafiaban todas las leyes físicas y vencían al mal sin despeinarse.

El cine, también, nos ha enseñado mujeres imposibles. Beldades con cuerpos sublimes que movían el mundo con sus pestañas y quebraban la gravedad terrenal cuando, desnudándose de un guante, se elevaban a la categoría de diosas.

El cine, además, nos ha habituado a muertes épicas. Adioses entre fragor de batalla y disparos atronadores, entre lágrimas en la lluvia o lujosos trasatlánticos.

Solo pretendía salir a tomar el sol y acabé convencida de que hay personas que irradian más calor que cualquier astro

Sin embargo, en la intimidad de nuestros días, los héroes, las mujeres y la muerte son tan pequeños como nosotros y, a la vez, tan inmensos como ese universo paralelo que nos rodea sin que apenas sepamos verlo.

Hace unos días, un sábado casi primaveral, salí a tomar el aperitivo con amigos sin esperar más que el placer de la buena compañía y la recompensa de un buen refrigerio. Pero descubrí mucho más. Descubrí un grupo de mujeres auténticas que, sin capa ni espada, solo pertrechadas de un delantal y una espumadera, han sabido encontrar su parcela de heroísmo y su particular forma de hacer de esta vida un lugar mejor.

Se llaman 'Las Ritas' y no necesitan quitarse un guante para que, ante ellas, todos nos quitemos el sombrero. Son un grupo de amigas, divertidas y picantes, solidarias y trabajadoras que, un sábado al mes, deleitan con sus guisos a todos los que quieran acercarse al bar que toque. Ellas ponen la tapa y el bar, la infraestructura. El local, que se llena seguro, les da la mitad de lo recaudado y ellas lo donan a cualquiera de esas causas solidarias que las cifras gubernamentales suelen olvidar, perdidas entre grandes presupuestos y discusiones inútiles. Un honor conocerlas. O, mejor dicho, reconocerlas, ya que, a pesar de ser grandes heroínas, las hemos visto cada día en sus clases, con su bata de hospital o su bolsa de la compra. Supermujeres y superprofesionales que disfrutan haciéndonos disfrutar y nos enseñan la alegría de la ayuda. Con una belleza más real que la Hilda de celuloide y más entrenadas en las batallas cotidianas que cualquier héroe de las Termópilas.

Este sábado, el proyecto al que ayudaban se llamaba 'Cuéntame algo que me reconforte'. Nada menos. Una organización dedicada a pintar de fantasía los últimos días de los niños enfermos y un objetivo infinitamente valiente: entrar en sus vidas y sus familias para diseñarles un cuento a medida, con los héroes que, quizás, ellos quisieron ser y las peripecias que, probablemente, les habría gustado vivir y que pasarán a ser eternas, como todos los cuentos. Una historia que les llevará luz en el túnel del dolor, llena de amigos para el alma cuando el cuerpo, cruel, es ya un enemigo. Despedirse volando. Cruzar el umbral persuadido de que es una puerta que te conducirá a mil aventuras. Y dejar un recuerdo a quienes se quedan que les hará sonreír en medio del mar de lágrimas.

Ojalá todos pusiéramos un grano de arena tan grande como los que yo conocí ese sábado casi primaveral, en el que solo pretendía salir a tomar el sol y acabé convencida de que hay personas que irradian más calor que cualquier astro, por muy rey que sea.