Resonancias de otra época

Resonancias de otra época
ALFONSO CALLEJO

Ayer, 12 de febrero, comenzó el juicio del 'procés'. Los lectores más veteranos recordarán que, hace 45 años, se dio en llamar 'el espíritu del 12 de febrero' a un programa modestamente reformista impulsado por Carlos Arias Navarro, el último presidente del Gobierno del Franquismo, el cual, en un discurso ante las Cortes pronunciado en esa fecha abría las puertas a un tímido asociacionismo político, que después no tuvo efecto al sobrevenir la Revolución de los Claveles portuguesa y la resistencia de las fuerzas más oscuras de la dictadura. Y aquella intención se quedó en el llamado 'espíritu del 12 de febrero', muy usado en chistes de Forges en Hermano Lobo y de Mingote en el ABC, un espíritu aperturista que sobrevolaba sobre la férrea realidad del Movimiento ante el lecho de muerte de Franco.

Aquel 12 de febrero, aunque fallido, entreabría una lejana esperanza de lo que debía imperar en España tras la desaparición del dictador: el pluralismo y la garantía de una Constitución por todos respetada como referente de convivencia. El actual 12 de febrero simboliza en cierto modo un espíritu similar, si bien ahora de reparación, después de una deriva perniciosa provocada precisamente por los excesos de aquella ansiada libertad: poner orden, a través de la justicia, en una idea de país que algunos han intentado quebrar vulnerando la Constitución y rompiendo claramente la convivencia que nos dimos entre todos de forma modélica, cosa que no sucedía desde el 23-F.

Poco tiempo después de aquel 12 de febrero del 74, me pilló en Madrid el 20-N del 76. La plaza de Oriente era un mar de banderas rojigualdas. Era la nostalgia hecha masa, temerosa de un futuro incierto, vociferando máximas añejas y canciones patrióticas pertenecientes a una época que se acaba de convertir en pasado sin retorno. Y lo sabían.

No es nada bueno que cosas del presente nos recuerden a un pasado cuyas páginas creíamos superadas hace tiempo

La manifestación del domingo pasado en Madrid, por su estética, me ha recordado mucho a aquella inmensa expresión de añoranza, donde sin duda habría muchos hijos y nietos de quienes estuvieron en la plaza de Oriente aquel año. Dejando aparte la guerra de cifras de asistencia y el uso instrumental y partidista que siempre se da a estos eventos masivos, ha sido un nuevo síntoma claro de que algo se está estropeando, y hay que arreglarlo porque llevábamos mucho tiempo -con crisis económicas o sin ellas- disfrutando de la tranquilidad que da un buen engranaje de la democracia. Ahora la gente se ha manifestado ante el temor de que se deteriore la España que sustituyó a aquella otra. Casi siempre que se sale a la calle de esa forma es porque hay un convencimiento de que las instituciones no han sido suficientes y está en peligro la paz social: la gente no es tonta ni tan maleable como algunos piensan. La acción política fue insuficiente para frenar al terrorismo, ha sido insuficiente para garantizar derechos de trabajadores y pensionistas y lo está siendo también para salvaguardar los derechos de las mujeres, circunstancias que han generado protestas públicas numerosas. De todo ello se debe tomar nota. Y en cuanto a espíritus y banderas, no es nada bueno que cosas del presente nos recuerden a un pasado cuyas páginas creíamos superadas hace tiempo.

 

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