La residencia

La residencia
SALVADOR CALVO

Es una tarde desabrida y grisácea, con un vientecillo impertinente, molesto y agrio. Por la mañana, las andas del Cristo Resucitado se han mecido en el lento pálpito de una procesión en las tortuosas calles del barrio judío, mientras el son del día lo marcaba la campana ronca de la Catedral.

Después de los vermuts domingueros y las tapas de esto y lo otro, la familia se concierta en torno a la camilla. Tras los postres, el café y la sobremesa, nos vamos a ver a la abuela, o al abuelo, que gastan sus días entre las paredes anodinas de su habitación y los brillantes pasillos con galería al fondo.

Jardines, setos, barandillas, bancos donde se sientan residentes y visitas. Buenas tardes, voy a ver a ….Arriba, segundo piso. Algunos ancianos dormitan, otros pasean lentamente por la galería cuadrada en torno a la cristalera que cierra el hueco central del edificio.

Encontramos al objetivo de nuestra visita. Ven, yo te llevo, cógete de mi brazo, nos sentamos apartados del ir y venir, sin sentido, de los demás residentes, vencidos de la enfermedad, la edad y los olvidos. La patria se ha ido llenando de residencias para mayores. Un niño, dos, o ninguno. ¿Qué fue de aquellos premios de natalidad, aquellos cuadros de familias numerosas, y aquel bullir de infantes en los patios de escuelas y colegios?

Hace apenas unos días, en algún barrio de los alrededores de la capital, coincidimos con la salida del colegio de los niños. Casi todos eran trigueños, morenitos, ojitos rasgados, negritos, mulatitos. Son los españolitos de mañana. Ellos irán a visitar a los que ahora vistamos a nuestros mayores.

Ella, él, sentado a nuestro lado, mira hacia algún recuerdo imposible y tiemblan sus dedos, finos, sarmentosos, pálidos. La, lo abrazamos y a veces una tenue lucecilla brilla en el fondo de su mente en penumbra. Como si viera algo, lo reconociera, nos dijera que aún está ahí, allí lejos, en los nebulosos recuerdos del pasado irrecuperable.

Una ancianita, desnortada y sola, vidriosos los ojos, el triste rictus de su cara, se sienta a nuestro lado y balbucea palabras inconexas. Busca a alguien que no llega nunca, y en nosotros ha visto un rayo de esperanza. Una empleada de la casa se la lleva y nos sonríe. Nuestro familiar nos ha apretado la mano con alguna más de sus escasas fuerzas, como si dijera no me dejes, no me dejes.

Pero es la hora. El ocaso y las primeras sombras han ido entrando por las ventanas frías del edificio. Una auxiliar viene y anuncia la hora de la cena. Nos despedimos y vemos como nuestro familiar, ausente, se deja llevar hacia la hora del sueño, y de la nada.

Caminamos por el anodino pasillo diciendo adiós a esas caras arrugadas, graves, ajadas y tristes de los ancianos que gastan allí sus días. Caminamos otro largo pasillo, vestíbulo de entrada, verjas, jardines, bancos vacíos y puerta de salida. Entre los setos de la avenida aún revolotean algunos gorriones del crepúsculo, alumbran las luces urbanas y el cielo raso se va oscureciendo por momentos. Allí quedan, al borde del abismo, las miradas casi sin luz de los ancianos residentes. Una noche más, cerrar los ojos, soñar, volver a aquella vida que se fue marchando por el horizonte oscuro del olvido.

A veces, no nos queda más remedio, al anochecer recordamos aquel terceto certerísimo del gran Don Francisco que dice: Salime al campo, vi que el sol bebía / los arroyos del hielo desatados, / y del monte quejosos los ganados / que con sombras hurtó su luz al día. Vae victis.