Regreso a Berlín

Nada está garantizado y nos toca conservar lo conseguido desde la caída del Muro

Regreso a Berlín
JOSÉ M. DE AREILZA | CÁTEDRA JEAN MONNET-ESADE

HACE treinta años que cayó el muro de Berlín y cambió el mundo. En este aniversario me llama la atención el tono de lamentación de muchos analistas europeos al volver la mirada a uno de los acontecimientos históricos de nuestras vidas. Se achaca a los políticos occidentales no haber sabido construir un nuevo orden mundial inspirado en las ideas de democracia liberal y economía de mercado. Sin embargo, la globalización que ha tenido lugar desde entonces arroja un balance positivo, por muchos interrogantes y miedos que cause. Es cierto que hemos entrado en una etapa en la que el nacionalismo y el populismo, en sus expresiones más tenebrosas, vuelven a cotizar al alza.

La emergencia climática y la revolución digital además han llegado con efectos disruptores sobre los contratos sociales basados en el ideal europeo de prosperidad compartida. Pero en el mundo cientos de millones de personas han salido de la pobreza y en nuestro continente hemos dado nuevos pasos hacia la integración política y económica, al tiempo que la Unión ha capeado las crisis y duplicado su número de Estados miembros. Otra distorsión extendida en el análisis de la caída del Muro es la descripción de un supuesto optimismo ingenuo ingenuidad con el que había comenzado la nueva era internacional. No hubo nada de eso. Por el contrario, George Bush padre practicó una política llena de cautela y realismo para desmontar el imperio soviético y favorecer una unificación alemana ejecutada con un grado de improvisación muy alto.

El triunfalismo oficial no existió. La posibilidad de violencia en un Berlín dividido era muy real. En la víspera de esos días históricos yo estudiaba en Cambridge, Massachusetts, y asistí a una conferencia de un gran escritor alemán cuyo nombre prefiero olvidar. La razón por la que caerá el Muro, vaticinaba, es la misma por la que se construyó, para mantener a los alemanes del Este en su territorio. El exceso venía más bien del cinismo y la desesperanza, como ocurre en nuestros días. Es fácil proclamar con ligereza la muerte de la democracia, la Alianza Atlántica o la civilización occidental. El pesimismo permite a los analistas aparentar ser más inteligentes y estar mejor informados. La realidad es que nunca hemos vivido en Europa con más libertad, seguridad y prosperidad, a pesar de las amenazas en el horizonte. Nada está garantizado y nos toca conservar lo conseguido desde la caída del Muro hace treinta años. Es fácil perder la perspectiva, enervados por la última barbaridad vía tuit de Trump o la sorpresa argumental diaria del 'brexit'. Asimismo equivocamos el diagnóstico si no vemos las fragilidades de China y de Rusia y solo admiramos sus fortalezas. El futuro de la libertad y de la democracia no está escrito. Lo mismo ocurría el 10 de noviembre de 1989, cuando berlineses del Este y el Oeste cruzaban el muro y se abrazaban.