Elena Campos: «La región es también granero de científicos»

Trabajo. Elena Campos y sus útiles profesionales. / LORENZO CORDERO
Trabajo. Elena Campos y sus útiles profesionales. / LORENZO CORDERO

Es una bióloga molecular de fuste y la voz que clama en España contra las terapias pseudocientíficas como presidenta de la asociación que denuncia los fraudes en los tratamientos médicos. Y es una extremeña con Extremadura a flor de piel

Antonio Tinoco
ANTONIO TINOCO

Aquí ven, junto a estas líneas, a Elena Campos Sánchez (Serradilla, 1987) ante su microscopio y sus probetas. Esa imagen tomada por el fotógrafo Lorenzo Cordero dice la verdad sobre ella porque es una científica brillante que trabaja en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), es decir, trabaja en uno de los organismos más reputados de la institución que es la joya de la corona de la investigación española. Elena logró entrar en el Severo Ochoa, además, antes de licenciarse en Biotecnología al ganar una beca, y allí ha hecho su doctorado y su carrera profesional. Nadie le ha regalado nada: ha estudiado con beca desde siempre (su padre es albañil y su madre ama de casa) y siempre en centros públicos, primero en el colegio Santísimo Cristo de la Victoria, en Serradilla; después en el instituto Gabriel y Galán de Plasencia y más tarde en la Universidad de Salamanca. Elena Campos investiga si existen mecanismos alternativos, además de los que se conocen, que tengan una función en la inmunidad de algunas personas frente a infecciones. Descubrir ese mecanismo sería decisivo para mejorar el sistema de vacunas.

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Pero esta imagen de Elena Campos investigadora, aunque verdadera, no dice toda la verdad sobre ella. Porque su compromiso con el microscopio, con el trabajo diario, es sólo una parte de su posición social como científica. Consciente de que también en el campo de la ciencia ha irrumpido con fuerza la información falsa, se ha convertido en una de las voces científicas españolas más enérgicas contra la superchería y preside la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas, un colectivo que está plantando cara a los engaños que pretenden hacer creer, entre otras cosas, que las vacunas matan más que previenen de enfermedades que pueden matarnos o que el cáncer es un asunto psicológico que puede ser vencido por tratamientos milagrosos. Pseudoterapias que lo único que suponen, en el mejor de los casos, es quebranto económico; y en el peor, la pérdida de la salud y, a veces, de la propia vida de quienes las padecen, de lo cual hay cada vez más testimonios.

Pero Elena Campos es, además de todo esto, una mujer extremeña que ama a su tierra y que, aunque viviendo en Madrid, siempre tiene tiempo para colaborar en difundirla y hacerla más grande desde la Casa de Extremadura en Coslada, con la que colabora desde hace años, o llevando el CSIC al colegio de su pueblo para que si hay alguna vocación científica entre los alumnos no deje, como en su caso, de tener la oportunidad de que despierte. Esta entrevista , de acuerdo con el día en que estamos, gira en torno a la relación de esta científica con Extremadura.

-¿Qué es para usted Extremadura?

-Además de lo obvio, es de ser la tierra en que nací, es el sitio donde aprendí la significación de las cosas que más importan: el significado de la familia; de la amistad, del esfuerzo. Y es también el sitio donde necesito volver con frecuencia. No quiero que suene a tópico pero para mí Extremadura es mi refugio. Yo soy una ciudadana del mundo. Me gusta viajar y lo necesito, pero en Serradilla, y con mi familia y con mis paisanos, encuentro el sitio ideal tanto para cuando te sientes sola como cuando tienes alegrías que compartir.

-Dice que necesita venir a Serradilla con frecuencia. ¿Con cuánta frecuencia?

-Siempre que podemos. Y hablo en plural porque también viene mi pareja, que aunque no es extremeño es como si lo fuera. Yo también voy a su pueblo. Ese 'siempre que podemos' de que le hablo tiene dos condicionantes: el trabajo de cada uno y las condiciones en que tenemos que hacer el viaje. El tren sería una opción muy buena para llegar a Serradilla desde Madrid, pero hacer ese viaje supone seis horas, que es una locura. Y aprovecho para decir que es una imperiosa necesidad que Extremadura esté mejor comunicada. Está muy bien que en Extremadura guardemos las esencias, pero es una tragedia que muchas veces sea porque estamos impedidos para darlas a conocer. Yo tardo menos en llegar a Canarias que a mi pueblo.

-Usted estudió siempre en centros públicos. Antes de estudiar Biotecnología en la Universidad de Salamanca estudió en el colegio de su pueblo y en el instituto Gabriel y Galán de Plasencia. ¿Qué opinión le merece la enseñanza pública en Extremadura?

-No tendría inconveniente en calificarla, pero creo mejor hacerlo por mis resultados académicos. Viniendo de Extremadura accedí a Biotecnología en Salamanca, que es la carrera que exige la mayor nota de Selectividad de todas; viniendo de Extremadura no bajé de sobresaliente en toda la carrera; el doctorado lo terminé con una nota de 'cum laude' y con sobresaliente los tres másteres que he hecho. Menciono esto porque no podría tener ni la menor queja de la enseñanza pública que recibí en Extremadura. Si tuviera hijos, mis planes es que mis hijos fueran a colegios públicos, que serían los de Extremadura si viviera allí. Me parece una incongruencia exigir al Gobierno la mejor educación pública y después llevar a nuestros hijos a un centro concertado o privado porque creemos que son mejores que los públicos.

-Usted trabaja en un centro puntero, el Severo Ochoa de Biología Molecular. ¿Desde esa atalaya se ve ciencia en Extremadura?

-En este mismo centro hay varias científicas extremeñas y también conozco a otros científicos de nuestra región, pero he de reconocer que casi todos están fuera. Lo que quiero decir es que conozco más científicos extremeños que ciencia desde Extremadura, aunque tengamos centros de excelencia como el de Cirugía de Mínima Invasión de Cáceres. Puede que falte financiación de proyectos y que también en ciencia Extremadura es una región olvidada y la industria, en lugar de situar allí sus proyectos lo hace en otras regiones, de manera que Extremadura es también un granero de científicos que se van fuera. No veo una masa crítica que destaque por encima de otras autonomías.

-Usted es la presidenta de la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas. Su asociación está pendiente de la difusión en cualquier lugar de España y en cursos, talleres, conferencias..., de contenidos que son engaños aunque aparenten ser científicos. En muchas ocasiones los medios informativos recibimos desde su asociación alertas de estas actividades fraudulentas. ¿Son frecuentes en Extremadura?

-Extremadura es una de las regiones desde las que nos llegan menos denuncias de este tipo de actividades. Esto es positivo. Además, he visto que en los centros de salud, el SES avisa a los usuarios del fraude de la compra de medicamentos por internet, lo cual es también otro elemento esperanzador. Y siempre que hemos tenido noticia y hemos hablado con los organizadores de esas actividades se nos ha recibido bien, han sido conscientes de que estaban cometiendo un error por desconocimiento y se ha solucionado a tiempo, con lo cual también puedo decir que Extremadura no es un nicho de falsas terapias y falsa ciencia. No es, desde luego, una zona que destaque por este tipo de fraudes.

-¿Ejerce de extremeña en Madrid?

-Por supuesto. Yo digo que soy extremeña siempre que puedo y me enorgullezco de ser de Extremadura a la más mínima ocasión. Y siempre estoy disponible para aportar mi grano de arena en ese objetivo. Llevo colaborando con la Casa de Extremadura en Coslada desde hace años, en el programa de actividades que organiza para la Semana de la Ciencia de la Comunidad de Madrid y en la que también participa el departamento de Cultura Científica del Severo Ochoa, cuyo director, José Antonio López Guerrero, también es extremeño, de Esparragalejo, aunque naciera en Alemania porque su familia emigró. José Antonio López es uno de los grandes divulgadores científicos españoles a través de sus programas en Radio Nacional, en los que a veces participo.

- Por lo que dice interpreto que también le gusta divulgar la ciencia.

-Me encanta. Además de lo que hago en la Casa de Extremadura en Coslada, he llevado durante tres años talleres del CSIC al colegio de Serradilla. Expertos del Consejo en diferentes materias fueron al colegio donde yo recibí las primeras letras y en el que hay pocas oportunidades para que los alumnos contacten con científicos en activo. Hicimos cosas que les resultaran atractivas y sorprendentes a los niños, como extraer ADN de la saliva o como explicarles la manera en que incide la química en nuestras vidas o cómo se investigan los virus. Yo les expliqué cómo se trabaja en un laboratorio, con los microscopios y el animalario... Todo ello para despertarles la curiosidad. Quién sabe si de esas charlas surge una vocación científica. La última vez que estuvimos una chica se acercó al final de la charla y nos dijo que tenía dudas sobre qué estudiar, pero que la habíamos entusiasmado y que quería hacer investigación. Me llenó de alegría porque me vi un poco en ella. Yo siempre quise ser investigadora y qué quiere que le diga, para mí sería un orgullo si en mi pueblo surge una científica porque investigadores del CISC dieron unas conferencias divulgativas que yo contribuí a que se celebrasen.

-¿Si tuviera una posibilidad de trabajar en su campo en Extremadura lo haría? ¿Sería decisivo para usted poder volver a su tierra?

-No. Si tuviera que trasladarme de mi trabajo actual no sería decisivo el lugar de destino, sino las condiciones profesionales. Si en Extremadura hubiera grupos de investigación punteros o centros punteros con buena financiación que implicase estabilidad profesional, me trasladaría sin duda. A mí me gustaría mucho volver a Extremadura, pero necesito un sueldo para vivir. Si Extremadura fuera una región inversora en investigación y que asegurase estabilidad, no le quepa duda de que estaría ahí.

-¿Si tuviera hijos le gustaría que fueran extremeños?

-Tengo una idea romántica de eso, condicionada porque mi infancia la pasé en un pueblo. Eso es importante. Vivir una infancia en un pueblo como el mío es un privilegio. Yo iba con mis abuelos, con sus ovejas, sus cabras. Cuidaba los conejos, le daba de comer a las gallinas. He dado biberones a jabalíes... Me gustaría que mis hijos vivieran esas experiencias, no sólo porque son inolvidables y que ponen los pies en el suelo, sino porque le hacen ver a uno la realidad del campo, del mundo rural, que es muy distinta que la que nos quieren vender los hipócritas falsos rurales que nos quieren hacer creer que un huerto urbano puede sustituir a un huerto o que la leche cruda es más sana que la hervida, pasteurizada y pasada por Sanidad. El campo es insustituible. El silencio de Serradilla, que es una de las cosas que más echo de menos, no se puede sustituir por nada en Madrid.

-No sé si es una apreciación mía errónea, pero a lo largo de esta entrevista y por la manera en que habla he llegado a la conclusión de que para usted Extremadura es, sobre todo, emoción: el sitio donde ha sido, y es, feliz.

-Efectivamente. Pero no solo por mis vivencias personales que han sido siempre muy dichosas, sino por el carácter de la gente. A mí me emociona la humildad de mis paisanos, el respeto por los demás. Ese trato cercano, cálido, que dan a todo el mundo y que no se aprecia en tanta gente ni en tantas zonas. Lo echo mucho de menos cuando estoy lejos de mi pueblo.

-¿Sin embargo, no cree que la humildad de la que habla, ese carácter cálido de los extremeños, se nos ha vuelto en contra cuando han llegado momentos en que lo que tocaba era exigir?

- También es cierto esto que dice. Siempre nos hemos callado y aguantado con todo. Y necesitamos hacernos visibles. Necesitamos reunir fuerzas para romper la invisibilidad. Quizás el tópico de que fuimos conquistadores, de que tuvimos fuerzas para cruzar el Océano y enfrentarnos a una tierra desconocida, podría servirnos de referencia para juntarnos más, para mostrar nuestro orgullo y nuestro empuje, sin ningún tipo de nacionalismo sino con la firme voluntad de compartir.

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