Reflexiones vaciadas

Procesión del Resucitado en Mérida/HOY
Procesión del Resucitado en Mérida / HOY
ALFONSO CALLEJO

Regreso pensativo de la procesión del encuentro en un confín de la España vaciada. La Virgen frente al Resucitado apenas ha congregado en la plaza a dos docenas de piadosos fieles. Y a mi memoria viene el bullicio gozoso de antaño, los cánticos de la salve y la lluvia de pétalos de rosa, los aplausos emocionados de la muchedumbre, los niños con los zapatos limpios, y viejos curtidos por el sol con la camisa impoluta de los días festivos abotonada hasta el cuello. Hoy solo he divisado unos cuantos pétalos perdidos como esas lloviznas ralas e insípidas que no llegan a mojar el suelo, huérfano de la alfombra de romero que solía perfumarlo antes de que los pueblos también se vaciaran del sustento fiel de las tradiciones. Y allá contemplo las imágenes emergiendo tristemente de las escasas cabezas de pelo gris perderse hacia la iglesia con paso presuroso y desacompasado porque no hay relevo para llevar las andas ni cuatro mozos de la misma estatura, y hay que llegar como sea; por eso el Cristo va ladeado como aquellos carteros jubilados vencidos ya por el peso secular de sus valijas.

Escribo estas impresiones una melancólica tarde de domingo de Resurrección entre el sonido sempiterno de los cencerros, el piar de los gorriones en sus juguetonas contiendas en la higuera y el bramar lejano de las vacas, allá abajo en el prado; también el monótono y triste gemido de las tórtolas americanas de las que se han llenado los ejidos al mismo tiempo que se vaciaban de almiares, de guadañas, de huertos con cereal y yuntas de bueyes, y se hundían los tejados de las casuchas del arrabal, derrotados por la carcoma voraz del olvido.

Todos los indicios apuntan a un pueblo vaciado, (como pruebas irrefutables de un crimen) ahora que ya se han marchado los visitantes, esos apátridas que pronuncian con ostentación las eses abdicando teatralmente de un origen pérfido que les empujó a la diáspora, sabedores de que la próxima generación ya no aparecerá por el solar desierto de sus antepasados. Y los pueblos, que ya se han vaciado de oficios y tradiciones, se vaciarán entonces también de recuerdos y remembranzas, de leyendas y consejas que tan solo habitarán ya perdidas en la quietud luctuosa del camposanto, única población creciente en la España vaciada.

Los pueblos de la España vaciada al menos seguirán siendo musas para la expresión de la nostalgia

Un nubarrón semejante al que atosiga ahora mi ánimo va oscureciendo la amplia lejanía que perfila por el sur el Cancho de la Silleta, apagando el horizonte iluminado por el sol mortecino de la tarde y entristeciendo aún más la tonalidad de los verdes pálidos que han eclosionado en una primavera débil que, no obstante, se abre paso trabajosamente entre el invierno demográfico que asola la comarca.

El trébol sigue floreciendo junto a las amapolas, las encinas se visten un año más con el añadido alegre de sus nuevos brotes y la lejana silueta del padre Jálama no se ha desdibujado un ápice, como esos viejos que consiguen mantener de por vida el canon juvenil de sus figuras.

Los pueblos de la España vaciada al menos seguirán siendo musas para la expresión de la nostalgia, mientras quienes conocimos otrora su pujanza consigamos recordar aquel pasado lleno.