'Real food'

ANA ZAFRA

Hace unos días me levanté con la climatología personal un poco borrascosa. Empieza el otoño en el calendario, sigue el invierno en el mapa político, desaparece el verano en los armarios y provoca que, cual primavera inesperada, broten de golpe los kilos al intentar ponernos los pantalones del curso anterior.

Así que, para exorcizar mi cambio climático interior, decidí hacer alguna transformación asequible a la rutina. La que fuese. Dado que uno no puede reemplazar el entorno, el trabajo, o los cuñados, me incliné por algo moderno. Indagué Internet y allí, esperándome, estaba el cambio radical que mejoraría mi vida. Me iba a convertir en una 'real fooder'.

Por si alguien no lo sabe -como digo, yo lo aprendí anteayer- volverse un 'comedor real' no significa que antes te mantuvieses del aire. La filosofía es «consumir comida de verdad». Es decir, abandonar los ultra-procesados (que, no, no son miembros de Vox o Podemos en la cárcel), descartar lo que tenga más de cinco ingredientes y, básicamente, volver a la comida de nuestras abuelas.

Comer como nuestras abuelas está bien aunque para eso deberíamos vivir como ellas, con su tiempo y sus gallinas en casa

El reto parecía fácil. El primer paso en el sendero del 'realfudismo' fue coger un carro de compra -el plástico, aunque no se come, tampoco está bien visto- y encaminarme al mercado de abastos, el de toda la vida. Resulta que el horario del mercado prácticamente coincide con el horario laboral de la mayoría de trabajadores, incluido el de servidora, así que tuve que pasar a la opción B: las tiendas de barrio. Visité una frutería, busqué, tres calles más allá, una pescadería -cerrada por la tarde- y, un kilómetro después, una carnicería ecológica, donde me indicaron que la carne era por encargo y a un precio que casi duplicaba el de cualquier supermercado. No se confundan, practico la ecología, lucho por el bienestar animal y creo que habría que regular el consumo de carne y educar para que dejemos de explotar la Tierra y de hincharnos a azúcar y colesterol. Pero no creo que la solución sea encarecer lo ecológico o la buena carne, como proponen algunos países. El que todos podamos comer huevos ha sido un avance social de la generación de nuestros padres, esa que se crió con la convicción de que «si un pobre comía jamón, uno de los dos estaba malo: el pobre o el jamón».

Como necesitaba proteínas -y siguiendo las indicaciones del 'influencer' Carlos Ríos- busqué crema de cacahuetes natural, una que, según él, ya comercializa una cadena española. Resulta que la marca solo la vende en Cuenca y Teruel que, a partir de ahora, existirán gracias a sus Casas Colgadas, sus Amantes y, sobre todo, a la crema de cacahuetes del Mercadona.

Tras comprar, limpiar, cortar y lavar las verduras, acordarse de poner los garbanzos a recalar, guisar a fuego lento, hornear mi propio bizcocho de calabacín, almacenarlo para que, de puro natural, no se estropee. pude empezar mi dieta 'real food'. Me había costado tanto como elaborar los presupuestos del Estado, solo que lo mío, por lo menos, sirvió para algo.

Moraleja: comer como nuestras abuelas está bien aunque, para eso, igual deberíamos vivir como ellas, con su tiempo, sus verduras sin químicos y sus gallinas en casa. Ser un profesional de hoy con los hábitos de ayer me resultó, si no imposible, una llovizna más en mi, ya tormentosa, meteorología particular.