Yo también quiero ser igual

Yo también quiero ser igual
ALFREDO LIÑÁN CORROCHANO

No tengo memoria consciente, desde los fastos de los 'XXV años de paz', cuando el general-ísimo comenzaba a chochear y servidor echaba sus primeros pelillos en el bigote, de algo tan cansino, plomizo, repetitivo, pesado, cargante, fastidioso y estomagante como los fastos con los que nos obsequiaron nuestras arriscadas femi-hembristas en el día de ayer a este en el que, aún sin resuello, intento escribir esta columna. Ni recuerdo ninguna escena tan ridícula, lamentable, escandalosa, desdichada, grotesca, bobalicona y chocarrera como el ver a toda una vicepresidenta del gobierno, acompañada de ministras, ministros, ministrines y hasta de la dignísima señora de Sánchez en clave electorera, coreando consignas contra la oposición a la cabeza de la manifestación, organizada «desde arriba», contra macho y marea y dando hasta saltitos en plan «mariquita el que no vote». Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, una andaluza tan vana, tan llena de tontuna. Y tan sorprendente porque, para pasmo de músicos y danzantes, resulta que no ha tenido tiempo material de leerse el artículo 14 de nuestra Constitución y así afirma que, en España, no está aún regulada la igualdad de sexos. Y digo yo que leer sí que sabrá ya que ejerce -al parecer de forma privada- el magisterio público y nada menos que en derecho constitucional. Pero, al parecer, nuestra ilustre profesora no acaba de verlo claro. Como tampoco el presidente, a la sazón, sabe que el voto femenino se aprobó con el cerril voto en contra de las izquierdas, PSOE incluido, porque desconfiaban de la capacidad de la mujer para votar algo distinto de lo que indicara su confesor o su macho-pirulo -como calificaban ayer a los hombres con encantadora delicadeza las manifestantes-. Y sí esa mujer liberal Clara Campoamor, cuya tumba visitó el presidente en su bochornoso circuito funerario, fue quien lo sacó adelante.

Pero estamos en campaña y los partidos salieron a la caza y captura del disputado voto de la señora María. Podemitas, sanchistas e islas adyacentes dispuestos a apuntarse el tanto baboseando cuanto fuera necesario para ponerse en cabeza de la manifestación y, con verdad o sin ella, seducir a las mismas mujeres que antaño despreciaron y a las que hoy se empeñan en dotar de andadores disfrazados de discriminación positiva porque no acaban de fiarse de que, por sí mismas, sean capaces de valerse. El Partido Popular obligado a bajarse a regañadientes del carro atado de pies y manos por la trampa saducea del intragable manifiesto tardo-marxista de la convocatoria, popurrí de lugares comunes, manipulaciones y prejuicios de la zocatería universal. Ciudadanos pues eso, sí, pero no, que vale, díselo tú Arrimadas. Y los execrables y repugnantes machos, vómito del hetero-patriarcado rampante, sin acabar de comprender qué es lo que sucede y por qué ellos no son iguales, y aún menos ante la ley que les niega hasta el elemental principio de la presunción de inocencia. Y es que, al fin, la vicepresidenta tenía razón. La igualdad no existe en España, al menos para ellos. Que la Krúpskaya os ampare.