Que se me vea

MATILDE MURO

Voy a Madrid con una cierta frecuencia, durante la semana y casi nunca en verano, pero esta vez ha sido en fin de semana y agosto. Cuando vuelvo paro siempre en la misma gasolinera, por razón de los boquerones en vinagre que ponen en el bar que ampara el suministro del coche. Soy tan fiel en todo, que he llegado a adquirir un cierto conocimiento con los camareros que me atienden, y al entrar repasan la barra con una bayeta mugrienta que traza dibujos ondulados en el negro del soporte, acumulan las servilletas, la carta plastificada y los palillos en el rincón, y se disponen a apuntar la orden, que llegan a corear mientras les digo que quiero lo de siempre.

El cambio de estación y día ha provocado un acontecimiento extraordinario en lo monótono de mis viajes relámpago.

Mientras esperaba a que me sirvieran ha entrado un caballero y se ha sentado en la banqueta libre que había a mi lado. El sujeto en cuestión iba con la cabeza medio afeitada y los restos del pelo erizados y sujetos, como por arte de magia, como las cerdas de un escobón. Ha pasado por delante de mí la mano y ha cogido un palillo, con el que se ha hurgado en la boca, y he podido ver lo abundante de su pelambrera axilar, porque llevaba una camiseta rasgada de color ¿verde?, no sé. En origen a lo mejor lo era. Se ha despatarrado en la banqueta y hemos contemplado los allí asistentes cómo dónde empezaban las ingles y el aparato avícola del sujeto, también había pelo. Una hermosura, vaya.

Me ha pedido la carta, y a gritos, sin leer nada, ha ordenado una cerveza y un bocadillo de algo (me habían puesto los boquerones y no atendí el concreto de su gusto). Continuaba buscando algo en la boca con el palillo cuando se ha dado la vuelta para contemplar el panorama de los que entraban en el bar, y he aquí mi asombro: en el hombro, que tenía completamente descubierto, llevaba tatuada una partida literal de nacimiento, con sus sellos oficiales, color desvaído del tampón que rubricaba la firma del juez de turno, los timbres estatales e incluso una arruga que se cruzaba de arriba abajo y en horizontal por el papel copiado.

Pero al volverse a beber la cerveza, en el otro hombro llevaba tatuado el carnet de identidad a todo color, por las dos caras, no sé si caducado o no, y con una fotografía que no sé si era de él o de algún ser querido.

He visto cosas raras en mi vida, y me han pasado más raras aún, pero estos tatuajes. a lo mejor hay que tranquilizarse y pensar que todo es normal, que no hay que mirar lo ajeno, que qué me importa a mí nada mientras como boquerones en vinagre. Claro que es agosto, verano, y la gente sale a la carretera a que se la vea, a lucir sus encantos y a desnudarse literalmente, porque con el mono de trabajo, parecemos todos iguales.