El gen de la protesta

Miles de extremeños cantaron juntos el himno de la comunidad en Madrid el pasado año/
Miles de extremeños cantaron juntos el himno de la comunidad en Madrid el pasado año
Manuela Martín
MANUELA MARTÍNBadajoz

En Extremadura no somos mucho de manifestaciones. El músculo que lleva a la gente a tomar la calle para protestar ante la autoridad competente no está demasiado desarrollado. En ese terreno no tenemos nada que ver con vascos y catalanes, por ejemplo, que sin pensárselo mucho, (a veces nada), cada dos por tres se plantan por cientos de miles en las calles enarbolando ikurriñas o esteladas para hacer oír su voz y mostrar su fuerza. Aquí somos gente pacífica y, sobre todo, paciente, tirando a resignada. La gente se queja en casa, en el bar, en las cartas al periódico, en las redes sociales…, pero le da pereza agarrar una pancarta y echar la mañana en reivindicar algo. Aunque sea tan obvio y justo como un tren digno. Un tren parecido a los que tienen en Andalucía, Galicia, Cataluña, Valencia, Castilla y León, Castilla La Mancha, Navarra, Aragón… ¿Sigo?

Ni siquiera cuando están en juego reivindicaciones laborales y podría pensarse que si algo nos duele a todos es el bolsillo, se logra movilizar a demasiadas personas. Los sindicatos conocen de sobra las dificultades para ello. Salen los delegados sindicales y pocos más.

Es cierto que la manifestación de hace un año en Madrid en favor del tren digno tuvo más éxito de lo habitual. La suma de la indignación social con las campañas institucionales de promoción de la concentración dio como resultado una protesta más nutrida de lo habitual. Cualquiera diría que los extremeños descubrieron que tenían en su ADN el gen de la protesta, desconocido hasta entonces. Nadie lo hubiera sospechado.

Un año después, y dado que seguimos esperando el tren, por más que las autoridades juren que las obras están lanzadas, el Pacto por el Ferrocarril ha convocado una nueva manifestación para hoy, ahora en Cáceres. El Partido Popular de Extremadura, que cree que donde hay que gritar es en Madrid, ha promovido otra en la capital, que se celebró ayer.

Había que ir a Madrid, ha defendido José Antonio Monago, porque el Ministerio de Fomento, que es quien aprueba las obras, tiene su sede en Madrid. Y quizá sí, quizá hay que protestar en Madrid, gritar a pleno pulmón en la Castellana o en la Gran Vía que estamos hartos de no tener un tren digno. Como el resto de España.

Lo que ya es más discutible es si los políticos extremeños deben establecer una competencia entre manifestaciones. Está bien manifestarse en Madrid, y en Cáceres, y en Badajoz, y en Mérida y en Plasencia y en Coria y en Jerez si es necesario… En este asunto no sobra ni un manifestante ni una manifestación. Todo lo contrario. Deberíamos ser mucho más constantes, más duros, más pesados incluso con la exigencia. No aflojar ni un segundo la presión para evitar que ocurra lo que ha venido sucediendo durante décadas: que los proyectos extremeños se guarden en un cajón para atender otros más urgentes.

Lo que resulta más triste es que si estamos de acuerdo en lo esencial, en exigir un tren digno a los gobernantes de Madrid, gobierne quien gobierne, nos contraprogramemos y no aprovechemos de manera más inteligente las fuerzas que tenemos.

La construcción del tren va a tardar lo suficiente para que sean pertinentes más de una y de dos manifestaciones añadidas a la de ayer en Madrid y a la de hoy en Cáceres. Seguramente tocará protestar ante gobiernos de todos los colores políticos. Ante ministros del PSOE y del PP y quién sabe si de Ciudadanos y Podemos. Hoy, mañana, y pasado mañana. En otoño, como hoy, y en primavera si es preciso.

Incluso si se van cumpliendo los plazos anunciados, el trazado hasta Madrid tardará en completarse, por lo que tendremos tiempo de ejercitar el músculo de la protesta. Y hasta de aprender a escribir las pancartas en inglés, como los catalanes, para que no solo Televisión Española y La Sexta se enteren de qué pedimos, sino hasta la CNN Internacional y The Times entiendan por qué están tan cabreados unos españoles que viven en el lejano suroeste, una tierra muy bonita, pero a la que tanto cuesta llegar por tren.

 

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