¿Protección a la infancia?

¿Protección a la infancia?

LO de la violencia de género, o machista, o doméstica, o sexista, o intrafamiliar, o como quieran ustedes llamarla, es un no parar. Rara es la semana en la que alguna mujer no es asesinada por el loco de turno, porque hay que estar muy loco para hacer algo tan horrible. Hará no menos de tres lustros, escribí una cosa con la misma tesis: no hay sociedad que sea capaz de impedir que un loco mate a su mujer, novia, compañera: con ex o sin ex. Eso es así y no hay modo de evitarlo. Díganme, si no, por qué no desciende de modo significativo el número de asesinatos He dicho que «rara es la semana» (semanas hay de dos o tres casos), porque la media andaba/anda por ahí: cincuenta y dos al año. Como parece que algo se ha conseguido con las medidas de protección a la mujer amenazada, lo vamos a dejar en cuarenta y siete: una por cada millón de habitantes, que corto resultado me parece, luego de las múltiples campañas de concienciación. ¿Concienciación he dicho? ¿Quién es capaz de concienciar a un energúmeno carente precisamente de conciencia/consciencia?

Semanas hay de varios casos, decía. Sin ir más lejos, las dos últimas. En efecto: en Ayamonte, aparecen los cadáveres de un matrimonio cubano con evidentes signos de violencia de género (aunque no venga al caso, él era buen amigo de Carlos Herrera); en Aranjuez, un zumbado provisto de escopeta se carga a dos cuñadas y deja gravemente herida a su suegra; en Játiva, una embarazada de seis meses (mujer embarazada dicen los periódicos) aparece degollada: horror sobre horror; el otro día, en Córdoba: un hombre y una mujer aparecen muertos a puñaladas. Muy edificante todo, ¿verdad? Podríamos seguir, pero con esos con botones de muestra me basta para lo pretendo decir.

Vamos a ello. Me refiero al tratamiento televisivo de estas noticias. Me parece absolutamente vergonzoso llevar este tipo de desgracias a los telediarios, con profusión de detalles para más inri. Yo no quiero decir que exista el «efecto llamada»: de cuándo un loco ha necesitado las noticias de un telediario para matar. Entonces, díganme: «quid prodest»: a quién beneficia semejante trato informativo. No sé ustedes. Yo, lo primero que hago es cambiar de canal. Es que, se da el caso que, en su afán de hacer más impactante la noticia, llegan a incluir la presencia de los niños en la escena del crimen: «el padre mató a su mujer en presencia de sus hijos»; cuando no son los pequeños las víctimas «colaterales» de un odio incalificable (irracional sé queda corto). Día hubo, lo recuerdo perfectamente, en que el locutor no se conformó con decir que la víctima había muerto a puñaladas: específico el número de ellas, sesenta.

Dijo Borges que rellenar un periódico diario debe de ser tarea ímproba. Algo parecido digo yo de los informativos de televisión.

Y aquí llega el colofón. Si yo me siento agredido por este tipo de información, imagínense lo que supone cuando la tragedia irrumpe en la pantalla mientras estás acompañado de una niña de nueve años, mi nieta. Un poema su cara. Es que no hay derecho a salpicar a los niños con semejantes atrocidades. ¿Dónde coños anda el Defensor del Menor? Desde este momento, me pongo en marcha.