«Si uno se propone las cosas, se pueden hacer realidad»

Una bacteria arrebató a José María Riñones sus manos y sus pies, pero dos años después siente que vuelve a ser normal | Este guardia civil de Tráfico tuvo que dejar su trabajo, pero ahora camina, maneja su brazo bioeléctrico y afronta el reto de volver a conducir

Arriba los pies de José María Riñones, que ya camina durante 300 o 400 metros con la ayuda de sus prótesis. En el detalle su mano, un brazo bioeléctrico que abre y cierra los dedos le permite hacer tareas antes imposibles. / Arnelas
Evaristo Fdez. de Vega
EVARISTO FDEZ. DE VEGABadajoz

«O me levanto, o me tiro todo el día en la cama». Esas han sido, durante los últimos 24 meses, las dos alternativas a las que se ha enfrentado cada día José María Riñones Romero, un agente de la Guardia Civil de Tráfico al que una endocarditis infecciosa le arrebató sus cuatro extremidades, y con ellas, la posibilidad de continuar con su vida de siempre. «Muchos días tengo que hacer lo contrario de lo que me pide el cuerpo, pero merece la pena», afirma ilusionado.

José María nació hace 58 años en Puebla de la Calzada (Badajoz), el lugar en el que creció hasta su ingreso en la Guardia Civil. Tenía 21 años y poco tiempo después se incorporó al Subsector de Tráfico, una especialidad que ha venido ejerciendo en Badajoz desde 1982.

«Me dijeron que mi futuro estaba en una silla de ruedas, no confiaban en la recuperación» Las frases

Su entrega y sus conocimientos terminaron convirtiéndolo en una pieza clave para el Grupo de Investigación de Accidentes de Tráfico (GIAT) del Sector de Tráfico de Extremadura, cuyo cometido es esclarecer los delitos contra la seguridad vial de mayor gravedad.

«Mi vida era bastante normal. Es cierto que tuve un problema cardíaco y se vieron obligados a colocarme una válvula mitral en el corazón, pero eso no me supuso ningún problema hasta que un día, después de viajar a Castuera para entregar unas diligencias en el juzgado, comencé a encontrarme mal». Eso sucedió el 1 de julio de 2017 y después de ingresar en la clínica médica Clideba, que está en Badajoz, le diagnosticaron una endocarditis infecciosa por stafilococo aureus. «Desgraciadamente, los médicos descubrieron que la bacteria había anidado en la válvula de mi corazón» .

«Es duro ver que te tienen que colgar de un arnés del techo para que se vayan adaptando los muñones» Las frases

El problema era serio y José María Riñones fue evacuado a Madrid, donde le administraron durante 40 días un antibiótico que podía curarlo. Pero justo el día que iba a recibir el alta le sobrevinieron unas fiebres altísimas y mareos fuertes. «Vieron que esos 40 días no habían hecho efecto y detectaron de nuevo la bacteria, que en mi caso se comió la válvula mecánica que ya tenía puesta, la válvula que estaba sana y la base de la válvula aórtica. Alos dos o tres días me tuvieron que intervenir, pero me había hecho tal avería que entré en parada cardíaca una y otra vez».

Desconectarlo en ese momento fue una de las opciones que barajaron los especialistas. Pero finalmente, por decisión de la familia, le administraron un medicamento que, además de salvarle la vida, podía causarle secuelas de todo tipo. «Ese medicamento lo que hace es llevarse la sangre hacia el corazón para que se ponga en marcha. Pero al llevarse toda la sangre, las extremidades se quedaron sin riego sanguíneo y eso me provocó una necrosis en las extremidades».

El 13 de septiembre de 2017, traspermanecer un mes en la UCI, le fueron amputados los dos pies y las dos manos. «En un primer momento yo estaba muy tranquilo, me imagino que por el efecto de los medicamentos que me administraban para que no sufriera dolores, pero a medida que pasaban los días iba dándome cuenta de lo que había sucedido».

«Mi mayor preocupación no era yo, sino mi familia. Pensaba en mi mujer, en mis dos hijas, en mi madre» Las frases

«Mi mayor preocupación no era yo, sino mi familia. Pensaba en mi mujer, en mis dos hijas, en mi madre... Yo aceptaba lo que me había sucedido, pero sufría al pensar lo que supondría mi nueva situación para todos ellos», prosigue en su relato.

Con el paso de las semanas, el riesgo vital desapareció. Pero cuando en noviembre le dieron el alta no había sitio para él en el hospital de parapléjicos de Toledo, por lo que decidió ingresar en la Casa Verde de Mérida, un centro especializado en la recuperación de pacientes que necesitan un proceso de rehabilitación intensivo.

José María recuerda que cuando volvió a Extremadura era una persona totalmente dependiente. En su cabeza flotaban todavía las conversaciones que había escuchado cuando permanecía ingresado en la UCI sin posibilidad de hablar –tuvieron que hacerle una traqueotomía– ni de escribir. «Los médicos me dijeron que mi futuro estaba en una silla de ruedas, no confiaban en una recuperación como la que he conseguido».

«Ahora puedo hacerme el desayuno, poner la tostadora, peinarme, ir al baño, ducharme...» Las frases

Pero este agente curtido en mil batallas no se resignó. Su condición de guardia civil le había imprimido a fuego el valor del sacrificio y sus fuertes creencias religiosas le hacían confiar en una rehabilitación que pocos veían posible.

El primer logro fue erguirse en la cama. Tras varios meses con los músculos atrofiados, peleó con todas sus fuerzas por recuperar el vigor. Y más tarde comenzó a entrenar sus extremidades incompletas para realizar un mayor número de acciones cada día. «Es duro ver que te tienen que colgar de un arnés del techo para que se te vayan adaptando los muñones».

En su evolución influyeronlas dos prótesis que le han permitido volver a caminar. Cada uno de los implantes ortopédicos cuesta 6.000 euros y está compuesto por un pie de fibra de carbono, un soporte de acero quirúrgico y un 'liner' de silicona que facilita en encaje con la pierna y evita rozaduras.

La casualidad quiso que el especialista que le colocó esos nuevos pies fuera José Seco, un ortopeda de Badajoz con el que coincidió durante años en el restaurante Palomo, un local en el que acostumbraba a desayunar José María cuando trabajaba en Tráfico. «Lo saludaba a diario, hablábamos de fútbol y de mil cosas, pero no tenía ni idea de cuál era su trabajo».

Sus primeros pasos los dio en abril de 2018. Habían transcurrido nueve meses y las tres horas diarias de gimnasio habían dado sus frutos. «Ahora me puedo mover un poquito, desplazarme. No son más de 300 o 400 metros, porque me canso, pero sí tengo una cierta independencia para andar por la casa y dar pequeños paseos».

En su vuelta a la vida normal le ayuda el brazo bioeléctrico que, al igual que los pies, le han colocado en la Clínica Ortosec de Badajoz. El dispositivo incorpora un microprocesador capaz de 'leer' los estímulos nerviosos del brazo.

Eso le permite abrir y cerrar la mano con un nivel de sensibilidad suficiente para manipular la cremallera de una mochila. «Ahora puedo hacerme el desayuno, poner la tostadora, peinarme, ir al baño, ducharme... Pero todavía dependo de que me lleven y me traigan, hay cosas que aún no puedo hacer».

En total lleva invertidos unos 44.000 euros que tuvo que poner de su bolsillo, aunque ha recibido una subvención del Isfas (Instituto Social de las Fuerzas Armadas) que le ha permitido recuperar la mitad del dinero.

La vuelta a la «normalidad» no ha sido un camino fácil, pero José María valora todos y cada uno de los logros conseguidos y afronta estos días un nuevo reto: recuperar el carné de conducir para poder desplazarse en coche. «Ahora veo que puedo. Si uno se propone las cosas, se pueden hacer realidad».

Ahora quiere sacarse el carné y ayudar a otras personas

José María es un luchador nato. En sólo dos años, dos largos años, ha logrado dar la vuelta a su situación y ahora mira al futuro con optimismo. Pero la energía que rebosa no es infinita y reconoce que también ha tenido momentos difíciles. El peor, en marzo pasado, cuando falleció su madre a los 89 años de edad. «No se me olvida el día que me vio por primera vez después de que me operaran. Cuando entró en la habitación no me miró a las extremidades, me miraba a los ojos, sin apartar la vista un instante. Yo sé que al principio ella lo llevaba mal, sufría mucho por mí; pero ahora me queda el consuelo de que se ha marchado con la satisfacción de ver que ando y que me desenvuelvo en la vida».

José María ha sufrido también por su mujer y sus dos hijas, especialmente la pequeña, que ahora tiene 13 años. Antes de la enfermedad acostumbraba a llevarla por las tardes al conservatorio, una tarea cotidiana que ahora no puede realizar. «Ella no se explicaba lo que me estaba pasando, pero cuando me ha visto mejorar la situación ha cambiado. Mi objetivo siempre ha sido que mi familia no me viera decaído».

Recuperado en su estima y satisfecho con su progresión, el próximo objetivo es hacer que la experiencia traumática por la que ha pasado y la milagrosa recuperación posterior puedan ser de utilidad a personas que, como él, se enfrentan a situaciones difíciles. «Estoy a disposición de cualquier persona o asociación para contar mi experiencia. Cuando ocurre una cosa así hay que echarle ganas a la vida y pensar en positivo».

José María sabe que hay cosas que nunca más volverá a hacer, como montar en moto, una de sus pasiones. «Pero no puedo pensar en lo que no puedo hacer, sino en lo que sí voy a conseguir. Ahora echo de menos salir de casa cuando quiero, quedar con los amigos en un sitio, ir de compras, llevar a mi niña al cole... Por eso pido a Dios con todas mis fuerzas dar un paso más cada día, fijarme una meta para el día siguiente. Ahora quiero obtener el permiso de conducir, porque sé que cada día se abre el telón para que siga haciendo cosas que me ayuden a mí y ayuden a los demás».