Prohibir el kikirikí

Orgulloso gallo extremeño, en la pedanía rayana de Jola. :: E. R./
Orgulloso gallo extremeño, en la pedanía rayana de Jola. :: E. R.

Condenan a turistas que denunciaron a un gallo por cantar temprano

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Torremocha es un pueblo con una singularidad: ni su alcalde, Francisco Javier Flores Cadenas, ni sus concejales cobran un duro de sueldo, de plenos ni de comisiones. Por lo demás, es un pueblo normal con sus vacas, sus campanas, sus perros, sus ranas, sus gallos y sus gallinas. En verano, como sucede en casi todos los pueblos de Extremadura, el pueblo se llena de turistas paisanos, es decir, de antiguos vecinos nacidos en Torremocha que emigraron a las ciudades.

Los nacidos en el pueblo vivieron una infancia en la que los rebaños de ovejas, las piaras de cerdos y las manadas de vacas eran parte consustancial de la cotidianidad. Se acostumbraron a su olor y a sus sonidos y hasta les reconforta volver a empaparse de esas sensaciones de cuando eran niños.

El problema es que sus descendientes no disfrutaron de una infancia rural, sino que se criaron en las calles de Badalona o Getafe y eso de ir paseando por una calle del pueblo de sus antepasados y encontrarse una gran caca de vaca como que les espanta, por mucho que a sus abuelos les provoque la misma sensación que una magdalena a Marcel Proust.

Hace un par de veranos, el olor de los tinaos, el mugir de los bovinos y el balar de los ovinos levantaron protestas entre los turistas paisanos más finos y urbanos, que se quejaban de una mezcolanza de olores y sonidos que no los dejaban descansar porque, a ver, cien bocinas de automóviles, mil motores de explosión y cien motocicletas con el tubo de escape trucado se soportan bien, pero cuando se mezclan el croar de las ranas de la charca con el kikirikí de los gallos de los corrales, los rebuznos de un jumento y el repicar de las campanas llamando a misa mayor, pues se sustancia el infierno y se provoca un estrés que acentúan el olor a caca de vaca, a pocilga de cerdo, a pis de pollino y a estiércol de oveja. O sea, la repanocha, el acabose y la hecatombe.

Afortunadamente, la mojigatería de los urbanitas relamidos no pasó de alguna queja y de alguna amenaza. «Como vuelvan a pasar tus vacas por delante de mi casa, voy al cuartel y te denuncio», avisaban los turistas cursis, cuyos abuelos habían pasado con sus vacas toda la vida por aquella calle.

Lo que sucedió, y supongo que seguirá sucediendo, en Torremocha de Cáceres, sucede cada verano en Torremocha del Campo, en Torremocha de Jadraque y en Torremocha del Pinar, del Jalama y del Jiloca. La tontería no tiene límites ni es exclusiva de los pueblos extremeños, sino que se extiende por todas las Torremocha y pueblos de España y salta las fronteras para asentarse en la ruralidad europea, adonde cada verano llegan turistas desde las grandes urbes dispuestos a redescubrir la pureza del aire, la autenticidad de la naturaleza y la belleza de los paisajes sin contaminar... Hasta que croa la primera rana y cunde la desesperación.

En Francia, los turistas neorrurales de fin de semana se han convertido en una desesperante plaga para los vecinos de los pueblos. Estos «amantes de la naturaleza» a tiempo parcial han interpuesto denuncias contra los ayuntamientos porque las ranas del arroyo local croaban a deshora, han demandado a las iglesias y a los consistorios por tocar las campanas cuando a ellos no les convenía y han denunciado a los gallos que anunciaban la salida del sol, como si los pobres Chanteclair galos solo pudieran lanzar sus kikirikíes a gusto de los turistas.

Afortunadamente, la justicia francesa no entiende de tonterías y el Tribunal Penal de Rochefort acaba de fallar contra unos demandantes que habían denunciado a la dueña de un gallo llamado Maurice porque este los despertaba al amanecer y no podían relajarse en su casa de vacaciones de la isla de Oléron, al norte de Burdeos. Además, deberán pagar 1.000 euros a la granjera por daños. La sentencia sienta jurisprudencia y salva los ruidos rurales. Las vacas de Torremocha podrán seguir mugiendo libremente. Por ahora.