Quien lo probó, lo sabe

Quien lo probó, lo sabe
IRENE SÁNCHEZ CARRÓN

En uno de los sonetos más bellos que se hayan escrito en la historia de la literatura, Lope de Vega va desgranando infinitivos y adjetivos en un intento, siempre insuficiente, de explicar qué es el amor y cómo nos afectan sus contradicciones: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, /áspero, tierno, liberal, esquivo…». Como resulta imposible definir el amor, la larga enumeración conduce a una rendición final, que es a la vez una invitación: «Esto es amor. Quien lo probó lo sabe». O dicho de otro modo, quienes quieran saber lo que es el amor, tendrán que probarlo. El vitalismo de Lope brilla en la oscuridad de tanto texto lúgubre de advertencia escrito en su época. De todas las palabras seleccionadas con exquisito cuidado por el Fénix de los Ingenios para uno de sus mejores textos, me quedo con el verbo «atreverse». El amor está hecho sin duda para los locos que se atreven a echarse en su corriente, como troncos que avanzan felices hacia los rápidos.

Porque el amor y la sexualidad, ambos conceptos ya por fin unidos, conforman una corriente caudalosa que inunda nuestra vida por completo. Así, no es de extrañar que todas las religiones y todos los sistemas sociales y políticos hayan querido canalizar esta fuerza de la naturaleza, de manera que discurriera por conductos regulados, sin provocar incidentes graves en la comunidad.

Produce escalofrío pensar que hasta hace cuatro días hombres y mujeres no podían elegir libremente a su pareja. Ahora mismo, en muchas partes del mundo, se siguen concertando matrimonios, y miles de mujeres, a veces solo niñas, son condenadas a relaciones basadas en condicionantes económicos y sociales.

La humanidad continúa librando verdaderas batallas campales para conquistar libertades en el terreno amoroso. Ha costado ríos de lágrimas y toneladas de infelicidad conseguir que la unión de dos personas se conciba como acto de amor y no como negocio ventajoso. En pleno siglo XXI, en las sociedades occidentales que llamamos avanzadas, muchos colectivos siguen luchando por poder amar libremente, con plenitud de derechos y sin ser discriminados por sus opciones sexuales.

En esta pelea, la literatura y el cine, tantas veces transgresores, han desempeñado un papel relevante. Esto lo sabemos de primera mano en nuestro país, en el que, pese a la censura, tanto literatura como cine se convirtieron en potentes armas a la hora de cuestionar la represión sexual que el régimen franquista impuso sobre los ciudadanos. De poco sirvió la tijera que censuró tantas páginas y tantas escenas. Tampoco importó que los párrocos desde sus púlpitos se desgañitaran echando pestes contra el engendro del cine. Los jóvenes seguían acudiendo en tropel a contemplar cómo se amaban aquellos dioses del celuloide, y ya en la oscuridad del patio de butacas ensayaban caricias que tenían el sabor dulce y salado de lo prohibido.

La realidad alimenta la ficción y la ficción también conforma nuestra visión del mundo desde tiempos inmemoriales. Los ideales del amor cortés, tan propios del feudalismo (la persona amada es la dueña y señora, y el enamorado es su vasallo), perviven hasta nuestros días y se han modificado solo ligeramente porque, a pesar de nuestras ansias de libertad, curiosamente aceptamos los códigos de sumisión en el amor. Quienes en el siglo XIX y XX se acercaban a una tórrida historia en las páginas de la novela que estaban leyendo difícilmente podían luego acomodarse a la vida real, gris e insípida, de un matrimonio de conveniencia. Los jóvenes de la posguerra iban al cine y querían besarse como Scarlett O'Hara y Rhett Butler en «Lo que el viento se llevó». La Iglesia y el Régimen, conocedores de los peligros que la cinta contenía, tardaron once años en permitir que se estrenase en nuestro país, pero cuando lo hizo el éxito fue inmediato e imparable. El Windsor Palace de Barcelona amplió su aforo de casi 1500 butacas a 1800. Estuvo en cartelera 255 días, a pesar de tener que programar horarios especiales por los 238 minutos que duraba. En el resto del país el éxito fue similar y los encuentros ardientes de Clark Gable y la indomable Vivien Leigh, con aquellos ojazos verdes, llegaron a todos los rincones en los que había un cine. Después de ver el desparpajo de aquella mujer, ellas ya no querían ser tan modositas y ellos fantaseaban con chicas menos convencionales.

Vivimos una época en la que los patrones amorosos están ampliando su espectro hasta el punto de que no todos estamos preparados para comprender las transformaciones que se están produciendo a nuestro alrededor. Como aquellos padres de la posguerra, ahora muchas personas de mediana edad presienten el caos cuando escuchan a los jóvenes hablar de bisexualidad, poliamor, relaciones asexuales, «swingers», anarquía o jerarquía relacional y una larga lista de maneras de ordenar o desordenar nuestra sexualidad. Lo próximo pueden ser los amores virtuales entre humanos y máquinas, como ya están adelantando la literatura y el cine (Blade Runner, Inteligencia Artificial, Her, Ex Machina). La exploración está ahí. Habrá quienes deseen entregarse al placer como juego y sin compromisos. Habrá quienes necesiten relaciones estables con vínculos personales. Sea como sea, conviene ser honestos y no perder de vista el consejo de Lope: atreverse a perseguir lo que deseamos y, si la suerte nos acompaña, probarlo.