Los 'pringaos' de la Montaña

Carretera de acceso a la Montaña de Cáceres. :: HOY/
Carretera de acceso a la Montaña de Cáceres. :: HOY

Al santuario de la patrona de Cáceres suben bólidos berreando

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La Montaña de Cáceres es un espacio multiusos que da para mucho. A esa montaña coronada por el santuario de la patrona se sube por múltiples motivos y cada temporada tiene su público y su afán. Ahora, en verano, abundan las chicas jóvenes y alegres que ascienden en pandilla. No faltan los grupos de señoras de siempre ni los esforzados caballeros, entrados en años, que escalan como si tuvieran 20. En estos días de julio, hay muchos emigrantes retornados, que llegan a la cima y señalan el lugar donde queda su pueblo antes de tomarse algo en la terraza. Y también se ven inmigrantes sudamericanos, que enseguida descubren la gracia de subir a ver a la Virgen y entonar así el cuerpo y el alma.

Siempre hay agnósticos y ateos ascendiendo. Se trata de una sutil contradicción, pero hay que entenderla porque subir a la Montaña es una manera de reconciliarse con la infancia y se trata, en suma, de un acto encadenado a la antropología y a la sociología. Subir a la Montaña es volver a recorrer el territorio en que empezamos a fumar, empezamos a ser rebeldes fugándonos de clase, empezamos a besar, a vivir...

Es un clásico que las parejas primerizas suban a la Montaña y hablen allí de amor, dónde mejor, qué otro lugar puede haber en Cáceres capaz de insuflar tanta plenitud y tanto arrobo mayúsculo como la Montaña, la plenitud y el arrobo del amor incipiente. En fin, la Montaña, donde asamos castañas, donde asamos corderos, donde nos casamos...

En estas tardes de verano, la carretera de la Montaña se llena de vehículos singulares. Suben los tuk-tuk, tan silenciosos, con sus turistas embelesados y esa capacidad de sorprender que nunca pierde el tuk-tuk: aunque los veas subir todas las tardes con su sigilo eléctrico, siempre te detienes a observar su ascenso feliz.

También pedalean por las cuestas duras de la Montaña decenas de ciclistas. Algunos sufren tanto que, aunque vayas a pie, los adelantas. Otros son incansables y ascienden varias veces en una tarde, con sus músculos a punto de estallar y un gesto de dolor que dan ganas de sujetarlos y enjugar sus rostros crispados, sudorosos. Luego están quienes suben corriendo, resoplando, pero sin parar, sacando aire de donde no hay y, bien desmadejados, bien elegantes, provocando la envidia de quienes caminando ya morimos.

Como ven, la mezcla de personajes en las cuestas de la Montaña de mi ciudad es variopinta y, por lo escrito hasta ahora, todos tienen su mérito y su afán. Sin embargo, he dejado para el final unos ejemplares de humanoide que no resultan tan enternecedores ni líricos. Son los pilotos de rally. Siempre hombres, siempre menores de 40, siempre desbocados y enloquecidos, sembrando el peligro y dejando boquiabiertos de estupor a ciclistas, corredores, jovencitas, señores, turistas de tuk-tuk, agnósticos y devotos.

Todos nos escandalizamos cada vez que uno de estos pilotos de pacotilla surca el asfalto de La Montaña. Suelen subir al atardecer, cuando hay más chicas. Se les siente venir desde lejos, berreando. De pronto, aparecen tras una curva, se bambolean sus coches por efecto del asfalto desigual, aceleran si los miras y enfilan las rectas con el control casi perdido, asustándonos a todos y temiendo que alguna de estas tardes de verano suceda lo peor.

El otro día, sería a eso de las nueve y media, bajó un BMW a más de 120 en zona de curvas, derrapando, los frenos chillando, las ruedas bailando. Daba miedo. La acera entera se detuvo, nos volvimos a ver el coche, temerosos, y el copiloto nos hizo una peineta y nos gritó 'pringaos'. Era lo único que le faltaba a la Montaña para tener de todo: los 'pringaos'.

 

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