La primera caja de cerezas

Caja de cerezas del Valle del Jerte. :: HOY/
Caja de cerezas del Valle del Jerte. :: HOY

En Europa, decir caviar es decir Rusia, decir foie es decir Francia y decir cereza es decir Valle del Jerte

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Ya están aquí. Hace días que llegaron a los mercados, pero hasta el martes pasado no compré la primera caja de cerezas: dos kilos pesaba y pagué nueve euros por ella. No eran baratas, pero estaban buenísimas. En Extremadura, ya se pueden comprar cerezas de magnífica calidad. No hace mucho, se decía que para conseguir buen fruto había que ir a Madrid. Eso ha pasado a la historia.

He probado cerezas portuguesas y de Toro, aragonesas y catalanas. Las que más se parecen a las nuestras son las portuguesas de Fundão. El resto no tienen nada que ver, son frutos de regadío, de árboles sembrados en hilera, de fácil cosecha, pero sin el sabor ni el temperamento de nuestra cereza del Jerte, de Las Hurdes o de las Villuercas, donde ya sea en Berzocana, ya sea en el valle del Vieja, los cerezos fructifican con generosidad.

En Europa, dices caviar y piensas en Rusia, dices foie y piensas en Francia, dices cereza y piensas en el Valle del Jerte, donde hay un millón de cerezos, pero hace 70 años la presencia de este árbol frutal era testimonial en la zona. En los años 50 del siglo pasado, cuando la enfermedad de la tinta se cargó los castaños de la comarca, los campesinos, que hasta entonces vivían de la ganadería y de la agricultura de subsistencia, empezaron plantar cerezos y la economía el Valle cambió radicalmente.

Cuando llegaron los cerezos al Valle, en Rusia casi no se cosechaban cerezas. En 1961, Turquía, la URSS y España tenían una producción de cereza muy semejante en torno a 46.000 toneladas. Cincuenta años después, las cifras se habían disparado: Turquía llegaba al medio millón de toneladas, Rusia y los países de la antigua Unión Soviética sobrepasaban las 300.000 y en Estados Unidos se cosechaban, en 2013, un total de 301.205 toneladas. España, sin embargo, se ha quedado en 97.200 toneladas. De ellas, cerca de 40.000 son extremeñas. Es decir, en medio siglo, otros países y comarcas han multiplicado por diez su cosecha cerecera mientras que en el Jerte las cifras se mantienen con pequeñas oscilaciones.

Sumémosle que el coste de cultivar un kilo de cereza en el Valle tiene un euro de coste de producción mientras que en Turquía el coste es de 15-20 céntimos. Y añadamos que Italia, Francia y Portugal producen cada vez más, que Marruecos está empezando y que la producción de cereza en el Valle, que suponía el 80% de la producción nacional, no llega hoy al 40% pues ha crecido mucho el cultivo en Cataluña, Valencia, Murcia y, sobre todo, Aragón. Acabamos de dibujar el mapa de situación con un detalle fundamental: en Aragón y otras regiones, los cerezos se cultivan en grandes llanuras con una recolección y manejo mecanizados y fáciles, mientras que en el Valle del Jerte, los cerezos están en bancales y la cosecha es bastante más complicada.

Cualquiera diría que el mercado de la cereza se está complicando.Y es verdad. Pero también se ha popularizado el caviar y los comerciantes del de beluga no se inmutan por mucho que crezca la producción de caviar de lucio o de salmón. Están anclados en el mercado de la excelencia y de ahí no los saca nadie.

Con la cereza sucede lo mismo en España o en Francia: la picota del Valle del Jerte es producto gourmet y no hay cereza turca, aragonesa ni rusa que le tosa por su sabor y por sus tres componentes: melatonina, triptófano y serotonina, que solo se dan al mismo tiempo en la cereza del Jerte, como ha demostrado un estudio de la Universidad de Extremadura. En el Reino Unido, se ha perdido la batalla del producto gourmet por culpa de una política agresiva de precios y en Alemania se está luchando esta temporada por conseguir ese status de la mano de la empresa AGR Food Marketing, la misma que lanzó la efectiva campaña Plátano de Canarias.

Mientras nuestra cereza conquista los mercados europeos, disfrutemos de la suerte de tenerla tan a mano. Como sucede con casi todo, es tan nuestra que no nos damos cuenta de lo que tenemos.