El político mentiroso

El político mentiroso
JACINTO J. MARABEL

El 'brexit' es el cuento de nunca acabar. Un supuesto práctico de negociación diplomática al más alto nivel que parecía reservado a los manuales de Ciencia Política, y que sin embargo avanza a pasos agigantados para abrirse hueco entre lo más granado del género fantástico. Porque la búsqueda de la salida de tamaño atolladero ya se ha llevado por delante a dos primeros ministros de Su Graciosa Majestad y amenaza con llevarse al tercero, antes incluso de alcanzar a serlo.

El tercero podría ser Boris Johnson, al cual, dado que desde su más tierna infancia ya soñaba con ser califa en lugar del califa, le faltó poco para postularse a liderar los tories cuando la cabeza de Theresa May salió rodando las escaleras de Downing Street. Pero en lugar del puente de plata que se representaba, el rubio Iznogud se encuentra inmerso en un kafkiano proceso judicial que, visto lo visto, podría sentar precedentes más allá del Canal de la Mancha.

Un proceso por mentir reiterada y descaradamente a los electores sobre el coste de permanencia de su país en la Unión Europea: 350 millones de libras semanales que, según él, deberían aprovecharse para cubrir necesidades más prosaicas de los hijos de la Gran Bretaña, tales como la sanidad o las pensiones. Aunque las propias instituciones trataron de rebatir los datos, el mensaje caló tan hondo en el electorado que terminó dirigiendo el voto hacia el 'brexit' duro que Johnson promovía. Pero la cosa no quedó ahí, porque hace unos días un activista social logró recaudar 200.000 libras con una campaña de micromecenazgo e interpuso una demanda colectiva, acusándole de conducta indebida en cargo público. Y como un tribunal ha admitido la demanda, el político podría acabar condenado por engañar deliberadamente a sus votantes.

Maquiavelo decía que un gobernante siempre encuentra el campo abonado al incumplimiento de sus promesas porque los hombres son tan débiles e incautos que, cuando uno se propone engañar a los demás, nunca deja de encontrar tontos que le crean. En la misma línea, Voltaire aseguraba que la política es el arte de mentir a propósito. Por eso, lo insólito del caso no es que un político mienta, cosa harto difícil de erradicar desde los albores de la Humanidad, sino que la ciudadanía se rebele contra los embustes y exija responsabilidades. ¿Se imagina por un momento que la demanda arriba a buen puerto? ¿Que damos pábulo a una moderna toma de la Bastilla? ¿Que estos casos se tipifican en los códigos nacionales y nuestros políticos deben responder por faltar a la verdad en sus declaraciones?

No se estruje más el caletre, porque ese mundo no va a existir. Sería ingenuo pensar que una idea tan peregrina pudiera tener cabida dentro del mundo aseado, ordenado y civilizado en el que vivimos. Un mundo como Dios manda, en el que pese a todo siempre podemos fantasear con las consecuencias que podrían acarrear engañar a los ciudadanos. Un mundo en el que se condene al político mentiroso.