El poeta de la rotonda

Probablemente ni una sola persona de quienes rodean la rotonda con sus coches, o paseando por la glorieta, va a leer jamás un poema del escritor

JESÚS GALAVÍS

LA rotonda conforma un círculo amplio y perfecto, con tres carriles señalados en blanco sobre el firme, muy negro, como recién renovado. La isla interior luce espléndida, cubierta con un geométrico diseño de flores que alternan con setos y algunas leñosas de pequeño porte. Y en el centro, un pilar de granito sobre el que se apoya la cabeza en bronce de algún personaje, acompañada de una inscripción que desde la acera donde estoy es imposible leer.

El agua ha debido oxidar el metal, porque la piedra aparece manchada de un color verdoso que se confunde en la distancia con un poco de musgo. Los conductores, a toda velocidad, giran en un ballet continuo de entradas y salidas alrededor de la isla y de la figura, sin reparar en ella, atentos a no chocar con los otros vehículos. ¿Quién es ese señor? Porque parece un hombre, creo distinguir barba y bigote en su rostro. Pregunto y nadie lo sabe. Más tarde, con Google, consigo enterarme de que es el busto de un poeta romántico. Probablemente ni una sola persona de quienes rodean la rotonda con sus coches o paseando por la glorieta va a leer jamás un poema del escritor.

En otra ciudad, un grupo de jóvenes camina ya anochecido por una calle, con bolsas llenas de refrescos y botellas de alcohol. Van de botellón, hacia el parque que se inicia al final de la ciudad. Al comenzar esta calle, una farola ilumina una placa de azulejos donde se puede leer: Calle del doctor Fleming. Uno de los muchachos del grupo tuvo una neumonía de niño, y se curó con antibióticos. Nadie entre ellos sabe quién fue este científico.

La ley extremeña obliga a cambiar el nombre de las calles y plazas que recuerdan a personalidades del franquismo. Con razón, porque es un acto de higiene mental e histórica. Sin embargo, ningún habitante de ese pueblo que dedicó hace muchos decenios una calle al general mengano, sabe quién fue, en qué batallas se distinguió y cómo sirvió luego al régimen de aquella dictadura.

Cada etapa histórica trae consigo sus héroes, sus escritores, sus artistas, políticos, inventores. La emoción o la servidumbre del momento lleva a los coetáneos a distinguirlos dedicándoles un espacio público. Luego el tiempo relega esa memoria a un esquemático letrero y a unos números que sirven, más que nada, para que te llegue publicidad, una multa o un aviso de Hacienda. Cervantes no es sino el lugar donde me cito con mis amigos para tomar unas cañas en el bar de moda.

¿Son tan importantes los nombres de las calles? Parece que sí, pero la vida diaria de los que las transitan las vacían de significado.

Me conjuro conmigo mismo para que mañana, al atardecer sangriento del sol de abril, me acerque hasta la calle Cervantes y, bajo el cartel que lo nombra, lea un fragmento de su Quijote. Con toda seguridad me tomarán por loco, como a don Alonso.