El plástico no es fantástico

El plástico no es fantástico
ANA ZAFRA

Conocen ustedes esas muñecas rusas, las matrioskas, en las cuales al abrir la mayor encontramos otra y luego otra y así sucesivamente hasta llegar a la mínima expresión en materia de muñecas? Pues algo parecido le sucedió el otro día a servidora, solo que con una lechuga. Tampoco fue en Rusia, fue en el súper cerca de casa, de donde llegué con tres bolsas llenas, a pesar de haber ido solo a comprar la sal. Resulta que, en un arrebato ecológico-nutritivo, había decidido reducir la carne y pasarme a la ensalada, que además de ser menos agresiva con el planeta es más respetuosa con la operación bikini. Total, que ahí estaba yo, dispuesta a comenzar mi plan de redención ambiental, sacando de una bolsa de plástico -primer envoltorio- lo que esperaba fuese una hortaliza. En lugar de la ansiada verdura encontré -segunda matrioska- un rectángulo forrado de film transparente con una bonita pegatina que anticipaba el contenido. Ansiosa por mi ensalada, rasgué ese segundo plástico y pasé a una caja compartimentada -tercer envoltorio- que abrí pensando que ya, por fin, la lechuga era mía. Pero he aquí que, maravillas del progreso, aún tuve que retirar una bolsita de papel celofán -cuarto y último embalaje- que envolvía individualmente cada uno de los cogollos que componían mi adquisición. Resultado: doscientos gramos de lechuga y medio cubo de basura lleno de envoltorios de plástico.

Aunque lo peor vino después cuando, mientras saboreaba mi ensalada, escuché por la tele que la sal, el atún y el mismísimo cogollo contenían micropartículas de plástico que pasaban al organismo liberando sus venenos. Vamos, que me habría salido más barato -e igual de dañino- comerme los envoltorios por los que, sin duda, había pagado más que por la propia lechuga.

Y es que, creyendo que como en aquella canción «life in plastic is fantastic», nos hemos acostumbrado a llegar de la compra y terminar desechando envoltorios que doblan en volumen a los productos por lo que pagamos. A usar dos guantes para coger tres cebollas y meterlas en una bolsa que tiraremos media hora después. O a beber agua embotellada a pesar de los impuestos que pagamos para poder consumir la que sale del grifo que, como parece abundar, no dudamos en dejar correr alegremente.

Nos hemos acostumbrado a llegar de la compra y desechar envoltorios que doblan en volumen a los productos por lo que pagamos

Nos resulta más cómodo comprar en bolsas que a granel; llenar un carro que ir puesto a puesto hablando con el tendero; usar toallitas plastificadas en vez del papel higiénico de siempre; meter el pan en un plástico y no en las bolsas, primorosamente bordadas, de nuestras abuelas; encargar por Internet un libro que vendrá forrado como una enciclopedia; poner en la cartera de nuestros hijos un bollo envuelto individualmente en lugar del bocadillo de nuestra infancia.

Igual es porque pensamos que pagar con dinero de plástico nos da derecho a plastificar el planeta, como si con ello, en vez de ahogarlo, lo conservásemos mejor.

O que nuestra sociedad invierte más en fabricar envoltorios -de productos, de políticos, de vida.- que en mejorar lo envuelto, hasta conseguir que continente y contenido sean todo uno: un polímero de usar y tirar, plástico por fuera y por dentro, sin vida orgánica ni sentimientos, que terminará reduciendo nuestro futuro hasta poderlo guardar en una simple bandeja de poliestireno expandido.