Plasencia conquista Alburquerque

Excursionistas placentinos de la Universidad de Mayores posan al pie del castillo de Alburquerque. :: A. T./
Excursionistas placentinos de la Universidad de Mayores posan al pie del castillo de Alburquerque. :: A. T.

El pueblo de Luis Landero se pone de moda entre los turistas canarios

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Si al subir a un autocar, escuchas a alguien preguntar por su bastón, no hace falta ser Sherlock Holmes para adivinar, elemental querido Watson, que vas de viaje con una excursión de mayores. Eso hice la semana pasada: guiar sendas excursiones de alumnos de la Universidad de Mayores de los campus de Cáceres y Plasencia a Campomayor y Alburquerque.

Visitamos el centro de la Ciencia y del Café de Campomayor, comimos bacalao y estuvimos en la 'Capela dos Ossos', que impresiona más a los jóvenes que a los mayores, demasiado de vuelta de todo como para asustarse por pasar un rato entre 800 esqueletos rubricados por la leyenda: «Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos».

Seguimos por la tarde hasta Alburquerque, donde subimos al castillo y aquí me quiero quedar para recomendarles vivamente que vayan a Alburquerque si no lo han hecho ya. No serán los únicos turistas, quizás coincidan con algunas de las numerosas excursiones de canarios que visitan el pueblo. Porque en una ocasión pasó por allí un grupo de isleños, funcionó el boca a oído y ahora, las agencias incluyen la etapa Alburquerque a petición del distinguido público guanche.

Hubo un tiempo en que las grandes ciudades monumentales de la región, léase, fundamentalmente, Cáceres, no recomendaban viajar a Alburquerque a los turistas por un equivocado afán de acaparar al viajero. Afortunadamente, hasta en Cáceres han entendido que, por muy bonita que sea la ciudad, si se quiere atrapar al turista y que pernocte más allá de una noche, debe de tener excursiones alternativas. Y en ese punto, aparece Alburquqerque.

No hace falta ser canario para acercarse cualquier sábado o festivo hasta la localidad del castillo de Luna a disfrutar de una de las visitas guiadas más entretenidas, bien llevadas y didácticas que he hecho nunca. Lo primero, los datos prácticos. Para visitar el castillo, hay que estar, cualquier día de la semana, en la puerta de la fortaleza a las 11, las 12, las 13, las 16 o las 17 horas. A en punto, comienzan las visitas guiadas. Al cambiar la hora, el horario de tarde también cambia: 17 y 18 horas. La visita es gratuita y si se va en grupo, se debe reservar en el 924 40 12 02.

Los guías de turismo de Alburquerque son Eduardo y Mónica. Eduardo nos convirtió en un ejército placentino que iba a conquistar el castillo y con ese juego, nos fue explicando la ascensión, las casas judías de la Rúa Direita y los arcos ojivales con la mezuzá hebrea (una hendidura para introducir el libro sagrado que solo se conserva en cinco puertas de Alburquerque).

Con la gracia de que éramos un ejército de Plasencia, los mayores subían como gacelas, se olvidaban de cualquier achaque y acabamos conquistando la fortaleza más inexpugnable de la península junto con la ciudadela de Pamplona.

Los guías explican el castillo con amenidad y con rigor, bromean con finura, ríen mucho y me contagiaron una sonrisa que no perdí en todo el paseo mientras explicaban los caminos de liza, los matacanes, las llanuras que se abrían ante nosotros o la historia de don Beltrán de la Cueva, hipotético padre de la Beltraneja, que fue señor del lugar y del territorio circundante.

Mientras descansábamos en la iglesia del castillo, que es el templo más antiguo de la provincia de Badajoz, del siglo XIII, me pellizcaba para entender por qué no hay cola para visitar Alburquerque y pasar un rato maravilloso durante el recorrido guiado, que acabó en la iglesia de Santa María del Mercado, con su Cristo, su Virgen y sus bóvedas, tres maravillas extremeñas.

Descendiendo, ya en la plaza, descubrimos otra visita imprescindible: la ruta literaria de Luis Landero, que permite entrar en su casa natal, en la casa de su abuela y recorre otros lugares evocados en los artículos y las novelas del venerado escritor de Alburquerque. Antes de regresar, me compré su última novela, 'Lluvia fina', en el lugar donde se debe comprar: la librería Maribel, en la plaza del pueblo. Ya en el autocar, nadie se preocupaba por los bastones y una señora le comentaba a su compañera de asiento: «Esta noche no me va a hacer falta la pastilla del azúcar ni nada».