Plaga de esguinces

Última edición del Festival Europa Sur en Cáceres. :: armando/
Última edición del Festival Europa Sur en Cáceres. :: armando

Si seguimos tropezando, volverán a no pagar los tres días de baja

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Un sábado de septiembre fui a escuchar un concierto a la plaza de Santa María de Cáceres. Tocaban los portugueses The Manchester y he de reconocer que más que a escuchar, fui a ver. Me apetecía descubrir el ambiente del concierto, las reacciones del público, si bailaban o miraban... Y me llevé una decepción. Esperaba encontrarme con gente joven moviéndose mucho y disfrutando y lo que había allí eran señores de mi edad moviéndose lo justo. Es más, los jóvenes llenaban las terrazas de San Juan y la plaza Mayor, donde cenaban ternera teriyaki y croquetas de boletus mientras otros jóvenes aguardaban de pie hasta que quedara una mesa libre.

El mundo al revés: los puretas, perdón, los de 50-60, de concierto y los de 25-35 cenando en terrazas elegantes. Los de 50-60 agarrados a la maceta de cerveza y al cigarro y los de 25-35 asiendo finamente una copa de vino por la base y agitándola para que el tinto se abriera en notas de café y mora y el blanco expandiera su gracia afrutada.

Cáceres se ha vuelto tan madura y sensata que los festivales se montan pensando en los puretas. En el Europa Sur y en el X Cáceres Internacional Blues Festival, el público que llenaba Santa María era más de canas que de crestas, más de anillo que de piercing, más de rimmel que de tattoo.

Un colega de Córdoba que trabaja en Cáceres define esta ciudad de manera un poco cruel: «Cáceres es una ciudad llena de viejos y de farmacias». Cuando dice esto, lo miro mal y él lo intenta arreglar con el lugar común de la belleza: «Pero que conste que es una ciudad preciosa». Vale, pero lo de los viejos y las farmacias me ha dolido.

Mi colega razona que nunca ha visto tantas farmacias en tan poco espacio y que cuando va a trabajar encuentra una cada 200 metros. En cuanto a los viejos, apunta que en ninguna ciudad del mundo, y él es un hombre muy viajado, ha visto a tantas señoras septuagenarias y octogenarias sentadas en las terrazas con trajes de chaqueta de un solo color. No sé qué tiene de malo eso, que yo considero elegancia, le replico. Y él responde que en ningún sitio se considera elegancia vestir tan antiguo.

No me gusta discutir tonterías, aunque bien cierto es que conozco a demasiados cacereños que opinan que hay que salir de la ciudad siendo jóvenes para labrarse un porvenir, pero que hay que regresar a partir de los 50 para labrarse una buena jubilación. Desde luego, si hacemos caso a la sucesión de farmacias y al ambiente de los conciertos, habrá que empezar a pensar en Cáceres como una ciudad balneario, una colonia tranquila y relajante para guerreros retirados, una Emérita Augusta del siglo XXI.

Mi colega dice que, además de vivir de las medicinas de los mayores, las farmacias viven de los esguinces. «Desde que las bajas se pagan desde el primer día, Cáceres sufre una plaga de esguinces terrible. Antes, cuando te quedabas sin cobrar los tres primeros días, los pies no se torcían ni con unas tenazas, pero desde que se acabó el periodo de carencia, la fragilidad se ha adueñado de los tobillos», comenta con ironía malvada.

He de reconocer que algo de eso hay. Nunca se habían dado en esta ciudad tantas torceduras, esguinces, contracturas y tirones como ahora. A veces, parece que son esguinces programados pues coinciden con fechas precisas y planes previstos con antelación. Yo no digo que sean fingidos, pero me espanta que esta plaga de esguinces anime a la autoridad a acabar con ellos a base de reponer el período de carencia: los tres primeros días de esguince no se cobran. Pagarían justos por pecadores, pero o andamos con más cuidado para no tropezar o nos volverán a castigar.

«Cáceres: viejos, farmacias y esguinces», un eslogan cruel para explicar con realismo descarnado la esencia escondida de esta ciudad paradójica donde los jóvenes cenan con vino y los puretas bailan con birras.