El piercing de Móstoles

Un enfermo de jaqueca busca silencio y oscuridad. :: HOY/
Un enfermo de jaqueca busca silencio y oscuridad. :: HOY

Cómo combatir la jaqueca, un dolor incomprendido e insoportable

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

La jaqueca tiene la mala prensa de los pretextos. Es un recurso tan manido para escaquearse de los cumpleaños pesados, las reuniones agobiantes y las citas no deseadas que le pasa como al chiste del lobo: nadie se lo cree, pero la jaqueca y el lobo existen y vienen. La jaqueca, además, tiene una connotación de estrechez sexual muy curiosa. Se usa mucho como recurso chistoso para negar favores.

Ese dolor de cabeza horroroso y ruin, que te taladra y te anula, suele llegar, además, en fin de semana o en fiestas de guardar. Por no sé qué extraña razón, cuando se anuncia relax y vacación, ella se despereza, se asoma y ataca. En Navidad, por ejemplo, quienes padecen de ese dolor lacerante lo suelen sufrir con intensidad e intermitencia. Serán las comidas, será el trajín, serán los gritos y los cánticos, el caso es que la jaqueca acecha tras el árbol de Navidad, tras cada una de las 12 uvas, tras los camellos de los Reyes.

La jaqueca no entiende de géneros, pero tiene una especial querencia por las mujeres. Y cuando las ataca, no viene sola: siempre la acompaña la incomprensión. Porque la jaqueca es un dolor que anula, que exige silencio, oscuridad y tranquilidad, pero a quienes no la padecen les parece una enfermedad menor y muchos acaban meneando la cabeza con esa displicencia que precede a la maldita frase: «Anda, que no tiene cuento».

De quien no va a trabajar por tener jaqueca, se dice de todo, como si su baja fuera caprichosa. Es más, conviene mentir y aducir empacho, esguince o derrame, así, sin especificar, para que los compañeros entiendan que sucede algo grave y no cotilleen maledicentes. Otra manera de evitar habladurías es decir que no vas a trabajar porque te ha salido un bulto. No sé qué tiene la palabra bulto que inmediatamente produce respeto, silencio y comprensión. ¡Pero la jaqueca!

La cara de jaqueca es tremenda. La piel lustrosa se aja, la tez sonrosada se torna calcárea, magnolia, vainilla... El ojo que brillaba se vuelve mate y el párpado levantado cae cual velo de viuda. Las ganas de vivir de ayer serán deseos de desaparecer hoy. Y, desde luego, ni amor, ni cumples, ni citas. Cuando llega la jaqueca, la lozanía se escapa, la decrepitud se instala y un único objetivo anima al enfermo: dejar pasar el tiempo.

Ese el grave problema de las malditas jaquecas, que solo se curan con el paso del tiempo. Este no es un artículo científico, sino una crónica de quien convive en el hogar y en el trabajo con personas a quienes horada la jaqueca o migraña, llámenlo como quieran. Yo prefiero jaqueca, que suena más jacarandoso, porque lo de migraña ya da miedo desde el nombre: parece apelativo de bicho y eso es muy propio de este dolor recurrente e intenso que excava como un topo, zumba como una avispa, martillea como un picapinos, envenena como una víbora...

¿Remedios? Caseros: nada de luz, nada de ruido, la cama, la venda caliente en el ojo, la venda fría también en el ojo... Medicinales: calmantes clásicos como cualquier ibuprofeno, calmantes extremos de la familia de los triptanes... Mágicos: el pendiente de Móstoles...

Mi sobrina padecía de dolores tremendos de cabeza. La jaqueca la anulaba, pero ha descubierto a un tatuador de Móstoles que ha acabado con su migraña maldita. Pariente de neurólogos prestigiosos, ha aprendido con ellos las claves de su milagrosa destreza. Pregunta al cliente por la zona del dolor, actúa sobre determinados puntos de la oreja y acaba colocando un pendiente (piercing daith) en el lugar exacto desde el que ejercerá una función analgésica que acabará con la jaqueca. Yo no creo en milagros, pero mi sobrina ya no tiene jaqueca.