La pelota de pilates

Pelota de pilates dispuesta para escribir o estudiar sentado en ella. :: A. T./
Pelota de pilates dispuesta para escribir o estudiar sentado en ella. :: A. T.

Una gran bola con propiedades terapéuticas, remedio para opositores con contracturas

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

En casa ha entrado una pelota de pilates. Es redonda, grande y de color negro «brillantoso». «¡Qué cosa más fea!», exclamó la otra tarde la señora que trae los huevos, que dice mi suegra que es muy sincera, aunque a mí me parece muy cruel, pero me aguanto porque sus huevos de campo son únicos.

La pelota de pilates es de las grandes. Los expertos saben que las hay de 55, 65 y 75 centímetros de diámetro. Esta es de 75, lo mejor de lo mejor. Y hasta tiene debajo un soporte para evitar que gire descontrolada y me dé un testarazo. En fin, a estas alturas del escrito, ya habrán imaginado ustedes quién es el caprichoso (mi suegra dixit) que ha introducido el artilugio esférico gigante en casa. Sí, exacto, un servidor. Ni a mi suegra ni a mi mujer se les hubiera ocurrido nunca el dislate de comprar una pelota de pilates, ellas son dos señoras serias y austeras que respetan las tonterías, pero no las hacen.

La pelota de pilates la he comprado yo por consejo de algún amigo de Facebook que no conozco de nada, pero es que fue contar que tenía ciática y enseguida empezaron a llegarme correos, messengers, wasaps y comentarios recomendándome todo tipo de disciplinas orientales y de 'solucionings', o sea, actividades acabadas en -ing, que son las que últimamente lo curan todo: el running, el spinning y cosas así. Y agradezco mucho esos consejos, que sé que son eficaces, pero he preferido esto de la pelota de pilates, que me han dicho que la usan desde las embarazadas hasta los opositores con contracturas en la espalda. Además, lo del running y el spinning me suena a algo muy cansado, mientras que en la pelota, te sientas y mano de santo. Bueno, eso dicen.

La huevera, cada vez que viene a casa, se asoma a ver la pelota y no hace más que decir: «¡Hoy, hoy, hoy!». Después se ríe un rato con mucho júbilo y remata su balance de situación con un: «¡Qué hombre!» entreverado de mucho subtexto: detrás del hombre se esconden adjetivos como chalado, esnob o estrafalario, que la señora de los huevos no pronuncia, pero se entienden. Hasta ahora, traía los huevos de docena en docena. Desde que tengo la pelota, los trae de seis en seis y así viene más a casa. Dice que con el cambio de estación, las gallinas ponen menos, pero yo creo que viene en busca de autoestima, ya saben, la dichosa alteridad: me comparo con este cliente tan bobo y me siento mejor.

A veces, me preguntan ustedes si las cosas que cuento me pasan de verdad o son invención. Y yo les respondo sin mentir: esto es la vida misma, tanto la pelota de pilates como la huevera y la ciática. Y lo más verdad de todo es la maldita ciática.

El otro día, hice uso del comodín de la experiencia. Al acabar mi clase en la Universidad de Mayores, rogué a mis alumnos, fundamentalmente sexagenarios y septuagenarios, es decir, expertos en lumbagos, ciáticas y pinzamientos, que me contaran sus remedios para estos males. Recibí un aluvión de consejos: calor con manta eléctrica, con saco de semillas en microondas y con el culete al sol; inyecciones de cortisona y de vitamina B12; calmantes de todo pelaje; masajes, gimnasia, acupuntura... Una señora con bastón quiso regalarme su caja de ibuprofeno y otra me ofreció su rehabilitador personal. Estuve a punto de llorar ante tantas atenciones, pero al final opté por la extravagancia de la pelota de pilates, que llevo rodando por la casa de habitación en habitación: me siento en ella para leer, para ver la tele, para comer...

Ahora estoy escribiendo aposentado en esta superficie esférica que se mueve para los lados y se bambolea, es escritura flotante. Tengo enfrente a mi suegra, que lee el HOY como cada tarde, muy contenta porque ya puede okupar mi sillón favorito a cualquier hora. Ahí está, me mira con disimulo, me ve dando botes, subo y bajo al tiempo que escribo, ella vuelve a la lectura chasqueando la lengua, dejándome por imposible. Mi mujer ya está acostumbrada a estas peculiaridades: ni se inmuta. Yo creo que me ve como si fuera un niño: mientras esté entretenido con la pelota, no molesta. ¿Y la ciática? Pues nada, ahí sigue, dos meses ya juntos. Esa sí que pasa de mí y de la pelota.