La pasión

La pasión
SALVADOR CALVO

El eterno retorno. El equinoccio. La Semana Santa. Desde aquellos años lejanos en que asistíamos a las procesiones, sotana roja y roquete blanco, junto al señor cura párroco, hasta estos tiempos de ahora, seguimos aquejados de la inexorable misantropía y el desasosegante agnosticismo. La vida por el medio.

Pero, según cuentan anales y eras, desde hace dos mil diecinueve años, rememoramos, conmemoramos y repetimos aquellos hechos definitivos que acontecieron en algunos lugares del conflictivo Oriente Medio.

La Semana Santa nos despierta la memoria de lo más añorado: la infancia. La suave ternura de la madre vistiéndonos la ropa a estrenar del Domingo de Ramos; las matracas de la Parroquia, con las que salíamos por las calles anunciando los días de muerte y resurrección; la liturgia del incienso, los reclinatorios, la adoración, el son de las campanas, los velos oscuros, las mantillas bordadas, las palmas, los cortinajes morados y el féretro.

Retazos de la infancia transcurrieron en el paraje conocido como Cofradía de San Cristóbal, par del cauce severo del que fue río Tajo. Cofradía, cofrades, cofratres, hermanos. En el siglo XVI había en el lugar ocho o diez cofradías, cada una con su ermita, ermitaño y mayordomo. La de los Santos Mártires, la de San Salvador, la de la Vera Cruz, la del Cristo del Humilladero, la de San Pedro….de todas ellas quedan dos y la iglesia parroquial.

Pasión ahora, la que nos dejó grabada en el ánimo esa película magnífica del inextricable Mel Gibson, en la que un excelente actor, Jim Cavizel, interpretó las torturas y muerte de aquel Yousef, Joshua o Jesús de Nazaret, el galileo. Y además oyendo su palabra en la lengua original, el arameo.

Por si nuestra inquietud de escépticos no tuviera bastante, no hace mucho, otro film vino a removernos ese sentimiento trágico, que decía Don Miguel, o tal vez su agonía del cristianismo. Nos referimos a la película «Resurrección», en la que Joseph Fiennes, ese actorazo, interpreta a un centurión romano que investiga el caso de aquel crucificado, del que decían que una vez enterrado, había abandonado su sepulcro. El soldado romano, perseguidor de levantiscos macabeos, se hace cruces cuando se encuentra, cara a cara, con el que hacía poco había muerto crucificado.

Estupor y extrañeza ante la evidencia de lo inexplicable. ¿Era Jesús aquel judío de rostro bonacible que sonreía al estupefacto centurión romano? El desasosiego cimbrea el débil arbusto de nuestro escepticismo. La marea de los acontecimientos, cada año, no nos remedia esa desazón de abismo y vacío. Por mucho que la algarabía, las alharacas y la parafernalia andaluzas se empeñen, se nos va el ánimo a la adustez, sobriedad y recogimiento del Cristo Negro o a esa procesión seria y severa de las Capas Pardas zamoranas.

Es una cuestión de ánimo, de temperamento o vaya usted a saber. Nos reconforta, recientemente, la asistencia a coloquios sobre la Semana Santa, que viene patrocinando la cacereña Cofradía de Los Ramos. Son admirables la fe, la fuerza y el fervor de sus cofrades que, en estos tiempos atroces de antirreligiosidad, mantienen firme su pasión por un tiempo, unos actos y unas creencias que vienen hasta ellos desde la noche de los tiempos.

De noche, las calles oscuras, sale el Crucificado a hombro de cuatro cofrades. La gente del pueblo, en dos hileras silenciosas, camina despacio por las aceras acompañando a la imagen, tras la cual el párroco y dos monaguillos caminan, ensimismado él y somnolientos ellos, cerca de dos guardias civiles con aderezo militar de gala. Semana de Pasión en la memoria.

Abril luciente, lluvias de primavera. Introibo ad altare Dei. SCM.