El año pasado se diagnosticó cáncer a 6.615 extremeños, 349 más que en 2012

Jacobo Gómez-Ulla, oncólogo; Guadalupe Morcillo, voluntaria; y Carmen Velasco, paciente:: HOY/
Jacobo Gómez-Ulla, oncólogo; Guadalupe Morcillo, voluntaria; y Carmen Velasco, paciente:: HOY

Un oncólogo, una paciente y una voluntaria cuentan cómo conviven cada día con la enfermedad

Álvaro Rubio
ÁLVARO RUBIOCáceres

En 2018 el cáncer acabó con la vida de 2.917 extremeños. Sin embargo, son muchos más los que están dejando atrás la enfermedad. 18.800 personas escucharon el diagnóstico en esta comunidad autónoma en los últimos cinco años y siguen vivas. Esas son las dos partes de una estadística que invita a tener esperanza, a olvidar que la temida palabra de seis letras es una sentencia de muerte. Médicos, pacientes y voluntarios coinciden y lo expresan en el Día Mundial contra el Cáncer, que se celebra cada 4 de febrero.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer, tal y como demuestran los datos del último informe del Observatorio de la Asociación Española contra el Cáncer. En él se deja claro que las consultas de los médicos están cada vez más llenas. En la región se diagnosticaron el año pasado 6.615 nuevos casos de cáncer. De ellos, 3.951 fueron en la provincia de Badajoz y 2.664 en la de Cáceres. Son 60 más que en 2017 y 349 más que en 2012. En seis años ha aumentado en un 5,56 por ciento.

De los nuevos diagnósticos, seis de cada diez se dieron en hombres y entre los tipos de cáncer que más incidencia tuvieron destaca el colorrectal seguido del de próstata, mama y pulmón. Éste último fue el que registró la tasa de mortalidad más alta.

El consumo de tabaco es una de las principales causas, algo en lo que inciden profesionales como Jacobo Gómez-Ulla, oncólogo del Hospital Universitario de Badajoz. Él es una de las caras que se cruzan con el cáncer a diario. Le apasiona su profesión. «Me encanta lo que hago. El paciente oncológico nos enseña mucho. En los peores momentos siempre tienen buenas palabras. Incluso cuando están a punto de morir te agradecen todo los que has hecho por ellos. Eso hace que te des cuenta de que tu trabajo vale la pena», comenta Gómez-Ulla.

Añade que la vida del oncólogo ha cambiado notablemente en los últimos 25 años. «Antes eran pacientes que llegaban a morirse hicieras lo que hicieras. Ahora tenemos tratamientos mucho menos tóxicos y más eficaces», asegura este médico que atiende a personas que se enfrentan al dolor y al miedo constantemente.

Ejemplos hay miles. Carmen Velasco es una de ellas. A esta cacereña le diagnosticaron hace un año y medio un linfoma, una proliferación maligna de linfocitos (células defensivas del sistema inmunitario). Ella es otra de las caras que conviven día y noche con esta enfermedad. Cuando se lo dijeron no se lo creía. Luego no le quedó más remedio que tomar conciencia. Más tarde se enfrentó a los ciclos de quimioterapia y a los momentos más duros. Afirma que sin el apoyo de su familia, el equipo médico y las psicólogas de la Asociación Española contra el Cáncer en Cáceres (AECC) no se habría podido enfrentar a la enfermedad.

El año pasado se diagnosticaron 6.615 casos, que son 349más que en 2012

El cáncer de pulmónfue el que registróuna tasa de mortalidad más alta en la región

Actualmente continúa acudiendo a sus revisiones periódicas y camina hacia la supervivencia. «Podemos hablar de eso cuando pasan cinco años, pero si se trata de hematología suelen ser unos diez», aclara Velasco.

Si supera esa barrera pasará a formar parte del lado bueno de la estadística, la misma que empuja a cientos de voluntarios extremeños a ayudar a pacientes con cáncer. Guadalupe Morcillo es una de ellas. Representa la otra cara de esta dura enfermedad. Se cruza con ella cada semana.

Es voluntaria en el hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres y todos los jueves visita a los pacientes de la planta de oncología de este centro. Asegura que recibe más de lo que da. «Los enfermos son un espejo en el que mirarnos. Con ellos el alma se llena de vida».

A esta cacereña le diagnosticaron hace un año y medio cáncer en el sistema linfático, se sometió a quimioterapia y actualmente acude a revisiones periódicas:: JORGE REY
A esta cacereña le diagnosticaron hace un año y medio cáncer en el sistema linfático, se sometió a quimioterapia y actualmente acude a revisiones periódicas:: JORGE REY
Carmen Velasco, paciente «Me dijeron que tenía un linfoma, pero nunca pensé en la muerte»

Hace un año y medio que la vida de Carmen Velasco dio un giro de 180 grados. El 15 de agosto de 2017 le diagnosticaron cáncer. Desde entonces se enfrenta a un bicho con nombre y apellidos: linfoma de Hodgkin con esclerosis nodular. Éste se origina cuando las células sanas del sistema linfático cambian y crecen sin control. «Cuando me lo dijeron fue un golpe muy duro», confiesa esta cacereña de 61 años que recuerda cómo empezó todo.

«Trabajaba como auxiliar de enfermería y notaba que me cansaba más, tenía que tirar de analgésicos y me salieron manchas en la piel. Al principio parecían picaduras de mosquito y el médico es lo que me decía. Luego, se fueron haciendo cada vez más grandes y se inflamaban. Más tarde llegaron las fiebres y una noche tuve que ir a urgencias porque el termómetro marcaba 41 grados. A partir ahí se desencadenó todo», comenta Carmen.

Los hematólogos ya lo sospechaban, así que le hicieron diversas pruebas. Tras una biopsia, ingresos hospitalarios y ocho días de espera le dieron el resultado que confirmaba el diagnóstico.

«Al principio no me lo creía, luego lo empiezas a encajar», afirma antes de hablar del tratamiento. «Me dieron seis ciclos de quimioterapia mediante ingresos hospitalarios de cinco días. Los dos primeros fueron muy bien, pero a partir del tercero llegó lo duro. No podía comer sola y se me cayó el pelo. Eso fue un impacto. Son muchos cambios físicos y no me reconocía en el espejo», recuerda.

Todo eso ya ha pasado y en el mes de abril de 2018 terminó su último ciclo. «Ya estoy siendo yo otra vez», comenta tras explicar que acude a revisiones periódicas.

Lo hace siempre acompañada de sus hijos. Se emociona cuando habla de ellos. «No se han separado de mí ni un solo momento. Lo han sido todo, ellos son mis ángeles y han hecho que hoy siga aquí. Ellos me dan la fuerza y la esperanza», dice mientras sus ojos azules se humedecen.

Traga saliva, respira hondo y continúa con un relato lleno de agradecimientos. Al doctor Fernando Carnicero, a las hematólogas Sara Cáceres y Rocío Cardesa, a la psicóloga Alicia Ramos de la sede cacereña de la Asociación contra el Cáncer. Esos son sólo algunas de las personas que le están ayudando en este proceso. «En la asociación he conocido a gente maravillosa con la que comparto inquietudes y los mismos miedos. Cada vez que alguien cae, nos apoyamos entre todas».

«Mis hijos han estado a mi lado siempre, han sido mis ángeles y han hecho que siga aquí»

«Sufres cambios tan grandes que no te reconoces, ahora estoy empezando a ser yo otra vez»

Ella también ha caído en varias ocasiones, como la mayoría de los que se topan con el cáncer. «Sabía que lo iba a pasar mal, pero tenía muchas posibilidades de superarlo. Nunca pensé en la muerte, aunque siempre tienes la duda de que surjan complicaciones», confiesa. «Quería ganarle la batalla y creo que lo estoy consiguiendo. Lo hago porque quiero seguir disfrutando de toda mi familia. Eso es lo más importante que tengo».

Y precisamente eso es lo bueno que saca de esta dura enfermedad. «Dentro de lo que cabe me considero muy afortunada. El cáncer me ha enseñado a ver la vida de otra manera, a valorar lo realmente importante», dice mientras alude a la buena actitud. «Esto se puede curar, es una enfermedad más y cuando empieza a verse la luz al final del túnel aprovechas cada minuto de la vida mucho más».

Guadalupe Morcillo::
Guadalupe Morcillo:: / JORGE REY
Guadalupe Morcillo, voluntaria de hospital «Todos los jueves visito a enfermos y aunque es duro merece la pena»

Guadalupe Morcillo nació en Villanueva de la Serena pero ha residido en Cáceres casi toda su vida. En esa ciudad es voluntaria de la Asociación Española contra el Cáncer. Está al frente de una consultoría que se dedica al asesoramiento político y lo compagina con el voluntariado desde mayo de 2017. «A través de la cofradía de la Soledad nos invitaron a participar en el Día de la Cuestación y me apunté. Me presenté en la mesa de la avenida de España, que fue la que me asignaron. No conocía a nadie, pero tampoco hacía falta. Me coloqué el chaleco de voluntaria, cogí una hucha, las pegatinas y con la mejor de mis sonrisas me uní al grupo de veteranos que allí estaba», recuerda Guadalupe.

A partir de ese momento fue cuando se dio cuenta de que debía aportar su granito de arena. «Sólo tenía que dar parte de mi tiempo, algo que todos tenemos aunque digamos que no», añade Morcillo, que ya se había cruzado con la enfermedad antes. Su padre falleció de cáncer de colón hace cinco años.

Primero empezó con labores logísticas en la AECC y campañas de prevención, aunque siempre quiso estar cerca de los pacientes. «Tenía la necesidad de ir un poco más allá. Necesitaba estar en contacto directo con los enfermos. Quería escuchar su dolor, su esperanza de vida, sus malos y sus buenos momentos. Sabía que comenzar en el hospital sería duro, pero también sabía que podía hacerlo», cuenta.

Para ello tuvo que pasar una entrevista con una de las psicólogas de la AECC. «Hay que tener habilidades empáticas y de escucha. También fortaleza», destaca Morcillo, que desde el pasado mes de octubre intenta no faltar a su cita de los jueves en el hospital San Pedro de Alcántara. Desde las diez de la mañana hasta las 13.00 horas visita junto a dos compañeras a los enfermos oncológicos que están hospitalizados. «Nos dan un listado con los pacientes y lo primero que veo es la edad. Hay muchísima gente joven y eso me impacta», reconoce.

Luego entra en las habitaciones que no están aisladas y ofrece información de los servicios que prestan en la AECC. «Sobre todo les damos compañía, hablamos con ellos y con los familiares. Nunca lo hacemos de la enfermedad. Un café, una piruleta, un caramelo o una simple charla. En esos momentos te agradecen cualquier detalle», dice Guadalupe, que se ha tenido que enfrentar a situaciones complicadas. «Por ejemplo, vas viendo cómo muere gente joven con hijos o personas que lo pasan fatal con la quimioterapia. Hay días que sales de una habitación y sabes que has estado hablando con alguien al que le quedan muy pocas horas de vida. Hay que tener capacidad para ver la muerte de cerca y una esperanza de vida en la siguiente habitación».

«Para ser voluntario de hospital hay que pasar una entrevista con la psicóloga de la AECC»

Sin embargo, está segura de que merece la pena. «Es un aprendizaje constante. Los pacientes te enseñan valores que hemos perdido. Es una experiencia dura, en la que tienes que respirar cada día cuando sales de una habitación para poder entrar en otra. Ves dolor y desesperación. Los problemas se agudizan y las esperanzas se van perdiendo por el camino, pero aún así, a ellos siempre les queda alguna que otra sonrisa».

A los que tienen intención de ser voluntarios pero todavía no han dado el paso les lanza un mensaje: «Si vieran lo que recibes de cada paciente, nadie se lo pensaría. Cuando ves que se escapa la vida, valoras lo realmente importante».

Este médico de 38 años no cree que él llegue a ver la cura del cáncer, una enfermedad que se da cada vez más y tiene un 53% de supervivencia:. J.V. ARNELAS
Este médico de 38 años no cree que él llegue a ver la cura del cáncer, una enfermedad que se da cada vez más y tiene un 53% de supervivencia:. J.V. ARNELAS
Jacobo Gómez-Ulla, oncólogo del Hospital Universitario de Badajoz «Siempre digo a los pacientes que no busquen en Internet»

Jacobo Gómez-Ulla es oncólogo y tutor de residentes en el Hospital Universitario de Badajoz. Cada semana atiende a pacientes con cáncer. A los que tienen que escuchar el diagnóstico por primera vez y a los que llevan años conviviendo con la enfermedad. En algunas ocasiones le han preguntado si van a morirse. «Para muchos la palabra cáncer es una sentencia de muerte, pero hay que saber que el 53% de los diagnosticados sobreviven, es decir, desde el diagnóstico siguen vivos después de cinco años».

Cuando pasan por su consulta intenta resolver sus dudas. «Siempre les digo lo mismo, que apunten todo en una libreta y pregunten, que no busquen en Internet ni se metan en foros para resolver aspectos técnicos», aclara Jacobo, quien asegura que en Extremadura no se encuentra a menudo con pacientes que recurren a la pseudociencia. «Los que lo hacen no dejan el tratamiento médico, salvo casos muy puntuales. Siempre que traen productos de herbolario les pido que me lo digan para ver si es nocivo o no», apunta.

Sobre el futuro de esta enfermedad no se muestra muy optimista. «Cada vez se diagnostican más casos y los fármacos son más eficaces, pero no creo que yo llegue a ver la cura del cáncer», afirma Jacobo, que tiene 38 años.

Sin embargo, sí apunta a los avances que se están realizando en los últimos años. Entre ellos destacan los conseguidos en los pacientes con cáncer de páncreas. «Han aparecido combinaciones de fármacos que han abierto una puerta a la esperanza para que aumente el tiempo de vida. Por ejemplo, en Extremadura estamos consiguiendo que en algunos de los enfermos que no eran operables nos planteemos una cirugía».

Sobre los recursos con los que cuenta la región, destaca que Extremadura no está a la cola en cuanto a medicina oncológica se refiere. «En el momento que se aprueba la eficacia de un fármaco llega en unos dos meses a esta comunidad autónoma».

«El fármaco que dan a un paciente en la mejor clínica del mundo es el mismo que usamos aquí»

Indica que son muchos los pacientes que le preguntan a qué lugares del mundo acudir para encontrar mejores resultados y esta es su respuesta: «El mismo fármaco que le van a poner en la mejor clínica del mundo también está en Extremadura». Matiza que los que se marchan lo hacen buscando tratamientos cuya eficacia aún no está probada.

En esa búsqueda los que lo tienen más complicado son los que sufren un glioblastoma multiforme, el tumor cerebral maligno más frecuente. Según Gómez-Ulla es el cáncer más agresivo.