Que se me paren los pulsos

Que se me paren los pulsos
EFE
JESÚS GALAVÍS

Que se me paren los pulsos si te dejo de querer, decía la copla, la que cantaron la Piquer, la Jurado y muchas otras tonadilleras. Incluso Sabina se atrevió con ella. Te quiero más que a mi «vía», continuaba la letra... Eso sí que eran amores de verdad, de calidad suprema. No se esperaba nada a cambio, solo el placer de amar por amar.

Después de las manifestaciones abanderadas en el Colón madrileño, de las reacciones de Pedro Sánchez, y de los «nopasarán»» de los de Podemos, parece como si se hubiera iniciado un concurso, o competición nacional, para evidenciar quién quiere más a la democracia, a la Constitución y a la unidad sacrosanta de nuestra vieja y aburrida España. Con amores tan tremendos como el de la copla.

Casado, Sánchez y Rivera, encaramados en los escenarios nacionales, ejercen de cupletistas, y cada uno canta una canción a poder ser la más sentida y más hermosa que se pueda cantar a esa novia con un nombre común pero que, para todos ellos, tiene unas hechuras diferentes.

Que se me paren los pulsos, reclama Casado, si no cesa el diálogo con aquellos que quieren romper España. Que las campanas me doblen, pregona Sánchez, si alguien no ha comprendido todavía que todo lo que él negocia con los catalanes independentistas no es sino trabajo por la unidad de España, mientras asegura que los convocantes de la manifestación de Colón son desleales, cómo no, a España, la federal supongo.

Rivera continúa la copla y asegura que es poco menos que su vida y su muerte, te lo juro compañero, si no se dice no al separatismo y sí a España, no a los indultos y a los privilegios y sí a la Justicia. Y un cantante nuevo en plaza, Abascal, se abre con una especie de saeta de Semana Santa para denunciar la traición de un Gobierno ilegítimo y mentiroso. Traición a España, evidentemente, a quien su partido quiere más que al aire que respira, que también figura en la copla citada.

Era yo muchacho de Bachillerato cuando se nos impartía aquella asignatura obligatoria, la 'Formación del Espíritu Nacional'. En realidad era un adoctrinamiento descarado, un intento de vender la moto del franquismo a los adolescentes de entonces por la vía de la educación política en el aula. A veces se nos daban consignas extrañas, casi poéticas, como una que he recordado muy a menudo: «Amamos a España, porque no nos gusta», nos decía el profesor-ideólogo. Y enseguida se ponía a explicar cómo el disgusto causado por una España que se podría aborrecer por sus defectos y carencias, se sublimaba, se superaba por el amor que íbamos a poner en arreglarla, en mejorarla. Era algo complicado. Como complicados también somos los españoles. Resulta que todos juramos que queremos a España pero luego, entre nosotros, no nos queremos ni en pintura. Pobrecita España... Y sin embargo, te quiero.

 

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