Orígenes

Orbaneja del Castillo./
Orbaneja del Castillo.
SALVADOR CALVO

Andaba uno barzoneando por los alrededores de San Martín de Elines y dio en cavilar que para qué todo aquello que hubo de estudiar de mozo y que ahora, plena senectud, se difuminaba entre la hojarasca de los años y el olvido.

Claustro de San Martín, esos sepulcros, esa eternidad resbalando por cada intersticio de columnas y capiteles. El airecillo de Valderredible nos había llevado antes a ver la espadaña monumental de Santa María de Valverde, y allí, a la par, la iglesita horadada en roca, apenas una nave, el techo al alcance de la mano ¡Estas piedras eternas que nos llevan a aquellos siglos oscuros!

Carreterita del sur de la provincia, desde Cervatos a Orbaneja del Castillo. Que tenga uno que haber esperado toda la vida para llegar, por fin, a la cuna de la Patria. Sí, de la Patria, con mayúscula, que la patria es la lengua, el idioma, que primero fue castellano y ahora español. Ya saben que la cuestión es ardua. No nos vamos a parar ahora en dirimir si lo uno o lo otro.

En todo caso, en sus inicios, castellano; que así nos lo enseñó don Eugenio de Bustos, gran profesor de Historia de la Lengua en aulas salmanticenses. Y aquí, en Valderredible, fue donde el latín vulgar recibió el influjo de los foramontanos que llegaron del norte. Unos individuos con un habla rara, primitiva, dura como sus piedras, los vascones, que hicieron que el vulgar de la zona evolucionara más rápidamente y a la postre acabara por extenderse e imponerse en territorios de hablas vecinas, como el astur-leonés, al oeste, el aragonés, al este, y al sur por el amplio espacio cristiano del mozárabe.

Hemos parado en Polientes, a refrescarnos la mañana con unas birritas y unas rabas, no sin antes haber mirado la soledad de esos pueblitos de cuatro casas y cinco o seis habitantes, a un lado y otro de la carretera: Fombellida, Bárcena de Ebro, Otero del Monte, Villanueva de la Nía, etc. Y siempre a la derecha, según viajábamos hacia oriente, el curso del río que nombró a la península: el Ebro, el río Ibero, que sale ahí atrás, en Fontibre, como un regato y va luego cogiendo anchura poquito a poco por esas frondas oscuras de Valderredible.

De Polientes a Orbaneja del Castillo, ya en Burgos, la tierra de Mío Çid Roy Díaz, el norte de Burgos, que junto a Valderredible es la tierra origen de este nuestro idioma español que tanto se habla en Jerusalén, como en Valparaíso, en Los Ángeles como en Río de la Plata, en Cabeza del Buey como en Valverde del Fresno.

Orbaneja es un portento de lugar. Un puñado de casas en torno a una colina escarpada, en un tajo de farallones imponentes, en los que vuela y revolotea una colonia de buitres. Turismo, bares, agua corriente por la calle, fuente y cascada. Norte de Castilla, un poco más arriba ya Vitoria. Oteamos los perfiles de la tierra donde empezó todo. Desde aquí se extendió el vehículo que dio lugar al más bello soneto que se haya escrito: «Cerrar podrá mis ojos la postrera…», a la prosa más excelsa que nos embebe: Azorín, Gabriel Miró, y a los relatos sobre las cosas de la vida que nos inspiran y mantienen nuestras ilusiones: la escopeta al hombro.

Qué le vamos a hacer. Un poco más al sur, Sedano y el recuerdo imperecedero de nuestro prócer Miguel Delibes, con cuya prosa entrañable nos despedimos del amable lector: «A mis amigos cazadores que, por descontado, no son gentecilla de poco más o menos, de la de leguis charolados y sarasqueta repetidora….etc».