¿Nuevas elecciones?

¿Nuevas elecciones?
ANTONIO PAPELL

Ayer el líder del PSOE y presidente en funciones del Gobierno recibió a los representantes de los otros tres grandes partidos del Parlamento español para comenzar a sondear las posibilidades de conseguir la investidura presidencial que, como es sabido, requiere 176 votos afirmativos (la mayoría absoluta de la cámara) en primera votación y la mayoría relativa -más síes que noes- en segunda. Sintéticamente, las posiciones han sido las previstas: el PP votará en contra y, como había manifestado su número dos, García Egea, entorpecerá en lo posible la investidura de Sánchez; Ciudadanos votará también negativamente; y Unidas Podemos, aunque dispuesto a cooperar por encima de todo, supedita el apoyo a formar una coalición de gobierno. Sánchez le ha ofrecido un 'gobierno de cooperación'. Es toreo fino.

No parece difícil (más bien al contrario) para el PSOE conseguir el respaldo de Unidas Podemos mediante alguna de las fórmulas posibles. Con toda evidencia, los socialistas recurrirán a un modelo que suscite los menores recelos posibles a los poderes económicos que ven todavía con aprensión ciertas derivas elementales de Iglesias. Pero con el auxilio de UP, la investidura quedará lejos todavía: el PSOE (123 escaños) y Unidas Podemos (42) suman 165 escaños, en tanto el PP (66) y Cs (57) apenas llegan a 123, los mismos que tiene el PSOE, y el tripartito conservador, con Vox, alcanzaría 146. Sin embargo, el PSOE tiene dificultades para asegurarse la mayoría, habida cuenta que el PNV puede forzar en términos inaceptables para los socialistas la negociación en Navarra, Coalición Canaria es incompatible con Podemos, etc. Por lo demás, atinadamente, el PSOE no está dispuesto a depender de la abstención de EH Bildu ni de ERC, que sería posible en ciertas circunstancias.

En esta situación, Sánchez quiere intentar -aun sabiendo la dificultad de la empresa: vale la pena ensayarla para enfrentar a cada cual con sus responsabilidades- que, a la vista de la geometría parlamentaria, PP y Cs o uno de los dos se abstengan en la segunda votación investidura. Después de todo, Rajoy resultó investido tras las elecciones de 2016 gracias a la abstención de algunos diputados socialistas (a lo que se opuso Sánchez, hasta el punto de ser víctima de un golpe de mano interno, como se recordará). Y Ciudadanos se conduciría con elegante fair play si, dada su posición supuestamente intermedia entre PP y PSOE, permitiera gobernar al más votado de los dos para estabilizar la política y el país, y sin perjuicio de realizar después la política de oposición que creyera oportuna, lógicamente.

PP y Cs se niegan, como era previsible, a comportarse como exigían al PSOE en 2016, y ante tal evidencia, el PSOE ha amenazado oficialmente con provocar de nuevo elecciones generales si no se encuentra una fórmula para la investidura que haga innecesaria cualquier cooperación con las formaciones independentistas y radicales, EH Bildu y Esquerra Republicana. También la amenaza planearía sobre Unidas Podemos si persistiera en sus exigencias formales. Porque de amenaza se trata para Ciudadanos y Podemos (y también para Vox), ya que todo indica que en unas nuevas elecciones PP y PSOE saldrían reforzados. En ambos casos, por efecto sobre todo del voto útil, y también por la reacción explicable de la opinión pública contra una dispersión del voto que imposibilita la gobernabilidad.

La posición del PSOE es legítima, y pone en evidencia sobre todo a Ciudadanos, partido que se niega radicalmente a prestar colaboración alguna a la investidura y conmina al PSOE a buscar apoyos entre los nacionalistas para poder criticar después que busque apoyos entre los nacionalistas. El cinismo de tal actitud no pasaría inadvertido en las urnas, pero no es justo que la ciudadanía tenga que pagar por estos experimentos el precio de nuevas incertidumbres. Piense bien Ciudadanos hasta dónde llega la paciencia de sus seguidores tras el fracaso del sorpasso, y medite el PSOE la fórmula, que la hay, de superar la investidura sin dejarse jirones de piel en la gatera de la coherencia ideológica. Después de todo, las elecciones las carga el diablo, y no tendría sentido desdeñar el mandato actual.