Notre Dame y el Amazonas

Notre Dame y el Amazonas
JAVIER FIGUEIREDO

Llevo desde hace dos días intentando averiguar si ese vídeo de Telemadrid, en el que el alcalde Almeida afirma que preferiría donar dinero para reconstruir una catedral gótica antes que el mayor bosque del planeta, es una manipulación burda o no lo es. Cuando me lo contaron el lunes no di crédito y pensé que era una más de esas bromas que se hacen recortando fragmentos de audio y montándolos de manera magistral.

Ayer ya me convencieron de que era real, que no había truco alguno y que el alcalde de Madrid había hecho una elección ante esas tesituras a la que te someten los más pequeños, que bien te ponen en la disyuntiva del susto o muerte, o bien te obligan a decantarte entre un pokémon o un 'power ranger'.

Fue Almeida pero podría haber sido cualquier otro, así que no merece la pena hacer leña del árbol caído porque sus palabras le van a perseguir durante un tiempo y es muy probable que se arrepienta de sus afirmaciones en cuanto tenga cinco minutos de tiempo para reflexionar con un poco de profundidad.

No sé si en la próxima reforma educativa se modificará el currículum de Primaria y se incluirá entre las competencias básicas la de saber distinguir entre lo importante y lo imprescindible, unos términos que se parecen porque comienzan por el mismo trío de letras y poco más. La lista de lo importante se puede hacer todo lo larga que se quiera y ahí estaría el patrimonio histórico-artístico, que no siempre ha tenido la consideración que merece. Basta recordar, a modo de ejemplo, que la ciudad en la que habito rompió hace unos años un recinto amurallado y completo de varios siglos de antigüedad para levantar vulgares avenidas. Cuidar, respetar y mantener el legado de nuestros antepasados es una obligación ciudadana y de las instituciones, una tarea que comienza por el conocimiento, porque aquello que se ignora jamás puede ser valorado en su justa medida.

De todo el episodio de Almeida no sé si me preocupa más su elección espontánea o la explicación posterior a las criaturas. Podría haber argumentado que preferí recuperar una obra humana de difícil restitución antes que una floresta que, quizá, la naturaleza haga rebrotar. Sin embargo cometió el error de identificar una catedral gótica medieval como símbolo Europa, como si la Sinagoga de Praga o la Alhambra no fueran también símbolos de este continente, y lo remató con un eurocentrismo de libro, como si fuéramos la estirpe suprema de la humanidad.

Lo que sí nos llena de esperanza es que este país haya niños de menos de 10 años capaces de poner en ridículo a un alcalde, advirtiéndole de lo imprescindible de la selva amazónica para la preservación del género humano. Les faltó pedagogía a los chavales: si le hubieran dado a elegir entre la medalla de oro heredada de su abuela o un pulmón, habría tenido clara la respuesta y habría distinguido lo importante de lo imprescindible. O tal vez no.