Nevado o el nerviosismo del PP

La posibilidad de perder el segundo ayuntamiento más importante de la región y un símbolo del poder de los populares ha sido demasiado

Elena Nevado, Pablo Casado, José Antonio Monago y Rafael Mateos el pasado jueves en Cáceres/Lorenzo Cordero
Elena Nevado, Pablo Casado, José Antonio Monago y Rafael Mateos el pasado jueves en Cáceres / Lorenzo Cordero
Pablo Calvo
PABLO CALVOCáceres

El PP ha ganado todas las elecciones municipales celebradas en Cáceres durante los últimos 28 años. Han sido siete convocatorias, y en cuatro de ellas, además, lo hizo por mayoría absoluta. Sus conflictos internos para designar candidato, que de forma tan descarnada han salido esta semana a la luz, trascienden, pues, el ámbito estrictamente partidista.

El PP, sus votantes, la masa social sobre la que se apoya, forman parte con naturalidad del ADN de la ciudad. Los dos períodos en los que gobernó el PSOE son vistos como un signo de la modernidad de los tiempos que había que sobrellevar, al comienzo de los años noventa; y como un paréntesis propiciado por un extraño juego de mayorías que les arrebató en 2007 el sillón de la alcaldía de su Ayuntamiento. «Las señoras de Cáceres me dicen que a mí me votarían, que qué pena que no esté en otro partido», confesaba un día la exalcaldesa socialista Carmen Heras, protagonista de esa segunda toma del Consistorio. Les caía bien, pero no era una de las suyas.

Elena Nevado devolvió la alcaldía al PP. Lo hizo de forma tan absolutísima que le permitió iniciar una carrera exitosa que le condujo también al Senado y a hacerse con el poder del partido local, en el que otros llevaban más tiempo. Nevado había llegado de forma tímida, pero dos golpes de suerte jugaron a su favor. El primero fue la pérdida de la alcaldía por parte de José María Saponi, lo que precipitó la renovación interna justo cuando ella acababa de llegar;el segundo, la decisión del partido de apartar sin miramientos a Javier Castellano, mucho más bregado en las tareas municipales y heredero natural de lo que había sido el equipo de Saponi. Nevado fue ungida entonces por el partido igual que ahora lo ha sido Rafael Mateos.

Pero aparte de los codazos y las rencillas personales o políticas que puedan haber influido en su descabalgamiento como candidata, su salida abrupta de la política municipal no se entendería de forma completa sin el nerviosismo que el ascenso de los nuevos partidos ha generado en el PP, que intenta tapar como puede el boquete que se le está abriendo y la pérdida de votantes que anticipan las encuestas.

La posibilidad de perder el segundo ayuntamiento más importante de la región, y como se ha visto, un símbolo del poder del PP, ha sido demasiado para los dirigentes del partido que también se juegan su futuro. Hasta el propio Pablo Casado, al que la crisis local le estalló el mismo día de su visita a Cáceres, y a quien Nevado no apoyó en el proceso de primarias, se desligaba el pasado jueves de su caída mostrando su «respeto por la decisión de la dirección provincial y regional».

La buena estrella de Nevado se había torcido antes, al comienzo de la legislatura cuando Ciudadanos, que comparte en la ciudad el mismo espectro sociológico, rompía la mayoría absoluta del PP. Retuvo la alcaldía pero a cambio de dejar el Senado. Y ha terminado de debilitarse al final de este período con el anuncio de su hermana de concurrir en las listas de Vox, como otros cacereños de toda la vida. Al PP se le van los votantes por un lado y por otro, como está sucediendo en el conjunto del país, pero tiene lógica que este nuevo fenómeno se deje sentir con especial intensidad allí donde su dominio político y social ha sido aplastante. Siempre tuvo muchos votos y por tanto también está en el brete de perder muchos.

Sucede que esta realidad política a la que debe hacer frente desde el propio Casado al último alcalde, y que por supuesto ha elevado el nerviosismo y desorientado ideológicamente al PP como partido de centro-derecha, no le ha pasado hasta ahora la misma factura a otros dirigentes, los Monago, Fragoso o Pizarro, que también se enfrentan en mayo a las urnas en el mismo contexto de división del voto. Que Nevado haya sido sacrificada de este modo en aras a hipotéticas conversaciones poselectorales, a las que es probable que también se tengan que enfrentar los demás, la deja señalada a ella como la persona que no ha sabido encarar el nuevo momento político, por actitud personal o falta de inteligencia política o por las dos cosas.

El hecho de que el relevo se haya producido en el último instante y de forma tormentosa, tras haber sido proclamada candidata pese a las voces procedentes del propio partido que durante meses la habían situado fuera, tampoco deja en buen lugar a los responsables del PP y sus órganos encargados de adoptar este tipo de decisiones.