Navegar os hará libres

Europa tiene un mar para confinar tanta desigualdad. Un mar inmenso y suyo (Mare Nostrum) donde interna a los desheredados con una promesa mentirosa y traidora que usted y yo sabemos, pero callamos

JOSÉ LUIS MOSQUERA MÜLLERCronista Oficial de Mérida

La muestra ¡Auschwitz. No hace Mucho. No muy lejos' abierta hasta hace poco en el Centro de Exposiciones del Canal de Isabel II es, quizá, uno de esos espejos en cuyo azogue se refleja cada conciencia individual. Por supuesto, durante la visita a ese túnel hacia el infierno en la tierra, nadie se reconoce en el papel de verdugo; por el contrario, a todos nos embarga una profunda piedad hacia las víctimas del Holocausto y vemos aquel desastre como algo propio de un bárbaro pasado. Cientos de miles de fotografías y visados conservados en los archivos confirman el éxodo de europeos que cruzaron el charco con lo puesto durante la pasada centuria. Las instantáneas no dejan lugar a dudas: eran irlandeses, italianos, griegos, portugueses, alemanes, polacos y españoles los que se hacinaban en los camarotes de tercera y hasta en las sentinas de trasatlánticos de línea.

La exposición sobre Auschwitz denuncia una primera obviedad: que todos somos iguales en el infortunio de la desigualdad. Ayer éramos nosotros los que huíamos de la quema y, hoy la estampida es de magrebíes, sirios, palestinos o senegaleses (cito solo estos últimos como representantes de ese cajón de sastre –desastre también–, de Estados fallidos que conforman el África Subsahariana).

Pero hay una segunda obviedad que se deriva de la anterior: que la inacción ante la desigualdad nos convierte a los privilegiados, a todos los privilegiados, en carceleros.

Miles de alemanes miraron para otro lado cuando otros conciudadanos suyos, tan alemanes como ellos, fueron secuestrados por el Estado, torturados y aniquilados.

Esos alemanes silentes no portaron uniforme de las S.S., tampoco eran afiliados al partido, ni tan siquiera vivían próximos a un campo de concentración pero sabían de vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo que desaparecían para no volver jamás y que, además, sus bienes eran incautados por los gobernantes.

El delito de esos infortunados era no ser iguales a los demás, dentro de esa peculiar igualdad que arbitran los nacionalismos contemporáneos. Esos alemanes lo sabían y, atenazados por el miedo, callaron.

Por último, quienes diseñaron Auschwitz-Birkenau echaron mano de la ironía más gruesa al colocar esta frase para 'adornar' el portal que recibía a los condenados: «Trabajar os hará libres». Gran verdad si estuviera colocada en otro lugar.

No obstante, de salir a buscar trabajo fuera de la patria saben mucho los españoles (lo llevamos haciendo desde el siglo XVI); además, también muchos conciudadanos nuestros persiguieron en su huida la libertad, esa que peligraba cuando una persona se apropia de la nación y no admite disidentes. El título de la exposición 'Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos', fue su mejor acierto; una certeza que nadie debería ignorar.

Hoy Israel y Estados Unidos se atrincheran tras los muros de la desigualdad, Rusia traza un foso con respecto a Europa para resucitar su imperio. ¿Y Europa? Europa tiene un mar para confinar tanta desigualdad. Un mar inmenso y suyo (Mare Nostrum) donde interna a los desheredados con una promesa mentirosa y traidora: navegar os hará libres. Usted y yo lo sabemos… pero callamos.