Multa por comer en la calle

Puesto de bocadillos en una calle de Cáceres. :: L. Cordero/
Puesto de bocadillos en una calle de Cáceres. :: L. Cordero

En Florencia, sancionan con 500 euros a los turistas de bocata

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

El bocadillo era de jamón y estaba muy rico. Yo tenía hambre y también tenía prisa. Era Semana Santa, estaba haciendo reportajes de procesiones y no podía perder mucho tiempo si quería asistir a todos los desfiles de nazarenos, pasos y señoras con mantilla. Aquel bocadillo sabía a gloria y me lo estaba comiendo en un lugar muy agradable: junto a la concatedral de Mérida. Pero pasó un matrimonio y me amargó la tarde. Me miraron con desprecio y la señora dijo en voz bien alta, para que yo la escuchara: «Desde luego, qué vergüenza, tan mayor y comiendo un bocadillo en la calle».

No olvido aquel instante porque me recordó que hay muchos ciudadanos para los que el turismo o es de hotel de cuatro estrellas y restaurante caro o no es turismo. «Si no tienen un duro, que no salgan de vacaciones», razonó en otra ocasión una señora al ver a dos mochileros sentados en las escaleras del Arco de la Estrella de Cáceres, comiendo cerezas con urbanidad exquisita: guardaban los pipos en un cucurucho, que luego arrojaron a una papelera.

Este desprecio hacia el turista que economiza para poder viajar acaba de adoptar forma legal en Florencia. En la capital de la Toscana y meca mundial del turismo cultural, desde el pasado cuatro de septiembre, comer en la calle es falta grave que puede acarrear una multa dolorosa. La nueva ordenanza municipal se aplica, por ahora, solo en dos calles y dos plazas, que no son las más populares, y lo que se prohíbe es comer quieto, ya sea de pie o sentado en el suelo o en un banco.

La situación resulta cuanto menos curiosa. Así, si el turista mastica un pedazo de pizza mientras pasea, no lo multan. Es imprescindible comer andando para librarse de la sanción porque si te detienes o te sientas, 500 euros al canto. Sí, nada menos que 500 euros por practicar el 'street food' quieto, parado, sentado...

Se puede entender que te multen si arrojas al suelo la servilleta del helado, el cartón de la pizza o el «papelalbal» del bocadillo. Incluso se entiende que te regañen si se te cae un cacho de mozzarella con tomate, pero no es razonable que te multen simplemente por comer sin moverte.

La ordenanza municipal florentina parece una broma, pero las multas van en serio y lo peor es que en algunas asociaciones (de hosteleros, naturalmente) ven con buenos ojos la medida, caso de los hosteleros de Santiago de Compostela, que entienden como muy lógica la persecución del turista de bocata porque puede ensuciar el patrimonio y echarlo a perder.

El concepto de turista de calidad siempre me ha producido urticaria. Es una manera de decir que solo los ricos pueden viajar y que únicamente quienes gasten en restaurantes y hoteles son dignos de recorrer el mundo. Para empezar, ese turista que come de bocata, pizza y empanada gasta su dinero en lugares donde no entra el turista «de calidad». Además, con el tiempo, acabará regresando a la ciudad donde fue feliz con un bocadillo y una mochila para conocerla, ya establecido, visitando restaurantes y bares.

En realidad, todos fuimos en el pasado turistas de bocata, bueno, más que de bocata, éramos turistas familiares de tortilla de patata, filetes empanados, ensaladilla rusa, pisto de tomate, sangría y sandía. Si pillan los florentinos a nuestras madres con sus neveras de playa de los 70, las meten a todas en la cárcel. Pero ahora, como somos tan nuevos ricos, despreciamos al turista que come en la calle y miramos con suficiencia y superioridad a los portugueses, tan contentos en sus 'parques de merendas', donde comen sus viandas caseras no porque sean pobres (he visto a los ocupantes de un Jaguar luso sacar la fiambrera en un parque de Mérida), sino porque así son más felices.

Este verano, he recuperado la buena costumbre de llevar quesos y embutidos extremeños en los viajes, parar a comprar pan y comer bajo un roble o a la orilla de un río. Y no pienso ir más a Florencia.

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