Mujeres ignoradas

Mujeres ignoradas
MANUELA MARTÍNBadajoz

Quizá ustedes recuerden que hace años el Día de la Mujer tenía apellido. Se llamaba el Día de la Mujer Trabajadora. A mí siempre me incomodó ese calificativo porque entendía que dejaba fuera a buena parte de las mujeres: las que solo trabajaban en su casa, que en España eran, y todavía son, muchas.

El apellido se le quitó y ahora, afortunadamente, el 8 de marzo es el Día de la Mujer. De todas y en todo el mundo. Una jornada dedicada a reclamar la igualdad entre hombres y mujeres, que todavía no se ha alcanzado.

Sin embargo, de manera quizá inconsciente, instituciones y medios de comunicación seguimos poniendo el foco casi en exclusiva en mujeres que han logrado el éxito en su vida profesional. Queremos demostrar que las mujeres quieren y pueden llegar a lo más alto. Y han llegado. Hay mujeres brillantes en la ciencia, el deporte, la empresa, la justicia, la literatura, las fuerzas armadas, la medicina, la política...

Ya no hay sector donde las mujeres no tengan una presencia destacada. Y no solo el 8 de marzo les damos protagonismo. HOY lleva casi tres años dedicando todas las semanas una página a descubrir un perfil de una mujer extremeña destacada, y les aseguro que nos sobran mujeres para ocupar el espacio.

En mi opinión, nos ocupamos menos de las mujeres que no han llegado. De las que nacieron en un tiempo en que a las mujeres no se les permitía elegir. No eran ni menos inteligentes ni menos valientes. Simplemente se encontraron con una sociedad que hace unas décadas no permitía a la mayoría de las mujeres desempeñar otro papel que el de esposas y madres. O tías solteronas. O monjas.

Debo reconocer que las mujeres profesionales, y hablo por mí, hemos mirado por encima del hombro a las mujeres que (como mi madre) en el apartado que el antiguo DNI reservaba a detallar la profesión ponían S.L., que no significaba sociedad limitada sino 'sus labores'. La manera oficial de denominar a las amas de casa.

El tiempo, que cura algunas necedades, me llevó a darme cuenta de que las mujeres a las que miraba desde la atalaya de un título universitario y una actividad profesional, se merecían el apelativo de 'mujer trabajadora' más que yo. Porque en las casas de las familias españolas de clase media y baja las mujeres siempre han trabajado tanto o más que los hombres que salían a la calle a ganar un sueldo. Sin jornada laboral y sin limitación de tareas.

Con los años, les decía, se llega a comprender que el éxito profesional de las mujeres de hoy, su avance imparable, se ha levantado sobre las espaldas de sus madres y sus abuelas; gracias a su generosidad infinita. Muchas no eran feministas de manera explícita, pero actuaron como tales al apoyar a sus hijas para que consiguieran los derechos y las oportunidades que ellas no tuvieron nunca.

El éxito, para la mayoría, ha llegado por delegación: se han sentido orgullosas cuando sus hijas han logrado lo que a ellas se les vedó porque nacieron cuando España era mucho más desigual.

Sería de justicia que las mujeres que hoy pueden elegir entre ser fiscal o científica; economista o guionista de cine; guardia civil o piloto de avión reconocieran a las generaciones que no tuvieron ninguna opción. Que en lugar de tratarlas con desdén aprendieran de su experiencia.

Y sería obligado que la sociedad y los medios de comunicación, que son su reflejo, dejaran de tratarlas como un cero a la izquierda. Que es probablemente como se han sentido muchas al ser ignoradas. Fueron siempre esposas de alguien, nunca tuvieron nombre propio.

Reconocer su trabajo, decirles que gracias a su dedicación a su familia y a su sabiduría se ha construido un país mucho más igualitario que el de hace medio siglo, es la manera de demostrarles que aunque ellas no han ganado medallas, esas las van a recoger sus hijas, su vida sí ha merecido la pena.