Muerte en el paraíso

AGAPITO GÓMEZ VILLA

NO me refiero a la muerte de Abel a manos de Caín, quijada de burro mediante, no se sabe si prevenida o no, sino al paraíso que acaba de descubrir el gran cineasta americano, Woody Allen (salvo el doblaje de su voz, de su cine me gusta todo): «San Sebastián es un paraíso», acaba de afirmar, coincidiendo, casi, con el aniversario, ayer veintidós años, del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco, con el cual quedaría suficientemente justificado el título de la columna, al tratarse del crimen más horrendo cometido por los terroristas vascongados: muerte, pues, en aquel paraíso, el de la quijada del asno; y muerte en el paraíso del tiro en la nuca. Ya sé que Miguel Ángel no fue asesinado en San Sebastián, propiamente, pero no le anduvo muy lejos: a 60 kilómetros. ¿Que es mucha distancia? A mí no me lo parece. Pero por si acaso, muertos no me faltan en pleno paraíso.

Que San Sebastián es una ciudad bellísima es algo archisabido, pero también es cierto que durante décadas, para muchos fue un verdadero infierno. En efecto, fue la ciudad en donde con más saña mató la eta. ¿Saben ustedes cuántas personas fueron asesinadas en tan 'paradisiaco' lugar? Noventa y cuatro. ¿Hubo o no hubo muerte en el paraíso? Completamente seguro estoy de que mister Allen no tiene ni barruntos de lo que acabo de decir, a pesar de las largas temporadas que lleva vividas en nuestro país (en tiempos, dijo que Oviedo es la ciudad del mundo ideal para vivir). Es de suponer, asimismo, que no haya leído 'Patria', la gran obra de Aramburu sobre cómo fue la vida cotidiana durante décadas en el paraíso donostiarra. Lo normal, claro es, en un ciudadano americano que va a lo suyo: el cine y tal (tal: sacudirse el sambenito de abuso sexual a una hija de su exmujer).

Es que no quiero ni pensar que el celebérrimo neoyorquino haya sido tan pronto afectado por el virus que tiene maniatado al mundo de la farándula española, un virus que hace consustancial la adscripción a las ideologías izquierdistas, salvo un par de excepciones: Arturo Fernández q.e.p.d. y Enrique San Francisco. Un virus que provoca tal desfachatez, que los impele, un suponer, a mostrar su indignación por la segunda guerra del Golfo, la de Aznar, a pesar de que en la ocasión solo mandásemos un barco-hospital, que ni tuvo que intervenir ni 'na', para qué querían los americanos un hospital español, y por contra, no mover ni un dedo cuando la primera, la de Felipe, a la cual, mili obligatoria aún, fueron enviados soldados de reemplazo. ¿Qué les parece? Se lo voy a poner más claro todavía, señor Allen, ahora que usted, hombre del cine que es por antonomasia, se acaba de enamorar de San Sebastián: ninguno de los actores españoles que durante años acudieron al esplendente evento cinematográfico que tiene lugar en su recién descubierto paraíso, jamás se dignaron dedicar ni una palabra de conmiseración a las decenas de muertos arriba referidos, y a cuyos asesinos homenajean a diario los mismos que el otro día se plantaron ante usted para protestar por el sambenito que luce en su espalda. Ojo, pues, con el paraíso, señor Allen. El que avisa no es traidor.