Los móviles también croan

Una chica wasapea con un móvil en el tren. :: HOY/
Una chica wasapea con un móvil en el tren. :: HOY

En el AVE se escuchó: «Me he hecho caca» y en la catedral de Plasencia sonó 'La raspa'

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Hace un par de mañanas, entró en mi despacho una compañera. Quería plantearme un problema y estuvimos charlando un rato. Entre frase y frase, nuestra conversación era interrumpida por el croar de una rana. Era un canto perfecto, incluso bonito. Cada dos o tres frases, allí estaba la rana croando y yo disimulando mi estupefacción, incluso mi vergüenza porque, aunque les parezca raro, en mi despacho podría haber ranas, no resultaría nada excéntrico.

Trabajo en un viejo convento de la parte antigua de Cáceres y mi despacho parece un documental de fauna. Las paredes externas fueron remozadas el año pasado para facilitarle la vida a los cernícalos primilla, que nidifican encantados en unos huecos que llevan ahí desde el siglo XVIII. Por el suelo, se ven con frecuencia regueros de hormigas. Del techo, llega de vez en cuando el hedor de alguna paloma muerta y he tenido que recoger con un papel y llevar al jardín vecino un par de sapos y varias lagartijas, por no referirme a la colección de insectos menores que vuelan, pasean y escalan por el despacho. Falta un movimiento: reptar, pero lo he dejado para el final porque la estrella de mis visitas es una culebra que encontré un lunes dormida junto a la papelera.

Cualquiera que viva o trabaje en edificios antiguos sabe que convivir con bichitos es normal. Se habitúa uno. Pero lo de la rana me parecía exagerado. De todas maneras, me llamaba la atención que mi compañera no se inmutara. Lo atribuí a su buena educación. Pero llegó un punto en que no pude más, le hice notar la extrañeza de tanto croar y me excusé: «Disculpa a la rana, ya sabes que este despacho tiene un particular encanto zoológico». Ella sonrió y aclaró el origen de la interrupción anfibia: «Es mi teléfono móvil. Mi wasap croa». Yo también sonreí casi con pena pues me hacía ilusión eso de trabajar en un despacho con ambiente de charca extremeña. Pero las cosas son así: hay que acostumbrarse a que los teléfonos móviles te sorprendan.

¿Quién no se ha sobresaltado al escuchar a alguien gritarle a su compañero de café que coja el teléfono, inútil, cab..., hijo de..., gili... y otras lindezas? ¿Como acostumbrarse a estar comiendo un pincho de morro con los colegas y que resuene un eructo, un escupitajo y otros ruidos telefónicos que no refiero por pudor? En un AVE a Valencia, sentado en el vagón 'Albert Rivera', el del silencio, rodeado de señores elegantes que manejaban sus ordenadores, se escuchó un intempestivo: «Me he hecho caca» que nos dejó paralizados. Al instante, insistió el aviso: «¡Que me he hecho caca!». En el vagón 'Albert Rivera' o del silencio, como saben, no se puede hablar y hay que llevar los móviles en modo vibración. Además, no pueden ir bebés que lloren o griten y mucho menos que se hagan caca. Pero no, el grito escatológico no era de un niño, sino de un caballero encorbatado, que sacó su teléfono, respondió a la llamada cuando estaba sonando el tercer aviso: «¿Cómo quieres que te diga que me he hecho caca?», y, eso sí, salió del vagón y conversó en la zona reservada para ruidos.

Los mayores se llevan mal con el móvil. Cuando doy clase en la Universidad de Mayores, las interrupciones telefónicas son habituales, pero las sobrellevamos con ironía y paciencia porque como dicen muchos alumnos: «Si encendemos el móvil, no sabemos apagarlo y si lo apagamos, no sabemos encenderlo». Así que no lo tocan y si suena, pues ya se callará.

Hace dos lunes, una alumna nonagenaria de Plasencia me contó divertida, y algo atribulada aún, su 'sacrílega' experiencia con el móvil. Resulta que había puesto como tono de llamada la 'Marcha turca' de Mozart, pero era una música demasiado exquisita y suave en la que no reparaba, así que su nieta le cogió el teléfono y le puso un politono llamativo y potente: 'La raspa'. El problema es que el domingo, durante la misa en la catedral placentina, justo en el momento de la consagración, mi alumna recibió una llamada, el móvil empezó a gritar la famosa canción mexicana y ella aún no se ha repuesto de la vergüenza. Mejor que 'La raspa', la rana. Es más discreta y en una catedral medieval, croar no desentona.