El mercado y el Mercado-na

Puesto de frutas y verduras en el mercado de abastos de Funchal (Madeira). :: E. R./
Puesto de frutas y verduras en el mercado de abastos de Funchal (Madeira). :: E. R.

En Extremadura, ya no quedan plazas de abasto con gracia y autenticidad

J. R. Alonso de la Torre
J. R. ALONSO DE LA TORRE

Un director de cine me ha pedido que le recomiende mercados de abasto extremeños antiguos para grabar un documental y no he sabido decirle ninguno. No soy un buscador de exteriores ni una 'film comission' andante y supongo que a estos profesionales se habrá dirigido el cineasta, pero me he sorprendido a mí mismo ante mi incapacidad para recomendarle una plaza de abastos.

Las ciudades españolas presumen de sus viejos mercados reconvertidos en espacios gourmet. Es una moda que arrasa, si bien es verdad que siempre se trata de viejos mercados céntricos, de bella arquitectura y con un concepto de sírvase usted mismo muy entretenido o de pinchos y tapas extremadamente originales y vistosos. Es decir, bien el cliente compra el producto y se lo preparan en la cocina de la tapería, bien se ofrecen raciones y pinchos sofisticados.

Esos mercados tienen un tufillo de engañabobos que me hace entrar en ellos con mucha precaución, bastante escepticismo y la sensación de que me van a seducir con la tontería de la vistosidad y a engañar con el anzuelo de lo megaguay. En fin, que pagar tres euros por una croqueta de cocido servida en molde de magdalena lujosa no me convence y prefiero buscar en los alrededores un buen menú del día que me cueste lo mismo que tres croquetas. Los mercados que me gustan son los de siempre, los que me permiten comprar sangre cocida, aceitunas gordales y pijotas frescas.

En Extremadura, están reformando los clásicos mercados de abastos como el de Mérida o el de Almendralejo y en Cáceres, han remozado el de la Ronda del Carmen, que ha quedado muy funcional y aparente, pero la segunda parte del proyecto era convertir la primera planta en espacio gourmet de bares y taperías y la cosa no acaba de cuajar.

Las ciudades donde los mercados triunfan son aquellas que los han conservado en el centro, junto a las plazas o avenidas principales. Son edificios levantados a finales del siglo XIX o principios XX en el meollo urbano, caso de Santiago de Compostela, en el casco antiguo, o Salamanca, junto a la plaza Mayor. En Extremadura, estos mercados se han ido perdiendo y en el caso de Cáceres, el mercado principal se trasladó de un lugar estratégico, entre el ayuntamiento y la parte antigua, a otro menos emblemático para acabar desapareciendo. Ahora, solo queda el de la Ronda del Carmen, pero basta imaginar lo que hubiera supuesto el mercado, a la entrada del casco monumental, junto a la muralla, convertido hoy en mercado gourmet para turistas con ganas de asombro y de pagar el asombro.

Pero no, nuestros mercados han perdido su esencia, es difícil recuperarlos e imposible rodar en ellos un documental que emocione. No somos Valencia con su mercado de Colón, ahí, en pie, desde 1914, ni los mercados barceloneses de Santa Caterina o la Boquería. Tampoco hemos mantenido en Extremadura mercados como el madrileño de San Miguel, el bilbaíno de la Ribera ni los abigarrados y vivos mercados centrales de Zaragoza, Logroño (San Blas), Jerez, y Alicante. En Santander, el mercado del Este es un espacio gourmet elegante y en Sevilla, el mercado Lonja del Barranco es otro lugar chic con 20 puestos de alta selección gastronómica y carritos de degustación, que es otra propuesta de estos mercados tan monos que en Madrid son tendencia (San Miguel, de la Cebada, San Fernando, San Antón, San Ildefonso, Moncloa, Barceló, de La Paz).

En Portugal, ¡siempre Portugal!, los pueblos pequeños y las ciudades mantienen sus mercados y no han sucumbido a la moda gastrochic, salvo en Lisboa (Ribeira, Ourique, Santa Clara) y Oporto (Bom Sucesso). En Extremadura, prácticamente, el único mercado que nos queda es Mercado-nNa, pero en Nisa, en Évora o en Funchal, la plaza de abastos sigue siendo la plaza de abastos.