Las mascotas de la UME

Dos mastinas abandonadas llevan un mes viviendo en el campamento militar | Los soldados han hecho una colecta para comprarles pienso, camas y bebederos y han logrado encontrarles un hogar antes de irse de Badajoz

La soldado Isabel María Aguilar y un compañero del batallón de Morón, junto con las dos mastinas en el campamento de la UME. :: j. v. arnelas
Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

Desde hace un mes, el campamento que la Unidad Militar de Emergencia (UME) tiene desplegado junto al badén de Talavera la Real tiene dos 'soldados' de guardia que protegen y, sobre todo, acompañan a los militares encargados de retirar camalote del Guadiana.

Son dos mastinas, probablemente madre e hija, que han encontrado en el campamento militar un hogar, en donde no solo están acompañadas y bien alimentadas, además reciben cariño de decenas de manos a diario, las mismas que sacan la planta invasora del río.

Los dos perras aparecieron mientras era el turno de trabajo del batallón de Zaragoza –cada ocho días, la UME releva a los efectivos en las tareas de limpieza del Guadiana–. Se echaron a la sombra junto a una de las tiendas donde los militares almuerzan y tirando de raza, decidieron quedarse como sus guardianas.

Al principio, los soldados pensaron que las mastinas eran de la finca que linda con su campamento, preguntaron al ganadero pero resultó que no. Después llamaron al Seprona para ver si tenían chip y podían identificarlas, porque aunque aparecieron sin collar, el hecho de que estuvieran tan limpias les llevó a pensar que se habían escapado. Tampoco hubo suerte.

«A raíz de ahí los compañeros se hicieron cargo de echarles de comer y beber y de dejarlas que estuvieran aquí como si fueran dos más de los nuestros», cuenta Isabel María Aguilar Espada, soldado del segundo batallón de Morón de la Frontera (Sevilla), el último destacamento de la UME, que el martes recogerá el campamento para dar por finalizado su trabajo en el Guadiana.

Los militares no duermen allí. El campamento habilitado en el merendero de Pueblonuevo del Guadiana es el punto de encuentro donde cada día los soldados se cambian para echarse al río y a donde regresan para comer. Esos son los dos picos de alegría de las dos mastinas: «Cuando ven llegar a los vehículos empiezan a correr y a pegar saltos entre nosotros. Se vuelven locas», cuenta la soldado Aguilar.

De noche, ellos duermen en la base de Bótoa y es la policía militar quien se queda velando por el campamento. Desde hace un mes, en el servicio de imaginaria le han hecho compañía las dos mastinas.

Dos soldados acariciando a la mastina más joven.
Dos soldados acariciando a la mastina más joven. / J. V. Arnelas

Puchero mejor

Cuando llegó el relevo de batallón, con el de Valencia llegó la cabo primera Noelia Cornago. Agarró una botella de plástico y como si fuera una hucha, hizo colecta entre sus compañeros. Con el dinero que recaudó, les compraron dos sacos de pienso, varios huesos, un par de camitas, los bebederos, collares y correas.

«El pienso no hay manera de que se lo coman, les gusta más el puchero y la carne. Lo que hacemos es poner una bandeja donde los compañeros van dejando las sobras de su comida y luego se las echamos».

Emprendieron después una campaña en redes sociales para buscarle un hogar a las mastinas. «Nuestra preocupación es que nosotros nos vamos el martes y no queríamos dejarlas aquí. Hemos venido a quitar camalote, pero si aparecen dos perras solas no vamos a darles de lado», relata Aguilar, del batallón sevillano.

Han tenido un aluvión de peticiones para llevarse a las dos mastinas, a las que no han querido ponerles nombre como protección mental para no encariñarse hasta el punto de no retorno.

Las perras se las llevarán hoy a una finca de Cádiz.Una ya tiene nombre, UME

«No podemos hacernos cargo de ellas. En la UME de buenas a primeras te tienes que ir a un incendio o a hacer maniobras y no estarían atendidas». Por eso, ayer celebraban que les han encontrado una familia.

Hoy, Ángel Martín Sánchez, un sevillano de 43 años, viajará hasta Badajoz a por las mastinas. Vive con su familia en una finca en Puerto Real (Cádiz), con otro mastín que adoptó en Zamora, una yegua, gallinas, perros de agua... Esa será la nueva familia de las dos perras. Una ya está bautizada, se llamará UME;el nombre de la otra lo elegirán sus hijas de 7 y 12 años.

Para este operario de la factoría gaditana de Airbus, adoptar a las dos mastinas es «aportar mi granito de arena para preservar una raza que lleva siglos en la península y hoy está amenazada por los cruces. Aquí van a tener sitio para correr y estar en las mejores condiciones posibles», asegura.