María, la jotera feminista

María Gallardo Paredes. :: hoy/
María Gallardo Paredes. :: hoy

María Gallardo Paredes | Creadora

Miriam F. Rua
MIRIAM F. RUA

María Gallardo Paredes (Campanario, 1985) es una creadora y creativa versátil para quien el arte, más allá de la belleza recreativa, es un medio de expresión que ella usa para decirle al mundo lo que piensa. Lo ha hecho con la fotografía, con el cine, con el collage, con la batería en un grupo de punk y ahora, versionando canciones populares con letras que hablan de la mujer libre.

Su última aventura artística es Ajuar y la comparte con la leonesa Ana Flecha. Juntas han reinventado las jotas, trayéndolas al siglo XXI en clave feminista. Una idea que nació de la espontaneidad de dos amigas que un buen día se pusieron a recordar las canciones de sus pueblos y terminaron reescribiendo las letras que no les gustaban.

ALGUNOS DATOS

Biográficos
María Gallardo nació en Campanario en 1975, el pueblo de donde es toda su familia. Hija única, actualmente vive con su madre en Madrid.
Académicos
En su pueblo estudió en el colegio Nuestra Señora de Piedraescrita. Ha cursado dos ciclos de formación profesional, uno de imagen y otro de fotografía. Después estudió la carrera de Bellas Artes.
Profesionales
Su primer trabajo fue como asistente de fotografía para publicaciones de moda. Ha hecho decorados para publicidad, desarrolla un proyecto de distribución cinematográfica de películas de poca difusión en España y hace fanzines de collage, entre otras cosas. El mejor trabajo de su vida, dice, ha sido como acomodadora en el cine Ideal, en Madrid.
Aficiones
El cine, la música (ha sido batería de un grupo punk), la investigación e iconografía religiosa y las escritoras místicas.

«Nos dimos cuenta de que compartíamos canciones populares de Extremadura y León que se habían difundido por la trashumancia. Y aunque las recordábamos con mucha emoción y alegría tenían unas letras que no nos gustaban demasiado para cantarlas y decidimos cambiarlas».

«Las canciones populares son de todos y tenemos toda la libertad para cantarlas porque también nos pertenecen»

De su mano, ha nacido la jota feminista que habla de mujeres libres, independientes, seguras de sí mismas. También de amores lésbicos y de la cultura de la violación. Temas que son el pan nuestro de cada día pero que interpreta con las melodías que aprendió en su pueblo, Campanario, de las voces de sus mujeres.

«Vente conmigo, mocita, dame la mano. Juntas nos cargaremos el patriarcado. El patriarcado, niña, el patriarcado. Vente conmigo, mocita, dame la mano». Es el estribillo de su 'Jota Antipatriarcal', cantada con la melodía de la Jota de Guadalupe. También versionan el Fandango extremeño y el Redoble.

En las jotas, dice María, «cuando se habla de la mujer es para decir que es muy guapa y que a ver si se casa. Y ellas contestan a esas letras hablando de las mujeres que nunca fueron protagonistas: las que van al baile solas y las que en vez de subirse al balcón se acortan las faldas.

La transgresión de su cancionero no está reñida con el profundo respeto que María siente por el folclore. «Me tengo que repetir mucho que las canciones populares son de todos y que tenemos toda la libertad para cantarlas porque también nos pertenecen. Lo hago para no sentir que estoy cometiendo un sacrilegio. Ajuar es un proyecto hecho desde el alma».

María sale en sus conciertos con una versión personalísima del traje regional. Se ha adaptado la falda de extremeña que conservaba de su infancia y la ha convertido en una minifalda. Su madre le ha cosido un chaleco y su amiga Tania le ha bordado en él los limones del árbol que había en el patio de la casa de sus abuelos y que tanto añora y la primera estrofa de la canción de la patrona de su pueblo, la Virgen de Piedraescrita. Así sale al escenario y así canta, acompañándose de un mortero de madera.

Con Ajuar, María ha cantado en Madrid, Barcelona, Valladolid, Guadalajara, León, Salamanca y Valencia. Quiere hacerlo también en Extremadura, la tierra a la que no ha dejado de volver y a la que la jota le ha anclado con fuerza.

De Campanario se fue a los nueve años. Allí vivió una infancia donde dice que fue muy feliz y que cambió por Madrid cuando a su madre la trasladaron por trabajo. La adaptación reconoce, no fue fácil. «Echaba mucho de menos a mis abuelos, que vivían en una casa enorme en la que había gente todo el tiempo. En Madrid, en cambio, sentí mucho la soledad».

Todos los años baja a su pueblo, normalmente para disfrutar de la romería. Allí siguen sus tías, sus vecinas y sor Victoria, la monja que fue su maestra en preescolar y con la que ha forjado una amistad que mantiene hoy.

A María no le da de comer Ajuar, por eso se está preparando unas oposiciones para trabajar en museos. Inquieta, su futuro estará seguro vinculado al arte, seguramente al suyo propio.

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