Mares de verano II: en cada puerto

Mares de verano II: en cada puerto
ANA ZAFRA

UN hombre ha de comportarse como tal, decía mi padre. Y, aunque yo nunca supe qué quería decir eso, supuse que sería hacer lo mismo que siempre veía hacer a él. A mi padre, el hombre más hombre de todos lo hombres que pisaban la Tierra.

Así que, además de beber y fumar, imaginé que ser muy hombre consistía en conseguir que la otra parte, las mujeres, te considerasen como tal. Como él hacía.

Mi madre, cuando le sentía llegar, se atusaba el pelo mientras dibujaba una sonrisa ruborosa. Le llevaba las zapatillas y a todo decía que sí. Él, cariñoso, nunca consintió que le faltase nada.

Ahora que ya domino el amor en todos los acentos resulta que ya no quiero volver

Solo que, como era un hombre tan hombre, era salir por la puerta y encaminarse a casa de cualquiera de las otras hembras a las que mantenía igualmente encantadas.

Desayunaba donde Macarena porque sus rosquillas de anís no tenían con qué compararse. Comía con Candela, la tabernera, que jamás le cobraba en barra porque en la bodega las monedas tenían más lustre. Si se hacía tarde, cenaba donde Rosario, la viuda que siempre preparaba un plato de más por si aparecía alguien con ganas de deleitarse.

Y así pasaba el día. Complaciendo a todas, zalamero. Ellas se dejaban querer y nunca oí queja alguna, en la creencia devota de que «bendita sea la aceitera que da para casa y da para fuera».

Por eso decidí hacerme marinero. Lo de beber lo daba el oficio y las largas noches en cubierta vigilando el temporal. Lo de rudo y varonil lo ejercité a base de poleas y sogas y lo de pasar a ser como una buena aceitera... eso vino rodado.

Empecé a tener un amor en cada puerto y encontrar refugio y cariño cada vez que mi barco atracaba dondequiera que llegase.

Conocí a Miyake, que servía té en vasitos de plata posados sobre su cuerpo. A Tahoni, vestida solo con hibiscus olorosos. A Linda, envuelta en su bandera, dibujando barras sobre mi espalda. A Oikita, cuya piel sabía a chocolate caliente. A Dolores, Brigite, Gretel... y así hasta resultarme imposible descansar en puerto alguno sin que alguien me estuviese esperando.

No estuvo mal durante un tiempo. Pero es que ahora...

Ahora, que ya domino el amor en todos los acentos. Ahora, que diferencio el sabor de todos los mares en los labios de una mujer. Ahora, que hasta la National Geographic está pensando hacer un reportaje del amor intercultural basándose en mis investigaciones amatorias. ahora, resulta que ya no quiero volver. Que me mareo en el mar y me aturdo en los puertos. Que me molesta la brisa y me asusta el temporal.

Que me he cansado, vaya.

Y por eso estoy aquí, esperando para entrar en esa sala de oposiciones a ver si, de una vez, consigo ser funcionario. Un funcionario de los de verdad, vocacional. De los que se pasan el día archivando papeles y tomando café de máquina.

Y que lo que quiero es volver cada tarde a mi piso del extrarradio, sin más vaivén que el del tren de cercanías y encontrar la paz allí. Con mi ensaladita preparada y mis yogures ultralight. Con mi sofá de escay y mi brasero.

Y que, a partir de ahora, Hans, hermoso y rubio como la cerveza, sea el único licor que riegue mis noches de amor y mis cenas de sábado.