Y allí estaba Marchena

Y allí estaba Marchena
Manuela Martín
MANUELA MARTÍNBadajoz

Los candidatos están cansados de trotar de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo y los ciudadanos, saturados de mensajes políticos, desconectan. Dos campañas enlazadas, precedidas por una larguísima precampaña, son demasiado. La segunda vuelta, fijada para el 26 de mayo, será como los partidos con prórroga, la ganará quien aguante mejor el desgaste y tenga más confianza en la victoria.

Ahora que la campaña suena a jugada repetida hasta la náusea me doy cuenta de que durante todo el fragor electoral hemos tenido como telón de fondo el juicio del procés. Día tras día, en la Redacción de HOY levantamos la vista de los ordenadores a las pantallas de televisión repartidas por la sala y ahí están las imágenes de la enésima sesión del juicio contra los acusados de haber burlado la ley para declarar la independencia de Cataluña.

Ahí está, él sí incansable, el juez Marchena con su 'Vamos a ver'. Haciendo una y otra vez pedagogía del Derecho y de los derechos que asisten a acusados, testigos, fiscales, abogados…Y poniendo límites a quienes se han tomado el juicio como una nueva ocasión no ya de seguir haciendo política, que se podría entender, sino de seguir tomando el pelo al tribunal y de paso al resto de los españoles que fuimos testigos de lo que pasó en Cataluña en el otoño de 2017, antes, durante y después del 1 de octubre. Nos quieren convencer a todos de que no vimos lo que vimos.

Desde que se inició el juicio hemos visto a Marchena, día tras día, semana tras semana, cargarse de una paciencia infinita para sortear trampas y desactivar provocaciones sin alterar la voz, con la ley y el sentido común como únicas armas. Solo con ese «Mire usted, vamos a ver, señor letrado…» que precede a sus argumentos contra la marrullería de quienes querrían convertir el juicio en un circo.

La templanza de Marchena, un hombre de aspecto austero que no parece buscar el aplauso, nos ha acabado conquistando a quienes creemos que una democracia seguirá siendo una democracia de primera división mientras haya servidores públicos que defiendan la ley con la solvencia y la firmeza que lo hace este juez.

Por eso son muchos los españoles que, sin ser expertos en Derecho, sin saber cómo se debe conducir un juicio tan complicado (o a lo mejor intuyendo que pocos tendríamos la paciencia del magistrado), sienten, sentimos, que Marchena sí nos representa.

No ha sido elegido en ninguna urna, sino que ha llegado al Supremo tras unas oposiciones y una larga carrera judicial, pero de algún modo sentimos que sobre sus espaldas, sobre su sabiduría acumulada en años de trabajo, se sustenta hoy el Estado de Derecho.

No sabemos qué dictaminará el tribunal que preside, pero por cómo está llevando el juicio estamos convencidos de que decidirá lo que en justicia considere y que siempre se ajustará a la Ley con mayúsculas que nos obliga a todos. Se ha ganado el respeto de una ciudadanía que desconfía por sistema de lo público y que a menudo sospecha que detrás de cada decisión importante están los poderosos pasteleando.

En una época en que la clase política no destaca por su brillantez es reconfortante comprobar que quienes encarnan uno de los pilares del Estado de Derecho, el Poder Judicial, dan imagen de fortaleza. Es bueno observar que hay quien sí cree en la división de poderes, la defiende y la practica, como hace el tribunal que juzga a los encausados del procés.

No debe ser fácil aguantar la presión que supone tener todas las miradas puestas en esa sala solemne del Supremo. El escrutinio de los políticos que temen que el fallo del tribunal no se ajuste a sus planes. El escrutinio de la opinión pública, siempre dispuesta a condenar en juicios sumarísimos. El escrutinio de la UE y hasta de esos supuestos observadores internacionales que querían 'certificar' la limpieza del proceso.

Pero en estos meses Marchena nos ha convencido de que si por casualidad algún político se atreviera a llamarle para tratar de 'orientarle' en la sentencia él le iba a contestar con un: «Vamos a ver, señor ministro...»