La manipulación de las ZEPA

En la actualidad, los poderes políticos y los grupos sociales conservacionistas están utilizando los conceptos de zona de especial protección para las aves y de impacto ambiental, ofreciéndolos como conservación para poder jugar a la consecución de intereses partidistas o grupales

JOSÉ CARLOS ESCUDEROCatedrático Emérito de Ecología y de Evaluación de Impactos Ambientales de la Universidad de Extremadura

Actualmente, y más en Extremadura, está de moda solicitar evaluaciones de impactos ambientales, de los llamados 'estratégicos' y confieso que, aunque llevo años impartiendo esta asignatura y he dirigido tesinas y tesis y presentado trabajos a congresos, etc., sobre estos temas, cada día pongo más en duda la fiabilidad de los conceptos, de las formas de aplicación de estas tecnologías y de sus consecuencias y conclusiones. Hay que saber mucha Ecología y tener mucha experiencia para predecir las consecuencias de una determinada actividad. No obstante, se profetiza sin ningún empacho.

Yendo al detalle, y citando ejemplos extremos, se puede decir que el solo hecho de nacer o incluso respirar constituyen impactos ya que seremos más a respirar y a contaminar con anhídrido carbónico y, a la par, se reducen los niveles de oxígeno del aire, esto por poner algún ejemplo extremo. Desde ahí hasta las construcción de las pirámides de Egipto todo constituye impactos. Y estos se están produciendo continuamente: estornudos, gritos, … cabe todo. Algunas perturbaciones, la gran mayoría, son absorbidas con facilidad por la naturaleza sin problemas. ¿Pero qué ocurre con las grandes? Como es el caso de las citadas pirámides egipcias o americanas, de los templos hindúes en plena selvas, los cementerios paleolíticos, o los más cercanos como el Coliseo de Roma, la torre Eiffel, catedral de Sevilla, canales de Panamá y la presa de Assuam, o nuestro cercano y genial puente de Alcántara y tantas otras que, curiosamente, siendo las de mayores impactos, ya que esos sitios jamás podrán volver a ser como eran pero, llamativamente, además de grandes impactos, están socialmente enormemente valorados. Es más, echamos en falta algunos históricos desaparecidos como el puente de Trajano sobre el Danubio o las edificaciones de la antigua Alejandría o de Pompeya. Son tan grandes e importantes que no se les llaman impactos. A nadie se le ocurre llamarlos así, se les dice monumentos y con todo orgullo.

Entonces es preciso rehacerse las preguntas: si cualquier cosa que se cambie causa un efecto calificable como impacto, y si estos son débiles y fugaces, se recupera el ambiente con facilidad, es decir, no se consideran, y por otra parte los grandes impactos habidos a lo largo de los tiempos, son valorados por el ser humano como grandiosos y por ello positivos, entonces ¿cuáles hay que perseguir?

¿Qué se debe hacer? ¿Construir grandes obras que, con el tiempo, quedarán como las presas de Alqueva o de Aitaipú en Paraná o del Guri en Venezuela, o bien deben ser más pequeñas para que puedan ser censuradas? Predecir resultados de cambios que se realicen para bien, o cambios para mal, generalmente es una osadía imposible de determinar. Por ejemplo, nadie podía predecir, ni se pretendía, que la central nuclear de Almaraz y su embalse de Arrocampo se iban a transformar en una de las zonas de especial protección para las aves (ZEPA) más importantes de la península.

Esta premisa nos lleva a la más dura incertidumbre si se combinan ambas consideraciones. Las ZEPA, y si algunas actuaciones en ellas se califican como impactos, encontramos que, al igual que ocurre con tantas cosas, tienen su lado bueno y el malo, y en este último grupo se pueden incluir los manejos que de las posibilidades legales se están haciendo. En la actualidad, los poderes políticos y los grupos sociales conservacionistas están utilizando los conceptos de ZEPA y con ellos los de impactos, ofreciéndolos como conservación –que dicho así suele convencer al público–, para poder jugar a la consecución de intereses partidistas o grupales.

Lo cual, al final, no deja de ser más que un manejo de las personas, y lo que es peor, de sus ideologías y de sus dineros. Y por ello, conviene analizar alguno de los casos de gran actualidad en España y concretamente en Extremadura. Como ejemplos, además de la central nuclear de Almaraz-Arrocampo, la Marina de Valdecañas y el ATC (almacén temporal centralizado de los residuos radiactivos de alta y media radioactividad) de Villar de Cañas (Cuenca), ya que, si no se construye, los residuos de la central de Almaraz quedarán en ella. Todos son problemas de índole social, aunque el gran público no conoce de verdad los pros y los contras de cada situación pero, lastimosamente, no sólo se está jugado con ellos, sino también con sus dineros, como ocurrió con Valdecaballeros, donde llevan 30 años esperando, como diría Gustavo Adolfo Bécquer, «a mano de nieve» que les dé las prometidas medidas compensatorias por el cierre de la central nuclear que quedó en construcción, y cuyo coste de cierre hemos estado pagando todos en el recibo de la luz hasta hace muy poco.

El consentimiento de un territorio como ZEPA implica aceptar una serie de medidas o reglamentaciones (directivas), que limitan la libertad de acción y, a cambio de aceptar, se han recibido dineros de Europa cuyo destino no necesariamente recaen en la propia ZEPA. Estas situaciones de exclusión de actividades pueden dar al traste con muchos proyectos de desarrollo y por el contrario, fomentar otros conservacionistas que, en el mejor de los casos, son escasamente eficaces y... nuevamente dinero tirado al mar o para mantener a algunos grupos privilegiados.